Por Soledad Durazo
En su libro ¡Basta de historias! La obsesión latinoamericana con el pasado, Andrés Oppenheimer desarrolla una de sus tesis principales: “Los países asiáticos […] han estado guiados por el pragmatismo y obsesionados con el futuro. Mientras tanto, los países latinoamericanos hemos estado guiados por la ideología y obsesionados con el pasado”.
Al escuchar el mensaje que, con motivo de la entrega de su Segundo Informe de Gobierno, pronunció la presidenta Sheinbaum, resulta inevitable advertir el reflejo de aquella idea.
Es comprensible que la mandataria busque afianzar entre sus seguidores la noción de que todo estaba mal hasta la llegada de la Cuarta Transformación. Para ello recurre a una disputa de agravios e identidades históricas que, en ciertos momentos, parece funcionar como justificación y, en otros, como ruido: impide exponer con mayor claridad las conquistas del presente y la manera en que se está construyendo el futuro.
Si bien el término “pasado” aparece sólo tres veces en el cuerpo del mensaje, hay once alusiones a gobiernos, políticas o períodos previos.
Al hablar de los créditos de vivienda, se refirió a las “injusticias heredadas del pasado” y al esquema previo de créditos impagables. También presentó al nuevo Poder Judicial como el logro que marca la diferencia entre el pasado y el presente.
Aseguró que, “durante muchos años”, el gobierno se alejó de la gente y gobernó para unos cuantos. Una interpretación sencilla de esa afirmación llevaría a concluir que ya no existen castas doradas ni privilegios. Sin embargo, el argumento se cae con facilidad.
Habló de la primavera laboral para afirmar que, “después de 36 años de empobrecimiento”, el cambio comenzó en 2019. Sin duda, el aumento al salario mínimo es uno de los grandes aciertos de la 4T; sin embargo, sería aún mejor si hubiera menos inflación y mayor poder adquisitivo.
En educación destacó que el actual esquema sustituyó el examen que enviaba a estudiantes a opciones lejanas y, en consecuencia, provocaba deserción. Acercar los centros educativos es positivo, pero el sistema enfrenta retos enormes. El primer gobierno de la 4T comenzó desdeñando la evaluación como instrumento de mejora y, gracias a la presión social, México no quedó fuera de la prueba PISA, cuyos resultados deberán analizarse con seriedad cuando se den a conocer la próxima semana.
En materia de salud, la Presidenta comparó el período neoliberal —de 1983 a 2018— con los avances alcanzados entre 1943 y 1982, para destacar lo realizado en los gobiernos de López Obrador y el suyo. Sin embargo, la realidad que describe no coincide del todo con la experiencia cotidiana de millones de derechohabientes: basta conversar con ellos, observar las protestas o escuchar la persistente queja por el desabasto.
También contrastó la formación y contratación de médicos especialistas con el “período neoliberal”, sin hacer distinción entre los médicos mexicanos y los cubanos.
Y así podríamos seguir enumerando conquistas del presente sustentadas en los desaciertos del pasado. Ese pasado no aparece como un simple antecedente: es la estructura que sostuvo el mensaje presidencial. Antes hubo abandono, desigualdad, privilegios y privatizaciones; ahora se reparan los daños y el Estado recupera el control.
La pregunta, sin embargo, no es si el relato funciona. La pregunta es otra: ¿estamos realmente mejor?, ¿están funcionando las estrategias del presente o sólo estamos menos mal?
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