Cirilo Balderas: justicia contra el influyente potosino

Marta Riquelme Capdevielle fue de los últimos en exigir justicia contra el influyente potosino que se burló de la justicia y la sociedad durante varias décadas

Corresponsalías Nacionales/Grupo Sol Corporativo

Ciudad de México.- Scotland Yard, famosa organización policial, reconoció abiertamente que el agente secreto mexicano, Cirilo Balderas, tenía el récord mundial de aclaración de asesinatos en el mundo.

Y lo que habría provocado un reconocimiento oficial al investigador, en otros países, en México se ocultó como un estigma, porque según las mezquinas autoridades, eso habría significado quizá que se nos señalara como un pueblo violento y homicida.

(En otra oportunidad, hablaremos de Cirilo Balderas y del inolvidable trabajo del Servicio Secreto mexicano).

Obviamente, también —como erróneamente se asegura que hacen los avestruces— el régimen fingió no estar enterado de que se rompió aquí un récord en demanda de justicia contra un criminal influyente: durante varias décadas una familia solicitó castigo justo para el culpable, quien se burló de la sociedad todo el tiempo que pudo, hasta que su propia vanidad provocó que confesara el crimen.

Año tras año, al cumplirse cada aniversario de la salvaje agresión contra el estudiante Fernando Capdevielle Oleata (victimado de ocho tiros, calibre .45), su familia publicó esquelas en diferentes medios de comunicación, mientras el responsable de homicidio gozaba de la protección oficial.

¿Quién iba a arrestar al protegido, si tras asesinar a Capdevielle a traición, fue capaz de romperle una pierna, a patadas, a la famosísima Madre Conchita, acusada injustamente de ser cómplice en el asesinato del general Álvaro Obregón?

¿La agredió en una celda, a solas, para que la religiosa no pudiera acusarlo al no tener testigos?

No, Gonzalo Natividad Santos Rivera (mejor conocido como Gonzalo N. Santos) primero le apagó puros en el cuello, junto con otro “indignado” político que suponía, en su fanatismo, que la monja y José de León Toral, con la muerte de Obregón, “habían dejado sin padre” a mucha gente.

Se podría comprender la tortura a que fue sometida la infortunada Madre Conchita, cuando algún experto nos dijera qué temperatura alcanza la brasa de un puro, también la brasa de los cigarros que utilizaba el cómplice de Gonzalo Santos.

La agresión se llevó a cabo frente a policías uniformados, quienes en ningún momento ayudaron a la religiosa; cerca de un abogado defensor, frente al Ministerio Público y a la vista de cientos de curiosos que, acarreados, insultaban ferozmente a Concepción Acevedo y De la Llata, a quien lo menos que le deseaban era su reclusión en las Islas Marías, para que fuese violada por cientos de criminales cautivos.

Fue cuando inspirado en el fanatismo de la época y en su propia egolatría, Gonzalo Santos les fracturó a patadas una pierna a Concepción Acevedo y De la Llata, quien no se quejaba demasiado, ante la idea de que el sufrimiento “había sido aceptado por Dios”.

Amigo(a)lector(a): por favor lee con respeto lo que consideramos breve historia verdadera de La Madre Conchita, insultada y difamada por muchos, homenajeada por otros, reverenciada por muchos.

Casi para cumplir veinte años, su familia la invitó a una tarde de toros, con la esperanza de que conociera a un galán y olvidara sus planes de cambiar la vida de lujo y comodidad que llevaba en Querétaro, por una existencia modesta en una celda pétrea, oscura y conventual.

Años de dudas y regaños, de críticas y consejos, terminaron dramáticamente el 31 de mayo de 1911, cuando la joven Concepción Acevedo y De la Llata, penetró resueltamente al claustro, sin importarle el llanto que derramaban sus progenitores y sus hermanos.

El 25 de septiembre de 1922, tras un sorpresivo arribo a la ciudad de México, asumió el cargo de Superiora en el convento de Las Madres Capuchinas Sacramentarias, ubicado en Tlalpan.

