LEYENDAS: EL HILO ROJO DEL DESTINO

En Japón se cuenta que existe un hilo rojo invisible que conecta a quienes están destinados a encontrarse, tales como amigos, familiares, amantes o con quienes se comparten momentos significativos: sin importar el tiempo, lugar o circunstancias. Este hilo podrá estirarse o contraerse, durante la vida de la persona, pero nunca romperse.

Hace muchos años, llegó la noticia a un emperador japonés sobre una bruja que era capaz de ver los hilos invisibles que unían a las personas. Deseoso de saber quién sería su futura esposa, el joven emperador mandó a llamar a la hechicera para ayudarle en la búsqueda.

Días después, la bruja llegó ante él. Sin perder el tiempo, el emperador le ordenó que le llevara hacia la mujer con la que estaba destinado a compartir su imperio. La bruja tomó la mano del joven y miró el camino que marcaba el hilo amarrado al meñique. Suavemente comenzó a guiar al emperador, dejando su paso, primero la sala de audiencia, luego el palacio y la ciudad que gobernaba el joven. Anduvieron, sin importar el cansancio, hasta que llegaron a una aldea habitada por campesinos, las casas eran sencillas, las calles pequeñas y, no tan diferente, el mercado mantenía la misma naturaleza.

Entre las pequeñas tiendas, donde los campesinos ofrecían sus productos, la bruja llevó al emperador hacia una mujer delgada, de ropa roída como sus ojos y con una bebé en brazos. La anciana le dijo: “Hasta aquí llega tu hilo”. El emperador, avergonzado y pensando que había sido engañado, empujó con fuerza el puesto; provocando la caída de la tienda, de la mujer y la bebé, la cual se hirió en la frente. Él siguió su camino de vuelta a su palacio, pero sin olvidar gritarle a sus guardias que le cortaran la cabeza a la bruja.

Pasó el tiempo y el emperador olvidó este suceso, ahora se preparaba para conocer a la mujer que su corte había seleccionado como su futura esposa y de quien sólo sabía que era hija de un importante general. El día de la boda llegó y durante la ceremonia la mujer entró con un hermoso vestido y un fino velo que cubría su rostro; cara a cara, el hombre removió el velo y vio por primera vez el rostro de su esposa. Una pequeña cicatriz marcaba la frente de la hermosa joven, herida que años atrás había sido causada por el enojo de un joven emperador cuando tiró la tienda de su madre. El hilo rojo que envolvía su meñique encontraba de nuevo el fin de su camino, tal como una vez le hizo saber la bruja, pero él decidió no creer.

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