LEYENDAS: DETRÁS DEL MAUSOLEO

Redacción/Sol Quintana Roo

Cuando corrí aquel cadáver putrefacto con la pala, pude notar como los gusanos realizaban sus labores mundanas. Las ampollas de sangre consumían aquella fetidez y un tono verde oscuro teñía aquel cuerpo sin vida.

El hedor que emanaba era insoportable y podía llegar a decir que me causaba nauseas. Cada bacteria que corrompía aquel cadáver había realizado un buen trabajo.

Por mi parte ya estaba bastante acostumbrado a cambiar de un lugar a otro los cuerpos de personas que no tenían familiares que abonasen el espacio de la tumba. Por lo general se arrojaban los restos a unas fosas de gran profundidad que se hallaban detrás de casi todos los mausoleos del cementerio, pero en muchas ocasiones –también– se incineraban los cuerpos que no eran reclamados por los morosos familiares.

Tras unas nueve horas de arduo trabajo pude retirarme a mi hogar para sentir las suaves caricias de mi mujer por mi rostro. Mis tres hermosos niños también tenían un papel en mi extraña vida como trabajante en un cementerio.

Pero gracias a este trabajo, poco común, mi familia podía degustar y sentir el aroma de una exquisita comida; de mano campesina. A finales del año 1942 pude conocer a mi esposa en las secciones rurales del país, gracias a mi empleo como obrero en una finca. –Recuerdo– que tras una extensa jornada laboral yo y mi actual concubina nos inmiscuíamos –antes, percatándonos que no nos siguiera nadie– hacia el granero de la hacienda, donde sólo algunas reces eran testigos del sexo indiscriminado que realizábamos en aquel lugar.

Pero por suerte el tema de escondernos ya quedó en el pasado, dado que su padre me aceptó y ahora soy el jefe de una banal familia de corazón grande.

Habían transcurrido dos días desde que presencié el cambio del cadáver putrefacto y de hedores extremos para el sentido del olfato. Y desde entonces no he podido olvidar aquel rostro cadavérico en el cual asomaban los huesos del difunto.

La pronunciación de los dientes en aquel rostro y la carencia de piel en la zona del pómulo derecho no se podían olvidar tan fácilmente.

Pero pese a todo esto, recuerdo que este cuerpo sin vida tenía en su zona abdominal una especie de mordida –como si se tratase de una mandíbula potente– quizá mi imaginación se iba tornando cada vez más fantástica al pasar los años, o simplemente cada día me volvía más sensible tras avistar tantas personas muertas con cuerpos corrompidos por un sinfín de razones.

Como cada mañana de mi trabajo, me dirigía a la zona de restos óseos donde juntábamos con enormes palas las partes de los cuerpos que ya habían caducado de su lugar correspondiente. También limpiábamos todas las placas de las tumbas del sitio–entre los empleados, nos dividíamos en secciones– pero igualmente era un trabajo de paciencia e histeria.

Luego le seguían más labores sucias como cavar tumbas, cambiar los cuerpos de un lugar a otro, desinfectar algunas zonas donde las pestes vacilaban en su zona y muchos otros trabajos de mala vida que se pudiesen imaginar.

Nada de esto me impresionaba ya que era el trabajo que me había estado alimentando desde hace cuatro años, y si alguien me preguntaba…– ¿escuchas sonidos horrendos por las noches? – yo le podía contestar–no–.

Puesto que esto no sucedía jamás. Cuando me tocaba cubrir una guardia de noche para cuidar el enorme cementerio de diez manzanas (aproximadamente) no solía ocurrir nada.

Pero todo cambió hasta el día en el que apareció aquella anciana desaliñada, sucia, inmunda y de costumbres tan extrañas que hacía pensar en que las brujas aún existían.

Por desgracia fue un maldito viernes por la noche cuando me tope con la anciana de rasgos simiescos y de actuar poco común. Le debía un favor a uno de mis compañeros de turno y me dijo que lo cubriese aquella noche, puesto que tenía una importante cita a las afueras de la ciudad.

