Por José Luis Montenegro
El pasado 13 de julio, revelé en Radio Fórmula y en el podcast Narcomundo que codirijo en YouTube con el periodista y escritor michoacano, J. Jesús Lemus, que se gestaba desde la más alta esfera política mexicana el regreso del entonces gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya. Era cuestión de tiempo. Según los dichos de un informante del gobierno del estado, el funcionario público regresaría a su despacho a finales de ese mismo mes o durante las primeras semanas de agosto.
Y así fue. El 21 de agosto, a las 09:46 horas tiempo de Sinaloa, Rocha Moya envió un comunicado a través de su cuenta de X, en el que aseguraba que retomaría el ejercicio de su cargo como gobernador constitucional:
“Es mi deber cumplir con el mandato de las y los sinaloenses, quienes me eligieron como titular del Poder Ejecutivo para gobernar hasta el 31 de octubre de 2027.
Durante el lapso que comprendió mi licencia temporal del cargo que solicité al Congreso del Estado el día 1 de mayo de este año, me puse a la orden del sistema de justicia de nuestro país para ser investigado de las falsas acusaciones, que con motivaciones políticas e injerencistas de la ultraderecha nacional y extranjera, me hiciera sin ninguna prueba, una oficina del Gobierno de Estados Unidos, pretendiendo lesionar con sus dichos y calumnias nuestra soberanía nacional”.
Después de 112 días de ausencia, Rocha Moya creyó pertinente abandonar el exilio y dar la cara a la ciudadanía. Con lo que no contaba es que su regreso ocurriría en medio de varias crisis que golpearon fuertemente al partido oficialista, entre ellas:
la filtración de llamadas telefónicas de la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar, en las que negociaba con presuntos agentes estadounidenses la regularización de su estatus migratorio a cambio de entregar información del Gabinete de Seguridad del Gobierno de México; la extradición frustrada de Argentina a Estados Unidos del exmando de la Secretaría de Marina, Fernando Farías Laguna, una de las figuras centrales en la trama de corrupción por contrabando de combustible o ‘huachicol’; el retiro de la visa estadoundiense de “Andy” López Beltrán que, a juicio del exsecretario de organización de Morena, fue “una burda y perversa canallada” orquestada –presuntamente– por el secretario y subsecretario de Estado norteamericano, Marco Rubio y Cristopher Landau, respectivamente; así como la captura de Fausto Corrales, el último testigo vivo que presenció el secuestro de Ismael “El Mayo” Zambada y el asesinato del exrector de la Universidad Autónoma de Sinaloa, Héctor Melesio Cuén Ojeda, el 25 de julio de 2024 en el rancho Huertos del Pedregal a las afueras de Culiacán.
A Rocha Moya le pareció conveniente arribar a su puesto político sin autorización expresa de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Esto a pesar de que llevaban semanas en una estrecha comunicación telefónica a través de un intermediario, lo que dio origen a una serie de especulaciones: ¿Quién dio el visto bueno de esa acción deliberada? ¿Quién aconsejó al gobernador con licencia volver a su cargo? Y, sobre todo, ¿por qué lo hizo después de una serie de eventos desafortunados que minaron la credibilidad de Morena?
Cabe mencionar que el otrora mandatario regresó al Palacio de Gobierno en medio de una ola de violencia que él mismo no supo prevenir. A pesar de su ausencia, la guerra no se detuvo: 711 días de violencia entre las facciones de Los Chapitos y La Mayiza del Cártel de Sinaloa, los cuales habían dejado un saldo de 3 mil 079 homicidios, 4 mil 117 desaparecidos y al menos 11 mil 133 vehículos robados. Un enfrentamiento sangriento provocado por la traición de Joaquín Guzmán López a su padrino y exsocio criminal, “El Mayo” Zambada, en un cónclave político-criminal al que también estuvo invitado Rocha Moya en julio de 2024, y del que supo con días de antelación, según testimonios y audios revelados por quien suscribe este reportaje y el periodista mexicano, Ricardo Ravelo, en el libro La Cuarta Transformación del Crimen Organizado (Inefable, 2025).
A Rocha Moya no solo se le ha cobijado, la cúpula de su propio partido ha impedido que lo investiguen a él y los suyos por enriquecimiento ilícito, uso indebido de funciones, presuntos vínculos con el crimen organizado e, incluso, que su gabinete estatal forme parte de la nómina criminal de los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, según consta en una acusación de la Corte de Distrito Sur de Nueva York.
Por su parte, la Fiscalía General de la República no ha revelado alguna acusación en su contra y mucho menos de sus hijos, los Rocha Ruiz, quienes han sido cubiertos con ese halo protector que dota la Cuatroté a los eslabones más bajos, donde empieza la cadena de la corrupción y empieza a florecer la impunidad.
Durante 112 días de ausencia, Rocha Moya se guareció en su vivienda ubicada en el Complejo Banús en Isla Musalá en Culiacán, Sinaloa. De manera religiosa, se desplazaba cada fin de semana al desarrollo exclusivo de La Primavera para ver a su hija; en alguna ocasión, pudo disfrutar de algunos de los partidos de la Copa Mundial de Futbol en dicha vivienda y, otras veces, en la suya.
Las contadas veces que salió de casa, se trasladaba en dos camionetas blancas; la que tiene una cubierta plegable negra, es la que abordaba para llegar a su destino. Al día de hoy, tiene un séquito de 12 guardias de seguridad de la Policía Estatal, los cuales cubren turnos de 12 horas cada grupo. Seis en la mañana y seis en la noche. Rocha Moya también cuenta con un chef personal, lo cual permite que su nutrición sea en casa y balanceada. En esos 112 días, no acudió a ningún evento público.
En repetidas ocasiones, el equipo de ayudantía de Rocha Moya pedía cafés de la cadena Starbucks a la puerta de su casa a través de aplicaciones de comida a domicilio. La bebida preferida del gobernador con licencia es un latte, un café caliente hecho con una dosis de espresso y una gran ración de leche vaporizada. Todo esto mientras la vivienda recibía patrullaje constante de la Policía de Sinaloa, se trataba de agentes con armas cortas visibles en su cinturón y armas largas al interior de las camionetas.
Atrás habían quedado las comidas largas en el Club Sinaloa, donde departía en el piso 3 con sus allegados, un espacio donde solo se accede si cuentas con un código o llave de un miembro exclusivo. Adiós a los viajes frecuentes a Guamúchil, donde el funcionario acudía para ver a familiares muy queridos. Lo único que quedaba era aprovechar que un allegado –político o no– visitara Culiacán para verlo a escondidas, como fue el caso del senador de la República, Ignacio Mier Velazco, con quien comió en su casa el pasado 6 de agosto y donde ambos se refrendaron apoyo y, en una especie de pacto de caballeros, juraron seguir siendo brothers hasta el final.
El 22 de agosto, en solo 13 minutos, el Congreso local de Sinaloa aprobó la nueva licencia de Rocha Moya con “carácter indefinido”. El gobernador volvió a enclaustrarse. Está tranquilo. Come bien. Duerme bien. No piensa en las posibles represalias en su contra. “Vivo al día”, es lo que le repite a sus allegados.
¿Permanecer bajo la sombra de la Cuatroté le alcanzará para librar la justicia mexicana o la estadounidense?
Al tiempo.




