Otras Inquisiciones

Ebrard: ¿Por qué no soy yo?

Pablo Cabañas Díaz/Corresponsalías Nacionales/Grupo Sol Corporativo

Marcelo Ebrard en la conferencia de prensa que convocó el pasado 16 de agosto, declaró que él va a la cabeza para ser el coordinador de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación, mencionó que llegó a este resultado a través de una «síntesis» de todas las casas encargadas de realizar las encuestas. Este hecho me recuerda su cercana amistad con Enrique Márquez -una de las personas también más próximas a su mentor político, Manuel Camacho-, quien escribió el libro “¿Por qué perdió Camacho?” (1995), en donde narra una importante conversación en el despacho presidencial que sería definitoria para la vida política del país. La parte central del libro parece ser la vuelta a un hecho acontecido hace 29 años, que es la pregunta que le hace Manuel Camacho a Carlos Salinas: “Carlos, ¿por qué fue Colosio? ¿Por qué no fui yo?”. Salinas le respondió “Manuel, yo creo que cometiste algunos errores, cometiste errores de trato con el equipo y errores de posición política, eres un hombre sincero, dices lo que piensas, eres inteligente y estás bien informado. Cometiste el error de aliarte con mis enemigos y eso hizo que disminuyera la confianza en ti”.

En el libro, Márquez narra con lujo de detalles el momento en que Camacho Solís se enteró de que no iba a ser el candidato a la Presidencia por boca del propio presidente Carlos Salinas de Gortari. Cuenta: “El sábado 20 de noviembre de 1993 estaba cómodamente en casa viendo con mis hijos un programa de televisión. Pero cierta intranquilidad me rozaba a tal punto que ni las tribulaciones infantiles del Kevin de “Los años felices” lograban distraer mi creciente inquietud. El “destape” priista estaba a la puerta y yo, como supongo –menciona Márquez- pretendía mantener los nervios a raya a partir de una normalidad un poco forzada y quebradiza. Trataba de evitar a toda costa que las sombras de tan arcaico y esperado evento invadieran el sosiego familiar. De pronto, casi a las diez de la noche, sonó el teléfono. Era Manuel Camacho. Me daba las gracias por unas notas que le había enviado. Después de comentarme dos o tres asuntos secundarios, inesperadamente, me dijo:

–Ojalá que nos podamos ver pronto.

Me pareció bastante extraño. Camacho se oía raro, un poco apagado; bastante lejano: su voz tenía un inquietante tono melancólico que nunca le había percibido. Después de una jornada como la del 20 de noviembre, cuyo ritual se iniciaba con el izamiento de la bandera en el Zócalo, se prolongaba en el acto del monumento a la Revolución, para rematar en el desfile deportivo… Antes de colgar, Camacho me pidió que fuera a su casa de Cuajimalpa al día siguiente en la mañana. Llegué puntual a las diez treinta, abrumado por el gran presentimiento Camacho no era el elegido”.

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