–Yo– como un idiota accedí a la proposición de mi cofrade y tuve que mantener guardia aquella gélida noche, en la que el viento se adueñaba de todo el lugar. Las severas ráfagas de aire mugían en el cementerio y los árboles que agazapaban todo el entorno parecían abalanzarse sobre sus copas contra mi pequeña garita de guardia nocturno. Parecía ser que aquella noche los demonios bailaban al compás de sonidos paganos y pronto mi alma conocería aquella danzas.

Pese al viento que portaba sonidos estridentes con un gélido aire y a los árboles que parecían querer comunicarse conmigo de forma violenta, la noche parecía apacible. Pero todo dio un giro hasta que llegaron las cuatro de la madrugada.

Trataba de mantenerme despierto en mi garita, y entre abrir y cerrar los ojos la lucha se tornaba cada vez más difícil, mis parpados ya se estaban rindiendo y mi mente quería apagarse para conseguir un descanso prematuro. Pero cuando estaba a punto de ceder, una presencia horrible frente a mí se postuló y me miró de manera tajante y fija, para luego decirme unas palabras de inseguridad.

–¿Por qué está cerrado? –me preguntó aquella vetusta figura, con su voz degrada y ronca; emitiendo sonidos guturales.

En ese momento me despabilé y salté sobre mi silla, casi al borde del miedo, y clavé la mirada en aquella silueta que pelos erizados y vestimentas haraposas. Era una anciana de lo más inmunda, plagada de verrugas con el cabello tan blanco como la nieve de las cercanías. Y cuanto más se acercaba más se podía inhalar el tufo pestilente de su deteriorado cuerpo (–parecía ser, que no se bañaba hace decenios–). Una vez lo suficientemente lúcido como para contestarle repliqué.

–¿Qué por qué está cerrado? –le dije con tono irónico.

–Sí.

–¿No sabe qué hora es señora?-le pregunté cómo tratándola de ignorarla.

–Sí. La hora de que me abras esta puta puerta idiota.

–Discúlpeme señora, pero no hace falta la ofensa–traté de calmarla.

–Claro que sí.

–No, señora.

–Ábreme la puerta pedazo de mierda mal construida.

–Si se pone de esa forma no llegaremos a un acuerno.

–Yo, no quiero llegar a un acuerdo.

–Lo siento señora, pero debe retirarse. El cementerio se encuentra cerrado.

La vieja horripilante me miró fijo como si me insinuase que sería mi fin. Cada palabra que salía de su agusanada boca emanaba una peste horrible. Aquella mujer parecía ser la muerte en vida y la combinación de todos los cuerpos putrefactos de todo el cementerio.

–Tú, no comprendes nada–me dijo.

–Lo único que comprendo es que este cementerio se encuentra cerrado.

–Cuando lo conozcas te arrepentirás.

–¿Cuándo lo conozca?–repliqué cuajado.

–Sí.

–¿A quién?

–Te arrepentirás…

Después de decirme esto se retiró del lugar y se perdió entre las penumbras de aquella extraña noche invernal. Pronto todo concluiría y el crepúsculo se toparía con mi palpitante cuerpo que había sufrido un pavor enorme por aquel esotérico encuentro nocturno.

Mi turno había concluido y podía retirarme a mi hogar. Mi otro colega había llegado para abrir el cementerio y después de intercambiar algunas que otras historias de antaño, lo dejé para que trabajase y así poder dirigirme hasta mi morada.

Aquella mañana dormí de manera extraña y me desperté hasta el otro día; por la noche. Mi esposa se había preocupado por mi profundo sueño y fue tal el punto de alteración, que había llamado al doctor más cercano de la zona. Cuando desperté me sentía mareado y con el estómago revuelto, con el cuerpo baldo y rociado por sudor. Y tras acostumbrarme al entorno pude ver los rostros de mis seres queridos y el de un extraño–el doctor–.

–Hola, Emhen–me dijo el doctor.

–Hola.

–Parece que se encuentra mejor…

–Pues no sé a qué se refiere, “con mejor”.

