*Sambenitos de la 4T
Por Rafael Loret de Mola
Érase un país en donde los presidentes solían sentirse monarcas pero no podían por los límites sociales y legales. Entonces, para substituir tal tremenda frustración, armaban los cuadros necesarios para asegurar su continuidad con la designación de candidatos que, de hecho, no tenían real competencia cerrados los veneros de las sucesiones patriarcales. Así fue y así es: siguiendo los viejos sueños aristócratas, diríamos fascistas, Andrés Manuel López Obrador retornó a la vieja línea para fabricar una mascota afín con cara de mujer para, además, pretenderse vanguardista.
Entonces encontró a Claudia Sheinbaum Pardo, hija de la científica Annie Pardo, de dudoso origen mexicano y con profundas raíces en Bulgaria y nacida en el seno de una familia judía-comunista, afanes y doctrinas muy perseguidas entonces en Europa del este, el modelo ideal para asegurarse la ansiada perpetuidad política -la que ya ni los Papas, tras la renuncia de Benedicto XVI en 2013 al Pontificado de Roma, mantienen o aseguran-, solo superviviente en algunas monarquías bastante holladas como la de Gran Bretaña.
López Obrador puso la mirada en Claudia por la cercanía de ésta con su intocable hijo segundo Andy porque el primogénito glotón no daba para tanto sino solo para asegurarse su papel de mantenido. El inquieto, ambicioso y prepotente era Andy y fue él quien se dio a la tarea de ganar su futuro convirtiendo a una extranjera de dudoso patriotismo en turbia presidenta -con a como ella dijo-. Por eso, a lo largo de los años, Andy es intocable para la mujer que ocupa el Palacio Nacional.
Nadie se sorprenda por los fueros del heredero de AMLO, el segundo que arrumbo al primogénito, considerando que su padre alentó su cercanía personal, acaso íntima, con la señora Sheinbaum, deshizo su primer matrimonio -con un antiguo y conocido “porro” universitario, Carlos Imaz-, la indujo a contraer nupcias con un antiguo compañero de aulas, Jesús Tarriba, a quien convirtió en enlace clave para mantener cerca a los grandes criminales de la época: los sicarios del narcotráfico. Muy a la calladita, eso sí.
Tarriba, como se ha comprobado, fue contador del cártel de Ciudad Juárez, primero, y de Sinaloa, después de la supuesta muerte de Amado Carrillo Fuentes, el “señor de los cielos”. Y su aspecto, muy alto, encorvado y desaliñado, dista mucho de la imagen que cualquiera esperaría del “primer consorte” y, en cambio, de gran parecido con “Largo”, el personaje casi idéntico a Frankenstein, de la serie “Los Locos Adams”.
De allí el nexo inquebrantable con Andy, el peligroso criminal del hijo del “cabecita de algodón” de Palenque -o de Macuspana según les parezca a los lectores-. Siembre emboscado en una falsa oscuridad subterránea y al acecho de sus enemigos para liquidarlos asestándoles golpes en las penumbras, tal y como hace el pez Morena, inspirador del movimiento en donde todas las hipocresías son válidas incluso hasta para tergiversar las verdades que desnudan al “movimiento” con el “arte” de la manipulación más arraigada que nunca.
También, los grandes operadores de AMLO, midieron bien que la 4T se basara en un partido conocido coloquialmente como Morena para que millones de mexicanos observaran en tal bandera alguna advocación de la “virgencita del Tepeyac”, símbolo, pendón y manto sagrado no solo en nuestro país sino en América Latina en donde se le venera como “emperatriz de América” si bien, en lo personal, me gustaría llamarla de un modo más democrático. Pero esto es una locura del columnista.
Recuerden que, en ocasión de una de las visitas de San Juan Pablo II a México, tocó el turno de Andrés Manuel, entonces jefe de gobierno de la capital, de servir como anfitrión y fue así que saludó al querido Papa –“ya eres mexicano”-, a las puertas de la Basílica de Guadalupe eludiendo entrar al sagrado recinto con mil argucias para disfrazar su rechazo a la religión que le estorbaba como contrapeso. Lo contrario a la conducta del Padre Hidalgo quien, en Atotonilco, Guanajuato, tomó el estandarte de la Guadalupana para convertirlo en el gran guía moral del sueño libertario. La historia es sabia y reveladora contra todos los hipócritas que buscan refugio.
En fin, no puede existir autoridad moral alguna en quien, sin ser mexicana, gobierna con temor desde el Palacio Nacional entre dos fuegos: el de “La Chingada” -ya solicité que se compre el predio de enfrente para llamarle “El Carajo”, siguiendo la culta semántica de AMLO y darle una opción a los malandros cuando decidan retirarse o busquen refugio-, y el de los drones del señor Trump, sean de palabra o de acción, que mantienen la incertidumbre en los mercados y hasta proyectan un futro ominoso para nuestra nación.
Y, con todo ello encima, la señora Sheinbaum se va contra la doble nacionalidad, un precepto aceptado por la nueva realidad, con tal de descalificar a un gran número de coterráneos y acaso con alguna dedicatoria especial. De igual manera, los cuatroteros buscan prolongarse sacándole la lengua al pobre INE y su Tribunal, acorralados porque los tiempos electorales los marca el Palacio Nacional y no los órganos electorales manirrotos.
Volvemos a repetirlo: no habrá sendero hacia el futuro en tanto la justicia se base en la línea de impunidad decretada para todos los criminales de la 4T, comenzando, claro, con la cabeza –“de algodón”-, sus herederos de sangre y sus hermanos de “toda la vida”, digamos Adán Augusto López Hernández y Rubén Rocha Moya, adalides del “progreso” familiar que se abre desde el ranchito de los pavorreales de Palenque.
En mala hora llegó López Obrador al poder. Nos equivocamos rotundamente y el precio a pagar sigue siendo muy alto. Ni con millones de sambenitos sanaremos el pecado.




