Desafío

*La Línea Socialista

*Lo que Queda del INE

Rafael Loret de Mola/Corresponsalías Nacionales/Grupo Sol Corporativo

El triunfo de Lula da Silva en Brasil en 2022, casi partiendo en dos a los electores -una mitad con él y la otra con el derechista y pretenso dictador Jair Bolsonaro-, debe leerse desde dos facetas que no pueden ignorarse: en primer lugar la radicalización aumenta en las naciones bajo una constante manipulación política que crea liderazgos bajo el efecto de la propaganda exitosa y sin firmeza en la voluntad colectiva; y en segundo, traza una línea amplísima entre las naciones latinoamericanas que parecen inclinadas hacia la izquierda recordando que fue precisamente Lula quien dio origen al llamado “Foro de São Paulo” en busca de la integración socialista de buena parte de los gobiernos de la región.

Sobre lo primero, alarma que la división notoria entre el electorado se resuelva con porcentajes mínimos aun cuando se insista que la democracia prevalece con un solo voto de diferencia llegado el caso. Esto puede interpretarse como una salida para tranquilizar a las fuerzas contrarias cuando se divide en dos -como no puede ser de otra manera en las segundas vueltas electorales- a los votantes y queda, por fuerza, casi la mitad de los participantes dolidos y hasta desplazados, como en el caso de México, en donde se gobierna solo a los simpatizantes de una causa, la 4T, y se soslaya, minimiza, desdeña e incluso se agrede a quienes no forman parte de los respaldos del poder bajo el sambenito de una popularidad exagerada y basada en encuestas a modo de los contratantes de las mismas.

Lo segundo es todavía más complejo porque no puede calificarse a los actuales mandatarios de tendencia supuestamente socialista con la misma vara. ¿Qué pueden tener en común un gobernante como el uruguayo José Mujica Cordano y el venezolano Nicolás Maduro Moro? El primero, ya con la vejez a cuestas, pese a sus antecedentes como guerrillero, se comportó en su ejercicio como un mandatario moderado y equilibrado al grado de que ganó no sólo el cariño de su pueblo sino también el reconocimiento mundial por su serena humildad y su gran capacidad para conciliar al capitalismo más acendrado con sus políticas de tono y color izquierdistas; en cambio, el segundo, Maduro, ha sido siempre un vividor desde sus días de dirigente sindical al calor de la fuerza militar y política de su antecesor Hugo Chávez.

Por otra parte, existen otros que coinciden plenamente en su quehacer. Podríamos mencionar al exmandatario de Perú, Pedro Castillo Terrones, profesor rural y también sindicalistas a lo largo de su trayectoria, quien de plano se inclinó por un quehacer populista y ramplón hasta confrontar hoy seis indagatorias por diversos delitos que van desde el plagio y contra la tranquilidad pública hasta la organización criminal y el tráfico de influencias. Por supuesto no pudo mantenerse en el poder con infinidad de argucias, minimizando las acusaciones y considerándolas consecuencias de una guerra política sucia contra él. Hoy gobierna Perú, Dina Boluarte, quien ya colocó a AMLO en el listado de persona non grata sin elevar más la controversia sobre el apoyo estúpido al defenestrado Castillo.

El caso de Castillo coincide, sin duda, con el del mandante mexicano salvo que los señalamientos en contra de este, por sus delitos acreditados, no han tenido el menor cauce dada la concentración de poder excesiva en manos del mismo Ejecutivo y de su ejército empoderado del gobierno mismo. Sin darnos cuenta, casi, hemos ido hacia un golpe de Estado técnico por la intervención de la Secretaría de la Defensa Nacional en buena parte de las acciones gubernamentales cercenando los deberes y funciones de otros secretarios de Estado, principalmente a los tres que han sido de Comunicaciones, una dependencia francamente oficiosa al dejar las obras públicas en manos castrenses, y el de Hacienda quien ha dejado de supervisar y administrar las aduanas del país.

No puede ni debe hablarse, entonces, de una coincidencia total entre los mandatarios y mandantes de naciones con inclinaciones izquierdistas sino del avance, muy rápido, por cierto, del uso de la propaganda, al estilo fascista de Mussolini y Hitler, destinada a la manipulación general y a la permanencia en el poder bajo groseras condiciones.

La Anécdota

De allí la creciente preocupación sobre el destino final de dos reformas incisivas de AMLO en la hora de su mayor rechazo más allá de las encuestas pueriles: la eléctrica -que no pasó en su primera instancia en las Cámaras- y la electoral destinada a desaparecer al INE como lo conocemos para retornar a la tutela presidencial como en los ya lejanos tiempos de los fraudes consumados, esto es desde 1988 cuando le fue arrebatada la victoria al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano anulándose el 40 por ciento de las casillas instaladas en donde era arrolladora la afluencia a favor de este.

Tal significaría además un triunfo doble de quien, ladino como es, se ha acomodado a perfección alrededor del presidente de la República influyendo notoriamente sobre él, Manuel Bartlett Díaz, vigente en las alturas políticas desde la campaña de Miguel de la Madrid en 1982. En cuanto a la reforma eléctrica el mayor negocio sería para él y sus cómplices en línea y con referencia a la electoral recuérdese que fue él, en 1988, quien consumió la célebre “caída del sistema” en su condición de presidente del consejo electoral que dependía, claro, de la Presidencia de la República con un titular de esta golpeado y vulnerable, Miguel de la Madrid. (Ahora se llega al cómo de la amnesia general -quizá anestesia- al pretender insistir en tomar en cuenta al perdedor en la carrera presidencial el hijo de este, Enrique).

Defender al INE es tratar de blindar la endeble aún democracia nuestra. Y debe considerarse un deber ciudadano.

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