–Usted había sufrido una recaída leve–me explicó–Pero gracias a una inyección que le propicié, ahora se recompondrá.

–¿Recaída?–le pregunté atónito.

–Sí. Al parecer esa noche que estuvo de turno en el cementerio. Una peste deambulaba por la zona. Muchos transeúntes noctámbulos sufrieron algo peor que usted.

–¿A qué se refiere con peor? doctor…

–Me refiero. A que murieron unas quince personas aquella noche.

–¿Qué? -exclamé.

–Es como usted lo oye.

–Pero… no logro comprender.

–No se preocupe. Vivimos en tiempos de peste y esto no es algo fuera de lo común.

–Pues, si usted lo dice doctor.

–Claro, crea en mi palabra.

–Por supuesto.

Después de comprender que nada marchaba bien, pese a las palabras aliviadoras del doctor. Me dirigí al baño para lavar mi deteriorado rostro. Ya para esto el doctor se había retirado y mi conyugue preparaba la cena.

Mis tres hijos por otro lado leían sus historietas cargadas de dibujos y palabras extravagantes. Tardé unos segundos en lavar mi cara y decidí mirar mi exhausto rostro para apreciar lo que el virus había hecho en mi cuerpo. Tras mirarme unos segundos en el espejo, pude notar que había una mancha en él. Y con mi dedo intenté borrarla pero no parecía ceder.

Luego usé la palma de mi mano y en ese instante sentí que aquel punto me absorbía; hasta las entrañas de quién sabe qué lugar. Un abismo me consumió y arrastró hasta que la materia no fuese nada más que una ilusión. Lo más tétrico de la situación era que aún seguía consiente y podía sentir como mi cuerpo se desfiguraba para entrar en aquel mundo abismal que corrompía mis secciones anatómicas.

En cuestión de segundos me postré en un sitio que carecía completamente de luz y por las lejanías avistaba un ser reptante con rostro simiesco y similar al de un bebe obeso, pero con una enorme mandíbula que mostraba unos horribles dientes como los de un caballo.

A medida que aquel engendro avanzaba hacia mí, propiciaba unos quejidos terroríficos que erizaban cada centímetro de mi piel. Mientras más cerca, más desnudaba su putrefacción y podía notar como su cuerpo estaba asediado por manojos de pelos negros como los de un animal extraño.

Además, se arrastraba porque tenía sus dos piernas pegadas–como si se tratase de una malformación genética–y sus dos brazos estaban equipados con protuberantes manos de tres dedos, de los cuales chorreaba un líquido oscuro que emanaba una pestilencia considerable.

Una vez que la criatura parásita estaba bajo mis pies, me miró detenidamente e intentó hablar con su descomunal boca, moviéndola de forma indiscriminada. Cada vez que lo intentaba mi repulsión y las ganas de vomitar se volvían triviales, al tratar de hablar sus dientes se insinuaban y demostraban que la asquerosidad reinaba en aquel lugar.

Pasaron unos minutos y aquel ser aún seguía con su intento por comunicarme algo. Pero cuando todo parecía anormal algo más anormal surgió desde todo el escenario de la degradación anatómica. Aquel gusano, con forma de niño mal formado comenzó a contraerse de manera trágica y poco a poco fluía desde su boca una especie de viscosidad negra. Lo que comenzó como un simple charco de peste líquida se transformó en algo de propiedades extensas.

Después del acto de aversión del bebe parásito, la agonía comenzó a consumirlo y pronto los llantos se tornaron tan hirientes, que decidí acercarme para ayudarlo–quizá me estaba sensibilizando demasiado con mi trabajo–pero al fin y al cabo, no podía dejar a aquella criatura sufrir de tal manera.

Me agaché para tocarlo y como si no fuese poco mi mano se introdujo en aquella masa reptante, demostrando que no tenía consistencia alguna. Cuando mi cuerpo sintió aquella inmundicia, había comprendido que no era una buena idea ayudar a tal engendro que parecía derretirse al ser tocado.

