Florentino Ventura: feroz, cruel y despiadado

A quienes no confesaban lo que él quería oír, se les desnudaba; los ataban de las manos por atrás y se les encapuchaba

Corresponsalías Nacionales/Grupo Sol Corporativo

(Tercera de seis partes)

Ciudad de México.- Quienes lo conocían no daban crédito a esa ambivalencia de actitudes, ya que con su mujer se conducía con ternura y hasta romanticismo. 

Por otra parte, en su aspecto interno, resultaba contradictoria la actitud que mostraba en su trabajo: feroz, cruel y despiadado y la que asumía frente a su compañera de toda la vida, su esposa María Cira Villanueva. Quienes lo conocían no daban crédito a esa ambivalencia de actitudes, ya que con su mujer se conducía con ternura y hasta romanticismo. 

Pero los “asuntos especiales” que directamente le encargaba su jefe, el procurador Sergio García Ramírez, le ocupaban todo el tiempo, ya no podía atender a su familia, a sus hijos, lo que originó diferencias y reclamos de su esposa y constantes fricciones entre la pareja. 

Pero a la vez que su relación con María Cira se desgastaba, su prestigio de buen investigador crecía, aunque siempre rodeado de una aureola de brutalidad. Su fama había rebasado las fronteras nacionales y ya la DEA y el FBI lo consideraban “el policía más brutal, pero el más eficiente”.

Sus métodos de “investigación” eran motivo de escándalo; pero a él no le importaba; los medios para alcanzar los fines era lo de menos. En los calabozos de la PJF, él personalmente daba las órdenes de cómo torturar a los detenidos que no querían revelar los nombres de sus cómplices o la forma de operar del grupo delictivo al que suponía o estaba cierto que pertenecían. 

Personalmente, iba a las celdas y advertía a los presuntos: “si no cooperan, se los va a llevar la chingada”. 

Desde entonces se había puesto de moda, entre policías, la frase que llevaría al chino Zhenli Ye Gon a la cárcel: “cooperas o cuello”. 

A quienes no confesaban lo que él quería oír, se les desnudaba; los ataban de las manos por atrás y se les encapuchaba. 

Apenas empezaba la pesadilla para el detenido. Se le aplicaban toques eléctricos en los testículos, en las nalgas, se le aplicaba lo que después se conocería como “tehuacanazo” (agua mineral con chile piquín por la nariz); le introducían un alambre por el orificio del miembro.

Los puñetazos y puntapiés era lo más común hasta que el interrogado se desmayaba y para volverlo en sí, le orinaban el tumefacto rostro, a veces le metían un palo por el ano, mientras seguía la tanda de patadas y golpes.

Con esos métodos de “investigación” no había quien no confesara lo que el comandante Ventura quería oír. Lógicamente, muchas veces se les pasaba la mano y el interrogado moría a manos de sus torturadores.

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