El pulque: perdió su significado religioso durante la Colonia

Hernán Cortés menciona el pulque en su segunda Carta de Relación: “Miel de unas plantas que en las otras islas llaman maguey que es mucho mejor que el arope”

Corresponsalías Nacionales/Grupo Sol Corporativo

(Tercera de seis partes)

Ciudad de México.— Hernán Cortés menciona el pulque en su segunda Carta de Relación: “Miel de unas plantas que en las otras islas llaman maguey, que es mucho mejor que el arope; y de estas plantas hacen azúcar y vino, que asimismo venden”.

Durante la Colonia, el pulque perdió su significado religioso, aumentó su consumo, y al tiempo que por los impuestos que pagaba crecía su importancia para la Real Hacienda, se extendía su fama de ser lacra social, causa de vicios y violencia entre el “peladaje”.

A principios del siglo XIX, Humboldt sostenía que el maguey era “la planta más útil de todas las producciones que la naturaleza ha concedido a los pueblos montañeses de la América Equinoccial”.

Sin embargo, asegura J. Bertha, la hostilidad del poder por los hábitos espirituosos del vulgo se manifestó desde 1529, cuando en una real cédula, Juana de Castilla ordena a la Audiencia de la Nueva España y al obispo Juan de Zumárraga “se prohíba a los indios la ingestión de pulque, para evitar la embriaguez y los vicios carnales y nefandos”.

La orden no se obedeció, (en coincidencia con la real cédula de Juana de Castilla, cuatrocientos años después se inició en México una lucha contra el alcoholismo), pero poco después, Alonso de la Herrera, fabricante de cerveza, exigió su debido cumplimiento, pues el rústico “neutle” curado quizá con guayaba, competía deslealmente con su fermentado de cebada perfumado con lúpulo.

Demanda de contundencia comercial que tampoco tuvo efecto por razones igualmente económicas: en el siglo XVII, por concepto de alcabalas y otros impuestos, el popular “octli” hacía ingresar unos cien mil pesos anuales a la real caja, y en el arranque del siglo XIX, cuando en el país se producían anualmente unos seis millones de litros de pulque, de los que 10,000 se consumían diariamente en la capital, los impuestos al “clachique” representaban cerca del 20 por ciento del ingreso total de la Real Hacienda.

Con todo, agrega J. Bertha, al licor de la reina Xóchitl se le siguió proscribiendo, especialmente cuando sus principales consumidores se alebrestaban. Así, se le prohibió a raíz del motín de 1692 y durante los disturbios por el hambre y la peste de 1784 y 1785. Cruentos alborotos que los benévolos gobernantes coloniales no se podían explicar más que por los obnubilantes vapores del “tlachicotón”.

La hostilidad siguió durante el México independiente. Salvo en los años porfiristas cuando el Ferrocarril Interoceánico y el Ferrocarril Mexicano conectaron los tinacales del altiplano con las ciudades de México, Puebla, Tlaxcala y Pachuca, haciendo del perecedero “clachique” un negocio rápido y rentable. Surgió entonces una “aristocracia pulquera” agrupada en la Compañía Expendedora de Pulques, que fletaba tres trenes diarios solo para abastecer la capital, donde controlaba el 90 por ciento de los expendios.

“Mientras haya pulque no habrá civilización”, decía José Vasconcelos. El gran negocio pulquero no sobrevivió a la Revolución, debido a la competencia de otras bebidas más fáciles de embotellar, pero también al racismo.

Y es que, así como comer tortillas —dice J. Bertha— “te hace inferior a los que comen pan, también vale más quien se emborracha con chíngueres importados que el briago de pulcata”. Un viajero penetrante como Egon Erwin Kisch dijo: “Los hombres oriundos de las tierras de la vid y el lúpulo, no podrían comprender qué es lo que tienta a los habitantes de estas ciudades a beber pulque. El sabor de esta bebida escapa a toda posible descripción”. Y la acusó de ocasionar idiotismo, miseria y crimen.

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