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DH Lawrence: la peregrinación salvaje

Pablo Cabañas Díaz/ Corresponsalías Nacionales/ Grupo Sol Corporativo

David Herbert Richards Lawrence (1885-1930), fue un escritor inglés autor de novelas, cuentos, poemas, obras de teatro, ensayos, libros de viaje, traducciones y crítica literaria. Su obra abordó cuestiones relacionadas con la salud emocional, la vitalidad, la espontaneidad, la sexualidad humana y el instinto. Las opiniones de Lawrence le causaron múltiples problemas personales: además de una orden de persecución oficial, sus libros fueron objeto en varias ocasiones de censura. Como consecuencia de ello, hubo de pasar la mayor parte de su vida en un exilio voluntario, que él mismo llamó “peregrinación salvaje”.

Lawrence encontró en México el país que podía hacer realidad uno de los anhelos más importantes de su vida: comprar un rancho y construir una especie de comuna, en la que él, su esposa y sus amigos más cercanos pudieran vivir de una manera creadora y libres de la racionalidad opresiva, el afán técnico y la obsesión por el progreso que habían devorado a Europa. Ese proyecto s logró realizarlo no en la vida, sino en una novela: La serpiente emplumada. 

El crítico literario Emmanuel Carballo, señala al respecto: México […] solo fue en la vida y la obra de Lawrence un pretexto de evasión y búsqueda. Sus tres viajes a México -comprendidos entre 1923 y 1925-, pueden catalogarse como simples excusas que un hombre iluminado se da a sí mismo para buscar en un país, que él considera primitivo, argumentos que comprueben sus tesis acerca del triunfo de la sangre sobre la razón, de los instintos sobre la inteligencia y del sexo sobre la enajenación. Lawrence viajó a México con un solo propósito, el de encontrar aquí el paraíso perdido, y como no pudo encontrarlo se dejó ganar por la exasperación y el odio, aunque también, ante ciertos hechos y personas, por el amor y la ternura.

Los críticos por lo general coinciden con esta idea de que Lawrence, y no solo él sino también otros viajeros europeos, vinieron a nuestro país interesados no en lo que que ocurría en estas tierras desoladas al otro lado del océano, sino a encontrarse exclusivamente a sí mismos. Traían en sus maletas, un sueño esencialmente europeo. México sería, a lo sumo, un telón de fondo, con sus montañas, con sus lagos, con su población, con sus plantas de maguey, que les permitiría poner en práctica todas las fantasías que el viejo continente rechazaba.

Ronald G. Walker, en un libro sobre los escritores ingleses en México y que devela en el título precisamente esa contradicción: Paraíso infernal, afirma: «los escritores extranjeros [que visitaron el país durante esos años] no pudieron entregarse al sueño mexicano sin que este se transformara ante sus ojos, tarde o temprano, en pesadilla. Y en el centro de esta pesadilla yace, para el extranjero, el espectro de la muerte violenta»

México es presentado como una tierra saturada de muerte: la política, el arte, las fiestas y las demás costumbres sociales, los rituales religiosos antiguos y modernos, el paisaje mismo: todo esto se siente como una manifestación de una subyacente, endémica fijación con la muerte en México […] Vieron el movimiento [revolucionario] y sus excesos violentos como parte de los múltiples episodios sanguinarios del pasado de México, […] una manifestación del carácter mexicano esencial.

Las primeras impresiones de Lawrence sobre nuestro país no hacen sino confirmar el comentario de Walker, dirigido no solo a ellos, sino a todos los escritores ingleses que visitaron México durante la primera mitad del siglo XX. Durante su primer viaje, en 1923, Lawrence recorre la costa occidental del país acompañado por su amigo Witter Bynner, con el que, a lo largo del viaje, sostiene una intensa conversación sobre sus impresiones cotidianas, que más tarde Bynner recogerá en su libro Journey with Genius. Una de ellas se refiere precisamente a la crueldad del mexicano, a una violencia que está inscrita en su historia y que parece que emanara de la propia tierra que pisa: «lo que hicieron los aztecas, lo que hizo Cortés, lo que Díaz hizo: una crueldad total, sin fin. La tierra misma se lo hace a quien viva en ella. […] Es una tierra de muerte»

Lo que Lawrence nos dejó de México y el mexicano, no solo a través de sus cartas y sus conversaciones, sino sobre todo en su propia obra de ficción: Mañanas en México y La serpiente emplumada es lo que Drewey Wayne Gunn ha señalado: «Todos los mexicanos parecen prisioneros de una violencia sin causa o sumergidos en un letargo inútil. La muerte rumia sobre esa tierra; no el horrible pero significativo ritual del sacrificio azteca, sino la muerte andrajosa, macilenta, vulgar, sin siquiera la pasión de su propio misterio».

En La serpiente emplumada la crueldad del mexicano salta a la vista del lector. La novela inicia con la descripción de una corrida de toros. Una de las primeras cosas que hace Lawrence al llegar a la ciudad de México es asistir a una corrida de toros. No saben lo que van a encontrar allí, pero viene decidido a conocer el país en sus más profundas raíces populares. Y la impresión que esa fiesta les produce es tan fuerte que el viajero inglés decide abrir su novela precisamente con esa imagen en la que se junta la crueldad y el entusiasmo, la fascinación y el asco.

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