Esta vez me alejé unos pasos de aquella criatura y decidí contemplar lo que estaba a punto de emerger desde la viscosidad negra. De forma lenta, aquel líquido oscuro y de olor acre, se elevaba de manera gorgoteada arrojando viscosidad hacia el exterior y tratando de dibujar una silueta de forma humana. Poco a poco la figura se tornaba similar a un cuerpo humano y la viscosidad se iba quitando de aquel bulto emergente que estaba a punto de finalizar su mutación.

Y para una horrible sorpresa, cuando se terminó de formar aquella cosa repugnante –la horripilante anciana se mostró ante mí–. Aquella masa reptante era un capullo que portaba a la anciana cateta y hedionda. Y el juego de aquel líquido negro formó a la ominosa mujer que aquella noche de terror me había lanzado palabras de mal augurio.

La miré estupefacto y ella dibujó una sonrisa en aquel rostro pestilente que chorreaba fluidos vitales negros, los cuales formaban caudales que iniciaban desde su cabello para introducirse por su boca y pasar hasta el mentón.

– ¡Qué hace usted aquí! –exclamé pavoroso.

Y la anciana sólo siguió con su risilla macabra dibujada en su cara. No tuve más opción que pensar en lo peor y huí hacia mi retaguardia para tratar de atravesar aquellas espesuras de penumbra. Pero tan sólo realicé unos quince pasos y una descomunal lengua hirviente me enrolló de la cintura y me atrajo hasta los pies de la ominosa mujer.

Aquella horrenda criatura de forma humana –pero de precedencia demoníaca– mutó de manera espeluznante y su cabeza explotó tiñendo todo el lugar de sesos y sangre. Y su extensa lengua quedó bailoteando de un lado a otro en su mismo lugar, como si fuese un pez alejado del agua boqueando y tratando de hallar oxigeno.

Pronto decenas de enormes gusanos amarillos oscilaban desde las entrañas de la anciana mutante y trataban de alcanzarme. Lo que en un principio eran decenas, se convirtieron en miles y miles de seres repugnantes en busca de alimentarse de una cuerpo fresco.

En tales momentos de desesperación podía defenderme ante los primeros gusanos, pero al cabo de unos segundos los miles de bichejos comenzaron a masticar lentamente mi carne. Sentía como las pequeñas mordeduras de miles de cuchillas reptantes me despojaban de pequeñas secciones de carne de mi cuerpo. Y en cuestión de minutos ya no podía sentir nada más, pronto mi vista se nubló como si estuviese congestionada y ya tumbado y baldo en el suelo del cuarto oscuro, todo se convirtió en una completa penumbra y me desmallé.

La noción del tiempo transcurrido era algo olvidado, pero luego de lo sucedido desperté en una especie de fosa. La cual tenía un orificio circular en el techo por el que se filtraba una tenue luz solar. Algo que me daba esperanza para creer que estaba en la tierra y de que aún seguía con vida.

Tras adaptarme en aquel sitio, pude notar donde me hallaba y aquel lugar era una fosa de cuerpos. Como había comentado en un principio, muchos trabajos se realizaban en el cementerio y uno de ellos era arrojar los restos putrefactos de personas difuntas que no tenían familiares, como los mendigos, prostitutas y adictos en aquellos pozos.

Las fosas eran profundos posos de pestilencia que tenían agua y cuerpos o restos flotando por los alrededores. En mi trabajo estaba acostumbrado a convivir con la muerte y la pestilencia, pero jamás de tan cerca como me había ocurrido en aquellos momentos. Y lo peor de todo era la situación en la que me encontraba– ¿cómo había llegado hasta allí? –acaso las pesadillas lograban transportarte hacia los lugares más horribles del trabajo.

Lo cierto era que tenía que encontrar alguna forma de huir de aquella fosa, que como era común se hallaba detrás de un mausoleo. En muchas ocasiones era así, las fosas se ubicaban detrás de los mausoleos. No hubiese querido creer que en esta ocasión no fuese de tal manera. El simple hecho era que si todo marchaba normal, –siempre– detrás de los mausoleos se encontraban empleados trabajando, quizá haciendo cosas de refacción o tirando los mismos restos en la fosa.