Conocido conflicto entre la Iglesia y el Estado ensangrentaba el territorio nacional y las provocaciones, de uno y otro lado, se daban con frecuencia hasta provocar una confusión que aterrorizaba y enardecía, que cegaba y ensombrecía el panorama político.

El monasterio fue clausurado y las monjas fueron advertidas en la Procuraduría de la República (calle Donceles) que “deberían disolverse para no seguir violando la ley”.

El grupo se fue a la calle Mesones y Concepción conoció ahí al padre jesuita Miguel Agustín Pro, quien simpatizó con el activismo de la Superiora, a quien le comentó que eran “cuates de año, pues él había nacido el 13 de enero de 1891 y ella el 2 de noviembre”.

Las monjas fueron acosadas y pasaron a la calle Puebla, más tarde a calle Justo Sierra y finalmente a Zaragoza, Colonia Guerrero, cerca del panteón de San Fernando.

A mediados de septiembre de 1927, Pro-Juárez le propuso ofrecerse como “víctimas a la justicia divina, por la salvación de la fe en México”.

El director espiritual de Concepción, padre Félix de Jesús Rougier, fundador de Los Misioneros del Espíritu Santo, le dijo: “Tenga presente que Dios puede pedirle no la vida, sino otra clase de sacrificios más dolorosos todavía.  Su comunidad, su salud, la incomprensión, la soledad, el abandono y quién sabe cuántas cosas más en cambio de la existencia”.

La Madre Conchita acepta la proposición de Pro-Juárez y, el 23 de septiembre de 1927, el padre Pro celebró misa, comenzó a llorar y dijo que “había escuchado claramente que estaba aceptada la inmolación”.

El 12 de noviembre, elementos de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, dirigidos por el ingeniero Luis Segura Vilchis, decidieron matar al día siguiente al general Álvaro Obregón, volando su automóvil con varias bombas caseras.

En un automóvil que la Liga había confiado a Humberto Pro-Juárez, hermano del sacerdote, fueron al encuentro de Obregón el ingeniero Segura, “Jocelin”—no identificado plenamente—Nahúm Lamberto Ruiz Caselín y Juan Tirado Arias.

Las bombas de dinamita habían sido preparadas en Alzate 44-A, Colonia Santa María la Ribera. Una licencia de conducir, decomisada, estaba a nombre de Roberto Pro-Juárez, hermano menor de Humberto y Miguel Agustín. La responsabilidad de los Pro parecía evidente.

La emboscada o atentado, perpetrado en el bosque de Chapultepec, ocurrió el domingo 13 de noviembre de 1927, cuando el general Obregón, escoltas y amigos se disponían a disfrutar de una corrida en El Toreo (localizado en la Colonia Condesa, iban a participar “Armillita Chico” y “El Niño de la Palma”), de pronto, el auto de los conjurados, vehículo de color verde oscuro, fue emparejado al Cadillac, placas 20454 y comenzaron a caer bombas de dinamita; una estalló en el interior del carro de Obregón (aunque esto parece embuste, pues nadie resultó ni quemado ni herido) y otra en el estribo, sin lesionar a ninguna persona.

El manejador del auto verde abrió fuego con pistola contra Obregón, quien resultó ileso y los dinamiteros huyeron hacia la Colonia Juárez, por Paseo de la Reforma. El general Ignacio Otero Pablos disparó con su escuadra .45 y lesionó en el cráneo a Nahúm Lamberto Ruiz Caselín.

El ingeniero Segura, Tirado y “Jocelin” huyeron a la carrera, tras abandonar el auto verde; dos policías alcanzaron a Tirado y lo derribaron a golpes, los otros dos individuos lograron escapar.

