LEYENDAS: LA BRUJA DE CÓRDOBA, VERACRUZ

Redacción/Sol Quintana Roo

Esta leyenda tiene una parte verídica, ya que existe un expediente de este caso en el Archivo General de la Nación en la Ciudad de México. Data del siglo XVI, cuando la Santa Inquisición acusó de brujería a una mujer mulata. Se dice que en la ciudad de Córdoba vivía una bella mujer llamada Soledad, que daba la impresión de nunca envejecer. El rumor era que tenía un pacto con el diablo.

Soledad era una gran herbolaria. Se dedicaba a curar todo tipo de enfermedades en su comunidad, favoreciendo la salud de quien buscaba su ayuda. Sin embargo, su belleza también provocaba envidia. De ella se sabía que era una mujer solitaria y un tanto huraña, que rechazaba abiertamente a pretendientes, fueran estos ricos o pobres. Uno de ellos fue Don Martín de Ocaña, alcalde de Córdoba quién, despechado, comenzó a hacer correr el rumor de que ella era una bruja y que le había dado un brebaje que justificaba su malsana pasión por ella.

Aunque muchas personas del pueblo le debían favores a la mulata, por el miedo de ir en contra de la religión católica y ser juzgados por la Santa Inquisición, cuando fueron interrogados por las autoridades eclesiásticas, muchos aseguraron que la escuchaban reír a media noche, que la vieron volar por encima de los tejados, y las muchachas decían que ella las buscaba para venderles pociones de amor y hechizos para amarrar al ser querido. La mujer hacía caso omiso a lo que se decía por ahí y seguía acudiendo a misa cada domingo.

La Inquisición la mandó a arrestar, acusándola de practicar hechicería. La mulata fue sentenciada a la hoguera y fue encerrada en la cárcel de San Juan de Ulúa.

Fue ahí en donde ella, valiéndose de la belleza que le había traído tanta desgracia, convenció al jefe de los carceleros de llevarle un poco de carbón, para que pudiera entretenerse dibujando en las paredes. Faltando un día para su ejecución, el jefe fue a verla y ella le mostró su último y más bello dibujo: un espléndido bergantín con sus velas hinchadas por el aire del mar.

-¿Qué te parece? Preguntó ella al hombre, impresionando por el realismo con el que estaba plasmado. -¿Qué le falta a este barco?- le preguntó ella de nuevo. -Navegar mi señora, contestó subyugado. -Pues mira como navega- respondió la mulata y, ante el asombro del carcelero, saltó a la embarcación, se mezcló con el dibujo de la pared y el barco comenzó a alejarse hasta desaparecer para siempre. Minutos después, echando en falta a su jefe, bajaron otros guardias al calabozo, para encontrar que la presa ya no estaba y el carcelero había fallecido.

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