La única forma de escapar de aquel agujero pestilente era gritando y comencé a hacerlo de manera indiscriminada. Fue hasta tal punto que mi voz se esfumó y mi boca se secó de manera grotesca. Ya nada podría rescatarme, si nadie había venido a socorrerme en el día– ¿por qué alguien lo haría de noche? –sólo pensaba en lo peor y quizá por eso no tendría una oportunidad de huir de aquel sitio.

Seguramente pasaron horas y ya la luz que se escabullía por el orificio del techo no existía más. Ahora sabía que mi muerte contemplaría la poca vida que aún me quedaba. Pero cuando todo estaba perdido, se cayó aún más por la borda. Dado que escuché una voz, pero la voz era la de la maldita anciana que al hablar eyectaba sus diez mil plagas de putrefacción sobre mí. En aquellos momentos no sabía si pedirle ayuda al mismo ser que me había condenado o simplemente dejarme morir dignamente sin recurrir a una escoria de su tipo. Pero sin que yo efectuara ninguna palabra, la vieja horrenda habló.

–Te lo dije…–

Y desde las profundidades de la fosa cargada de agua espesa y cuerpos podridos le pregunté.

– ¿Qqq-u-eeé eee-s lo qqq-u-eee me ddd-iii…?–

Ya sin voz y con un tartamudeo severo intenté preguntar, pero ella me interrumpió.

– No hables. Te lo contaré todo–me dijo.

Yo, me apoyé contra la pared viscosa de la fosa con mi espalda y traté de encontrar con mis pies sumergidos alguna roca de las profundidades para que me sirviese como soporte ante un posible hundimiento en aquella fosa de barro, cuerpos y agua putrefacta. Tras hacerlo me dispuse a sobrevivir los últimos momentos para escuchar la historia de la anciana cateta.

–Aquella gélida noche en la que no me dejasteis entrar al cementerio. Arruinaste mi vida. Todos los viernes por la noche me encontraba con un doctor amigo, que me propiciaba medicinas por medios ilegales. Con el mero propósito de ayudarme con mi hijo enfermo. A veces anhelamos ser padres, pero nunca deseamos tener un hijo en mal estado. En mi caso fue así. Mi hijo sufría de una extraña enfermedad que contrajo en tu mundo.

En realidad eso era lo que más lo enfermaba, este planeta rociado por pestes indómitas. Pero un viejo doctor me ayudaba y mantenía mi secreto resguardado para que la sociedad no me juzgase y por supuesto, para que nadie me quitase a mi pequeño. Este médico me proveía con alimentos especiales y medicamentos de valor extremadamente caros.

A cambio yo mantenía el orden en la ciudad. Y la única forma de recibir las cosas que me daba el médico era en el cementerio. Nunca nadie sospecharía nada. Todo marchaba bien hasta que tú llegasteis. Yo sé muy bien que tú ingresasteis a la ciudad hace seis años y sé mucho sobre lo que tú y tu esposa hicieron con ese bebe deforme. Son unos malditos y por su culpa mi pobre chiquillo pagó lo mismo que su hijo.

La anciana me contó su historia indignada y además me juzgó por mi pasado, pero eso ya no importaba porque todo el mal que había traído a este mundo ya sería saldado y pronto conocería el oprobio en carne propia por una muerte de lo más denigrante.

– Ppp-eee-ro… quién eee-res r-eee-almente…–le dije ya casi al borde de la muerte.

–Yo provengo desde los eones de la eternidad. Soy la dama de los castigos y la señora de la discordia. Soy “Malaka”, y una vez juré que ninguna sombra volvería a atosigar esta ciudad, si algún hombre me daba el hijo que tanto anhelaba. Todo funcionaba bien hasta que tú lo arruinaste.