La esposa de Nahúm se afirma, habría proporcionado datos suficientes a la policía como para desmantelar aquella célula de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y pronto fue arrestado el ingeniero Luis Segura Vilchis, en la Compañía de Luz y Fuerza Motriz, cuyas oficinas se ubicaban en Gante y 16 de septiembre, primer cuadro de la ciudad de México.

Pero, en aquella época, dada la escasa preparación policíaca y técnica de los detectives en general, el ingeniero los sorprendió al sacar un boleto de El Toreo, con el que “demostraba” que había estado en la plaza y saludado al general Obregón…lo que le daba una coartada creíble, pues “no podía haber estado en la corrida y en Chapultepec, al mismo tiempo”.

El mismo Obregón dijo que Segura no mentía, “lo vi en la plaza de toros”, aseguró. El presunto responsable fue dejado en libertad inmediata.

Sin embargo, las averiguaciones facilitaron algunas redadas y cayeron los hermanos Pro, quienes, por razones personales, se ocultaban en la calle Londres.

Ese mismo año, pero en septiembre, fue asesinado a balazos el estudiante Fernando Capdevielle Oleata, en la calle Acapulco, Colonia Roma y no fue difícil deducir quien había sido el homicida: el potosino Gonzalo Natividad Santos Rivera, pero, como siempre ocurre en asuntos donde interviene un influyente, la investigación del caso fue entorpecida por las autoridades, entonces no por una paga, sino por su lambisconería ancestral.

El presidente Plutarco Elías Calles se enteró de las averiguaciones (hoy se les llama “carpetas”) y ordenó que se fusilara a los conjurados, pues a “grandes males, grandes remedios”. El general Roberto Cruz sugirió tímidamente la consignación ante un juez y Calles confirmó su orden: “Y regrese a darme parte de haberla cumplido”.

El 23 de noviembre de 1927, exactamente dos meses después de aquella misa en que supuestamente “escuchó que el sacrificio de él y La Madre”.

«Conchita había sido aceptada”, el padre Pro cayó bajo las balas de la policía, en la Inspección que se ubicaba en lujoso edificio que fue demolido muchos años después, para construir ahí la Lotería Nacional, frente a la estatua del “Caballito”.

Al padre Pro le siguieron el ingeniero Luis Segura Vilchis, Humberto Pro-Juárez y Juan Tirado Arias. Ahí comenzó el calvario de La Madre Conchita, sufrimiento histórico que posteriormente daremos a conocer por completo, en este espacio.

Los cuerpos de los ahora occisos fueron llevados al Hospital Militar y, sin dudar, acudió la Madre Conchita, para empapar un pañuelo con la sangre del sacerdote y, sobre todo, para decirle en voz baja: “No se olvide el compromiso, también deseo ser mártir”.

El grupo de monjas se cambió a Chopo 133, Santa María la Ribera y a fines de marzo de 1928, se conocieron ella y José de León Toral, gran amigo de infancia y juventud de Humberto Pro-Juárez. En abril hubo otro cambio de domicilio y las religiosas regresaron a Zaragoza 68, Colonia Guerrero.

Una descarga eléctrica había matado al aviador Carranza y José de León Toral comentó a la Madre Conchita: “Cómo Dios no me da un aparatito para lanzar rayos y poderle enviar uno al general Calles, otro a Obregón y el tercero al patriarca Pérez”.

–Si Dios quisiera mandárselos, se los enviaría sin necesidad de aparatito, así como le mandó un rayo al aviador—expresó la Superiora.

En alguna ocasión, al término de una misa oficiada por el subversivo sacerdote José Aurelio Jiménez, José de León Toral, en el momento de la bendición, se desabrochó el saco y dejó descubierta, frente al altar, una pistola que había conseguido. Ahí nació el mito de que un sacerdote había bendecido intencionalmente el arma homicida.

El martes 17 de julio de 1928, por la tarde, José de León Toral (dibujante del periódico Excélsior) logró acercarse tranquilamente al general Obregón, durante un banquete en el restaurante “La Bombilla” y disparó seis veces a quemarropa contra el sorprendido político.

