LEYENDAS: EL ÁNGEL DE LOS CAMINOS

Cuentan los agricultores de Anáhuac, Nuevo León, que, al llegar la temporada de lluvias, en los caminos que llevan al ejido Rodríguez suele aparecer un niño, vestido con una camisa azul, un pantaloncillo desgastado y un par de huaraches, ofreciendo ayuda a la gente que lo necesita.

Hace muchos años, vivió en aquel poblado una mujer con su único hijo. Era el pan de cada día escuchar los gritos de la madre contra el pequeño; sin olvidar, los ocasionales, pero siempre duros, golpes que también le propiciaba.

En una helada y lluviosa noche, la desalmada mujer corrió a golpes a su hijo de la casa. El niño, sin nada con que cubrirse, siguió su camino en busca de un lugar para refugiarse. Para su mala suerte, encontró cobijo entre un mezquital que no lo protegía del frío y la lluvia. Horas después, pasó un campesino que al verlo corrió hacia él, pero descubrió que el pequeño yacía muerto en aquel lugar. Los pobladores, al enterarse del caso, se unieron para darle al niño un entierro debido, ya que su madre había abandonado la casa y nadie tenía noticias de ella.

Al año siguiente, cuando las lluvias empezaron como cada temporada, corrían numerosos rumores entre la gente sobre un niño que se acercaba a los jornaleros, viajeros o caminantes para; auxiliarlos a desatascar un carruaje; apoyar a uno que otro campesino con sus parcelas; hacerle plática a alguna señora que andaba sola, mientras cargaba la bolsa de mandado. La descripción del pequeño siempre era la misma: una suave voz y una sonrisa en el rostro, se les aparecía cuando el sol aún no se escondía y vestía una ropa algo vieja, pero colorida.

Un campesino contaba como una tarde lluviosa quedó varado. Su carreta no salía del lodazal y su caballo, por más que tiraba, no lograba moverla. Intentó de mil maneras diferentes el desesperado hombre, pero ninguna funcionó. Hasta que escuchó a lo lejos como un niño le decía que él sabía como ayudar al caballo a desatascar la carreta. El hombre quiso correrlo porque pensaba que se burlaba de su situación, pero el cansancio y el gentil rostro del niño le hicieron bajar y darle las riendas.

Con un suave movimiento, sin lastimar al jadeante caballo, el niño sacó la carreta del lodazal. El hombre dio un salto de alegría y, en su confusión, le dio las gracias. Los dos se fueron por caminos separados, el campesino vio a lo lejos como cada vez la figura del niño se perdía hasta que se desvaneció por completo.

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