ISEGORIA

Dilemas de la vida de hoy

Sergio Gómez Montero/Sol Quintana Roo

No puedes dejarnos el tiempo

sino darnos las claves para descifrar sus acertijos.

Todo debe empezar, hay que nombrar las cosas nuevamente

W. Leyva: “La luz y el polvo”

Por lo común todas las imágenes de ella, se generen donde se generen, conllevan tragedia, desamparo, desánimo, frustración: la de los sirios, tratando de saltar las alambradas de los campos de confinamiento de Grecia o de Hungría para poder llegar a ciertos países de la Europa continental, o la de diferentes africanos evitando a duras penas el naufragio con la misma finalidad. Aquí, entre nosotros, las visiones terríficas de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos tratando de escapar de la Guardia Nacional y del INM una vez cruzada la frontera por Chiapas. U hoy, las imágenes desgarradoras de los haitianos mojados, semihundidos en el río Bravo, esperando tener la suerte de cruzar a Estados Unidos, antes de que la migra los deporte de nuevo a su país, en donde van a correr el peligro de morirse de hambre. Concretando todos ellos imágenes de una vida diaria que no quisiéramos que existiera, pero que está allí, pareciera que creciendo cada vez más, volviéndose así un fenómeno cotidiano de dimensiones cada vez mayores, como si la miseria se estuviera extendiendo de una manera ya incontrolable.

Guterrez, el secretario general de la ONU, lo ha reconocido apenas hoy al inaugurar el nuevo periodo de sesiones de este organismo multilateral, que pareciera ser hoy el portavoz de un mundo transido todo él por la tragedia, bien sea por la crisis climática por la que se atraviesa, y cuyos efectos lo mismo afectan a la biodiversidad que aceleran los efectos invernadero o el drama creciente de la sequía incontrolable, o el irrespeto cada vez mayor de los derechos humanos o la ya incontrolable migración de los países pobres hacia aquellos cuyo nivel de vida se convierte en el sueño de los desposeídos. Incapaces de atender esas voces de alerta, nuestra vida no se modifica, como si cada quien viviera un paraíso del cual no quisiera emigrar a pesar de las amenazas que existen para su sana convivencia.

No se trata, claro, de alentar esas voces de alerta extrema, pero sí de tomar en consideración que si no cambiamos nuestra forma de vida cotidiana sí estamos en peligro de que la tragedia nos alcances, por más que supongamos que estamos aún muy lejos de ella. Allí, si la política no hace su tarea de cambiar las reglas de convivencia humana será cada vez más difícil construir un mundo futuro más luminoso, menos transido por la tragedia como

hasta hoy. Una política en la cual todos estemos comprometidos no a través de representantes poco idóneos, sino una la cual los ciudadanos seamos los que directamente determinemos el qué hacer y el cómo hacerlo, a fin de que esa política sea realmente un ejercicio compartido de carácter social pleno.

En fin, quién sabe quién ganará la carrera: las tragedias de la vida cotidiana de hoy o la puesta en práctica de una nueva política social. ¿Usted a quién le va?

*Profesor jubilado de la UPN/Ensenada

gomeboka@yahoo.com.mx

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