Brutalmente torturado para que “delatara al resto de los conjurados”—en sus pesadillas, los políticos mexicanos ven “conjuras” por doquier—fue engañado por el detective Valente Quintana (de los mejores investigadores en nuestro país), quien sutilmente le sugirió que mencionara a alguien que pudiera confirmar que era católico.

El dibujante y presunto homicida dio el nombre de Concepción Acevedo y De la Llata como “testigo de catolicidad” y la policía se encargó de que La Madre Conchita emprendiera el camino que, para unos, debería servir para su beatificación y, para otros observadores, debía funcionar como ejemplo de lo que no puede hacerse al amparo de la religión.

El 18 de julio fue arrestada con violencia en Zaragoza 68 y, ya en la madrugada del 19, llegó a la Inspección de Policía, donde se comprobó que era una fanática, pues en su amor por Cristo…se marcó en el pecho con un hierro al rojo vivo, lo que le costó severos reproches de sus superiores y una postración grave por la quemadura.

Cuatro días con sus noches fue obligada a permanecer de pie, se le amenazaba con violación tumultuaria. Exactamente el día de su cumpleaños 37, ella y José fueron sometidos al inicio de un jurado popular, donde fue agredida con bestialidad la monja y a José de León le arrancaron cabello y trataron de estrangularlo algunos partidarios de Obregón, tan brutales como el potosino célebre.

Sentenciada a 20 años de prisión, mientras José de León Toral—potosino, como el verdugo de Capdevielle—la religiosa conoció la cárcel de Belem, la de Mixcoac, la de San Ángel, el Palacio de Lecumberri y las Islas Marías consideradas el “Infierno del Pacífico”, dizques destinados a los hampones incorregibles y desde luego a los “presos políticos”. Para protección, la monja se casó con el dinamitero Carlos Castro Balda, quien había puesto una bomba en la Cámara de Diputados, explosivo cuyo estallido no causó víctimas.

El Vaticano aprobó la boda—realizada el 8 de diciembre de 1934—y por escrito se autorizó a La Madre Conchita a ser sepultada con hábito y crucifijo cuando llegara su hora, privilegio que difícilmente se concedía:  la monja falleció el 30 de agosto de 1979, a dos meses y días de cumplir 89 años.

El día 17 de julio de 1986, al cumplirse el 57 aniversario del asesinato de Obregón, murió por enfermedad Carlos Castro Balda, en su domicilio de la Avenida Álvaro Obregón, casualmente.  El cuerpo del viudo fue dejado caer, accidentalmente, por una escalera y se levantó un acta para iniciar una investigación en torno al percance, pues presentaba lesiones “post-mortem”.

El 21 de septiembre de 1927, como se denunció cada año en demanda de justicia a partir del primer aniversario del crimen, fue asesinado, cobardemente, a balazos de calibre .45, el joven pasante de Derecho, Fernando Capdevielle Oleata, frente a su domicilio de la Colonia Roma.

En las primeras investigaciones se supo que el joven había sido perseguido en otro auto, cuyas placas fueron identificadas como correspondientes al vehículo de un amigo de Gonzalo Natividad Santos Rivera, quien llegó a ser gobernador de San Luis Potosí.

Con presunto cinismo y en sus “Memorias”, Santos Rivera afirmó que como a los tres días empezaron ataques periodísticos, “después los ataques fueron abiertos, pero siempre anónimos, alimentados por los serranistas, que estaban en plena campaña contra el obregonismo y después más y más injurias, pero siempre anónimas. Nunca se me acusó por nadie que fuera responsable. Yo, después de la toma de posesión del general Cedillo, vine a México y me presenté en la Cámara de Diputados y renuncié a mi fuero para que me juzgaran.  Nadie me demandó en ningún Tribunal, ningún juez me citó.  Fui a la tribuna y dije que con motivos de esos ataques anónimos me consideraba sin fuero para ese caso, mientras fuera diputado, pero nadie me acusó legalmente”.