Y en esos momentos de agonía eterna más voces se oyeron desde las afueras del orificio. Al parecer un gentío se acercó hasta mí paradero, pero no con intenciones de ayuda sino con intenciones de juzgarme. Todos los pueblerinos me insultaban junto con la vieja bruja Malaka. Y lo peor estaba por acontecer… palabras tales como –mátenlos– se podían escuchaban entre la muchedumbre.

Luego de eso se oyeron unos seis disparos y susurros de agonía en la superficie que tanto ansiaba para poder emerger. Una vez que los sonidos hicieron un receso mis ojos vieron algo que jamás hubiesen querido ver. Por medio del orifico de la fosa arrojaron los cuerpos sin vida de mi esposa e hijos. Además de matarlos los denigraron despojándoles de sus ropas. Después de lo que acababa de ver un rostro humano y normal, asomó por el orifico para hablarme; ya para esto Malaka se había retirado.

–Tú lo arruinaste. Todo estaba bien. El maldito de Jeon ya pagó por su idiotez. Jamás tendría que haberte cambiado el turno. Tú no sabías ni mierda de lo que sucedía aquí. Malaka mantenía el orden y el equilibro entre sus hermanos. Ella amaba a su engendro y ahora que ha muerto por tu culpa, la bruja no dominará más estos paramos. Todo el dolor, la angustia, depravación y violencia de sus hermanos caerá sobre nuestra ciudad y todo por ti.

Con muy pocas fuerzas le pregunté al hombre; que era en su anatomía rechoncho y con bigotes mostachón cubriendo su labio superior.

– ¿Ddd-e qqq-u-eeé me habl-aaa-s? –con mi voz trémula le pregunté.

–Esta ciudad fue creada por santos de la inquisición. Pero los malditos eran unos corruptos. Y decidieron abrir puertas entre los mundos para alcanzar más poder. Un error los llevó a otro y mezclaron nuestro mundo con el de los horribles demonios del mundo de Malaka. Ellos provienen de “Epimorden”, de la zona más baja de todo el cosmos. Y son depravados que anhelan la destrucción masiva de los humanos.

Malaka era de corazón blando y accedió a equilibrar los mundos; a cambio de ayuda. Para que los regentes de Epimorden no llegasen hasta aquí. Pero ahora ya todo se ha ido por la borda. Ella se ha retirado y pronto el averno caerá sobre nosotros.

–Ddd-i-ooo-s mi-ooo.

–Dios, ya nos ha abandonado amigo. Ahora te dejo para que te pudras. Y recapacites sobre tu incompetencia. Pronto los cielos se rociaran con demonios alados, de los mares emergerán bestias amorfas y desde la tierra renacerán los azotes de tiempos arcaicos. Pronto, los regentes del mundo bajo surgirán de entre la pestilencia. Sólo un milagro nos salvará.

Todo estaba perdido, ya nada sería igual. Lo único que ansiaba en aquellos momentos era morir. El dolor que sentía al ver a mis hijos y esposa muertos y flotando en el agua repugnante de aquella fosa, era indescriptible. Quería que mi cuerpo se inmolase, quería ver hervir mi sangre, quería que mis tripas se saliesen por mi boca, quería morir y dejar de sufrir siquiera un segundo. Pero nada parecía suceder, al parecer Malaka no me quería ver muerto.

Desde aquel día en el que Malaka me maldijo y el hombre de bigotes me contó la sombría historia de la ciudad, aún sigo con vida. Por razones que desconozco no consigo morir. Quizá Malaka me castigó de esa forma.

Suelo escuchar desde la fosa detrás del mausoleo, aullidos de monstruos sin forma, chillidos de espectros danzantes y aleteos de bestias colosales en busca de la luna poniente. Pero ningún sonido humano se oye tras el orifico de la fosa y la luz es algo que ha desaparecido hace mucho tiempo.

Calculo que han pasado años, puesto que los cuerpos de mis amados seres se encuentran sin un rastro de carne, sólo los huesos reinan en la fosa. Y sólo la agonía de un hombre condenado se avista en aquel lugar. Esperando a ser rescatado o simplemente esperando la muerte por la toda eternidad.

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