«LA FORTALEZA PROHIBIDA» DE LA CIUDAD DE MÉXICO

*La mansión está tan escondida que un piloto de helicóptero comentó que había sobrevolado la región en múltiples ocasiones y nunca había visto la “cabaña suiza

Redacción/La Opinión de México/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/Sol Campeche/Sol Chiapas/Sol Belice/La Opinión de Puebla

(Última de siete partes)

Ciudad de México.- En el semanario Quehacer Político, del 3 de septiembre de 1984, Alfonso Diez explicó lo que hasta entonces había sido un misterio: la existencia del tercer palacete, al que no había fácil acceso por tierra, una mansión inaugurada por el Presidente José López Portillo.

La mansión mejor conocida por la sociedad pertenece a la ahora alcaldía Tlalpan y está abierta al público en general, despertando admiración por el lujo y el valor económico del palacete.

Se ubica a un lado del kilómetro 23.5 de la carretera federal a Cuernavaca; kilómetro y medio después hay una desviación hacia San Miguel Ajusco. Los investigadores de Quehacer Político salieron de la maleza, después de enormes esfuerzos, y encontraron la lujosa propiedad de Durazo, en lo alto de una loma, y escondida tras la espesa vegetación aprovechada para hacer no localizable la “cabaña suiza”.

Solo situándose en el frente de la “fortaleza prohibida”, en la parte que da a la ciudad de México, se puede ver parte de la propiedad.

Al otro lado de una malla ciclónica con grandes cimientos, aparece una larga escalinata de finos ladrillos con macetones a los lados, son setenta y dos escalones, al final de los cuales hay una magnífica residencia de concreto, de dos pisos, recubierta con maderas finas para dar la impresión de que se trata de una cabaña, pero que realmente forma parte de una ciudadela con cinco cuerpos, un castillo con cinco diferentes edificaciones hechas a todo lujo y escondidas en lo alto de un cerro perdido en el Ajusco, informó Alfonso Diez.

Una caballeriza da al sur, en el centro de la propiedad hay un bar construido para dar servicio al aire libre; atrás está la casa para las visitas y a un lado el salón de juegos.

Teja verde importada y brillante, forma parte del techado. Para el interior del “paraíso perdido”, Durazo importó todos los muebles, los aparatos electrónicos y los equipos especiales, como el stand de tiro al blanco.

Gran cantidad de borregos importados fueron decomisados también por las autoridades, y al parecer, fueron aprovechados para pie de cría.

El agua la surtían potentes bombas conectadas a enormes cisternas, (poco más de veinte), y la electrificación es subterránea. Algunos lugareños creían que el verdadero dueño de la “cabaña suiza” era el Presidente José López Portillo.

El material de construcción fue transportado en helicópteros y eso puede dar una idea del costo final, pues esas naves se alquilan por hora, y hubo cientos de vuelos a través de dos años para realizar la edificación.

La mansión está tan escondida que un piloto de helicóptero comentó que había sobrevolado la región en múltiples ocasiones y nunca había visto la “cabaña suiza”.

Las autoridades, en aquella época, no tenían idea del uso que podrían darle a la tercera mansión decomisada al ´Negro´ Durazo, algunos empleados sugerían que se adiestrara ahí a grupos de boy scouts.

Alfonso Diez expresó también que las casas habían sido adquiridas en forma dudosa por una inmobiliaria propiedad de Pablo Fontanet y Alejo Peralta. La operación fue concebida, “aparentemente, para que Durazo no apareciera como propietario y eliminara así la posibilidad de incautación que veía venir, pero cuando Peralta y Fontanet se percataron del escandaloso conflicto en que se habían metido, prefirieron entregar lo que realmente ni siquiera les pertenecía; la transferencia, en términos fiscales es llamada dación en pago, que elimina a la vez la multa y el problema penal”.

En la cabaña fueron encontradas muchas armas de fuego y se realizaron varios inventarios a cargo de Resguardo Aduanal, Fondos y Valores, Tesorería, Contraloría General de la Federación y la entonces Procuraduría General de la República.

Todo ello se justificaba porque las propiedades de Durazo Moreno habían provocado una “gran indignación pública”.

El escritor José González suponía que todo el dinero para los palacetes “había salido de las arcas saqueadas por Durazo”. Y dijo que Antonio Lukini Mercado, exjefe de la oficina central de Licencias de Manejo, era el encargado de recibir de las diferentes delegaciones, (ahora Alcaldías), y sus comisionados, 30 Centenarios procedentes de Cuajimalpa, 100,000 pesos semanales y una cooperación por 50,000 pesos para “comprar un Gran Marquis al patrón”.

De Venustiano Carranza eran 40,000 pesos mensuales de cuota “para Durazo”, 16 Centenarios y 4 más, extras, para los cumpleaños del jefe durante el tiempo que duró la supuesta extorsión que no inventó el general, por cierto.

A la entonces delegación Benito Juárez se le solicitaban 10 Centenarios y 32,000 pesos mensuales.

Tláhuac, 2 Centenarios y 24,000 pesos cada treinta días. Gustavo A. Madero, 200,000 pesos al mes y 20 Centenarios. Y así, por el estilo, pero ante el lujo extraordinario de los tres palacetes, se deducía que ni con mil Centenarios anuales se habrían podido pagar las casonas elegantes.

La residencia del Ajusco, denominada “La Casa de Tlalpan”, tenía hipódromo con instalaciones para los equinos y sus entrenadores. Por allá había enormes lagos artificiales con olas y fauna, por si alguien quería pescar.

Al centro, una plaza de toros con cupo para decenas de curiosos. Junto, muchas perreras para los competidores en el Galgódromo.

En la mansión destacaba enorme alberca y en los interiores -al parecer no se comprobó- había instalaciones hidráulicas recubiertas de oro, lo mismo en lavabos y hasta escupideras con laminillas del áureo metal. Frente a la alberca, bajo techo, se ven estatuas de mármol y una gran pantalla, con su control remoto, para disfrutar películas originales o captar lo mejor de las transmisiones de televisión internacional.

Junto al Hipódromo hay enormes caballerizas, con sitio para veterinarios especializados en caballos “pura sangre”, (que, al parecer, “desaparecieron” y tenían un valor de ocho millones de dólares cada uno), y no faltaban lanchas de lujo, lentas, para quien quisiera remar o pescar en los lagos artificiales.

Más allá está un gran salón encristalado, con impresionante colección de autos clásicos, más valiosos que los modelos actuales.

Esa residencia, por su fácil acceso y la de Zihuatanejo, se convirtieron en atractivos turísticos, no así la “cabaña suiza”, y se decía que aunque virtualmente saqueados por algunas personas no identificadas aparentemente, “son el ejemplo mismo de una corrupción solapada desde los más altos niveles de la política mexicana”.

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