En otros párrafos del libro “Memorias”—Editorial Grijalbo, 1986—explicó que el ahora difunto “no estudiaba, era un fósil, traía buen automóvil…yo tenía dos años de divorciado y no tenía por qué pensar en llevar a cabo esta venganza porque la causante de estos hechos vivía en el extranjero y yo no sabía ni una palabra de ella ni quería saber. Dice un viejo adagio ranchero que el pez muere por la boca y eso es lo que le sucedió a este vividor, con ayuda del chismoso Lolo Lavanzat”.

“A Lolo Lavanzat lo echaron fuera de mi escolta mis ayudantes, como tenía muchos enemigos y lo vieron de capa caída, lo mataron en Reynosa, Tamaulipas.

“Los alborotos que me hicieron un grupo de estudiantes fueron movidos por los serranistas. Me platicaba años después el Tlacuache, licenciado César Garizurieta, que él fue el líder de ese movimiento, por hacer alboroto y porque era serranista, pero que a Capdevielle lo despreciaban los verdaderos estudiantes porque sabían que él no era auténtico y como tenía éxito de extorsionador, les presumía mucho a los estudiantes pobres. Hubo un grupo de estudiantes muy numeroso que encabezaba el pasante de Derecho, Miguel Alemán Valdez (hijo de mi amigo, ya para entonces muerto, general Miguel Alemán), que cuando se trataban estos asuntos en la Cámara, donde yo me defendía sin que nadie me acusara formalmente, que iban a aplaudirme y a vitorearme y en tumulto salían rodeándome de la Cámara.

“Por lo que respecta a los maestros Miguel Lerdo de Tejada, Tata Nacho, Esparza Oteo y Mario Talavera, hicieron declaraciones contraatacando a mis enemigos, y testificando que ellos, los músicos, habían estado conmigo en el teatro hasta después de la una de la mañana y el individuo falleció como a las diez de la noche. Bueno, a lo hecho, pecho”. (¿Alguien castigó por embusteros a los maestros músicos?  Nadie.

En la página 323 de “Memorias”, afirma el político Gonzalo Natividad Santos Rivera, que después de los bombazos contra el general Álvaro Obregón, a los cuatro detenidos, ya presos en la Inspección de Policía, el general Roberto Cruz, seguramente con órdenes expresas del general Calles, “los sacó frente al Caballito (estatua de Carlos IV) y en pleno día, como a las once de la mañana, los fusiló sin ningún interrogatorio”.

La verdad es que el cuádruple fusilamiento fue en el interior de la cárcel y que tal injusticia (no hubo juicio previo, Calles llamó a esa acción indigna “gran remedio a un gran mal”), provocó indirectamente el asesinato de Álvaro Obregón.

Efectivamente, José de León Toral fue gran amigo de los Pro, Humberto y su hermana Anita, quien le dijo en el Hospital Militar: “José, ¿ya viste cómo dejaron a Humberto?”

–Sí, no te preocupes—respondió. El dibujante de Excélsior tomó en ese preciso instante la determinación de matar a Obregón, quien se habría salvado el 17 de julio de 1928, si le hubiera hecho caso a su esposa, quien, arrojándose a sus pies, le rogó que no fuera a la comida en el restaurante “La Bombilla”.

La señora le aseguró que había tenido un presentimiento terrible, que lo estaban esperando para matarlo, pero el soberbio militar la incorporó y le dijo: “Te agradezco el aviso, pero no puedo faltar a ese homenaje”.

El caso es que el autor del libro “Memorias” afirmó que el fusilamiento de los conjurados en el atentado contra Obregón, “nos pareció muy sospechoso a todos los obregonistas, pues se trataba de que nadie hablara y nadie habló”.

Continuó la campaña y llegó el mes de julio, pero antes voy a hacer un paréntesis. En el mes de septiembre anterior, “hice un viaje a la capital de semi incógnito, pues ya dije que no salía de día por mi distanciamiento con Calles, y don Plutarco era cosa seria, y una noche se me ocurrió ir al Teatro Principal donde actuaban María Conesa y un grupo de semi nudistas que entonces llamaban Bataclán. En el pórtico del teatro había un bar, el pórtico era abierto a la calle, enteramente sin ninguna pared ni cortina y a ese bar, que entonces se llamaban cantinas, tenía acceso todo el que quería sin necesidad de entrar al teatro”…

“Entré acompañado de mi fiel amigo y ayudante, entonces mayor José López Iglesias, muerto general. Apenas había avanzado el espectáculo entró otro ayudante mío que llamábamos Lolo Lavanzat (probablemente José Dolores), capitán retirado, muy chismoso, de Matamoros, no digo que valiente porque todos mis ayudantes lo eran, y me dijo al oído que ahí en el bar del pórtico estaba un individuo hablando muy mal de mí y le pregunté: “¿Quién es?”, y me dijo: “No lo conozco, es un catrín”. ¿Qué está diciendo? -volví a preguntar. “Cosas muy feas contra su honor”, me dijo. “¿Y por qué no lo callaste?”, le dije y me contestó: “Hay mucha gente y se haría alboroto, y como usted anda algo escurrido no lo quise provocar”.

(Amigo(a)lector(a): tenemos a un capitán retirado, “muy chismoso” o sea no confiable, que escucha claramente cómo es ofendido de gravedad el político que le paga. En lugar de “poner en su lugar” al hablantín, va y susurra a su jefe que el catrín ha dicho cosas “muy feas contra su honor”.

El potosino le encarga su abrigo a su ayudante José López Iglesias y le pide que no se mueva hasta su regreso. (¿Ayudante para cuidar un abrigo?) Luego, le pide al chismoso que identifique al bocón que en ese momento partía en su automóvil.

El político también dejó al segundo ayudante y siguió al “ofensor” en un auto prestado, conducido por un tercer ayudante, capitán Ernesto López Quintanilla y, poco antes de alcanzarlo, Gonzalo le pregunta a Ernesto si sabía la identidad del joven, el chofer dice que sí, pero que los ayudantes “no están para calentar la sangre al jefe con chismes comprometedores”.

Al llegar a las calles de Acapulco, frente a la casa 70, el político baja y el ayudante le pregunta si quiere que lo acompañe. (¿Para qué sirve un guardaespaldas, que no sabe que para proteger al político fue contratado?)

Gonzalo Natividad Santos Rivera se aproxima con su .45 en la mano y, cuando ve (eso dijo) que “el figurín” metió mano a la cintura, el joven se quedó petrificado, probablemente de miedo y “le descargué las ocho balas de mi pistola y se murió”.

Aseguró Gonzalo que el estudiante tenía un fistol y una pistola .32 niquelada, “propiedad del diputado”. Y cabe mencionar que al ser presentado el libro “Memorias”, en la Casa de la Cultura de San Luis Potosí, Marta Riquelme Capdevielle comentó que “no era posible quedarse callada ante el homenaje que se le rindió a un asesino”, la denunciante residía en San Jerónimo Lídice, ciudad de México y fue de los últimos Capdevielle en exigir justicia contra el influyente potosino que se burló de la justicia y la sociedad durante varias décadas, para terminar aceptando que efectivamente mató de ocho balazos, personalmente, al pasante de Derecho, Fernando Capdevielle Oleata, el 21 de septiembre de 1927.

Se sabe que las esquelas anuales denunciando el crimen de Fernando (“Hoy se cumplen tantos años de que…y el asesinato sigue impune”) fueron publicadas durante más de 25 años, tiempo en que Gonzalo N. Santos gozó de absoluta protección del régimen en turno y, claro, cuando reconoció que había matado por celos al joven pasante de Derecho, el potosino sabía que todo había prescrito.

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