El palacio negro de Lecumberri

Una historia de terror, injusticias y crímenes. Se pensó una prisión modelo y terminó en un infierno

Corresponsalías Nacionales/Grupo Sol Corporativo

Ciudad de México.- “Si esta penitenciaría no llega a ser núcleo de regenerados y redimidos, tampoco será una escuela del crimen y podéis estar seguro, señor presidente, que, al salir, dejará a vuestras espaldas la primera estufa de desinfección moral y un baluarte de defensa para la sociedad”.

Así lo declaró el licenciado Rafael Rebollar, entonces gobernador de la Ciudad de México, el 29 de septiembre de 1900, durante la ceremonia inaugural de la Penitenciaría de la capital del país, presidida por el Mandatario de la Nación, general Porfirio Díaz Mori.

Discurso que al paso de poco más de tres cuartos de siglo resultarían utópico, pues el penal, cuyo nombre cambió al de Palacio Negro de Lecumberri, representó, durante los 75 años, 11 meses y 28 días que duró su existencia, la meca de la corrupción, el envilecimiento y la degradación del ser humano, tanto por los delincuentes que llegaron ahí, como por la mayoría de directores, jefes de vigilancia, celadores, abogados y demás sátrapas que medraron con el dolor y la tragedia de quienes, justa o injustamente, fueron encarcelados en ese sitio de horror.

Una inscripción grabada en un muro de una de las crujías del Palacio Negro de Lecumberri, por el líder cinematográfico Mateo Alvarado, el 4 de mayo de 1976, describía fielmente la abyecta realidad que imperaba en ese lugar:

En este lugar maldito
Donde reina la tristeza
No se castiga el delito
Se castiga ¡la pobreza!

PROYECTO, CONSTRUCCIÓN Y COSTO

El 7 de mayo de 1885, el general Porfirio Díaz aprobó el proyecto del penal más moderno de la época, y dos días más tarde el ingeniero militar, general Miguel Quintana, comenzó los trabajos con casi medio millar de hombres.

Siete años después falleció el general Quintana y quedó como encargado de la magna obra, el ingeniero Carlos Salinas, sin embargo, a fines de 1892, el gobernador de la Ciudad de México, Pedro Rincón Gallardo y Terreros, reemplazó al ingeniero Salinas y designó como encargado al ingeniero civil y arquitecto, Antonio M. Anzá.

Una importante empresa norteamericana participó también en la construcción y edificó la torre central, enclavada precisamente en el centro de la enorme obra, desde donde se dominaba cualquier punto de la prisión, Su costo fue de 22 mil pesos. Instaló también el plante de luz eléctrica con 80 caballos de fuerza, cuyo valor fue de 23 mil 400 pesos.

A siete años de su funcionamiento se hizo necesaria la ampliación del penal, localizado en los llanos de Aragón y Cuchilla de San Lázaro, a corta distancia de la garita del mismo nombre.

Los trabajos para su extensión fueron realizados en una superficie total de 75 mil metros cuadrados y tuvieron un costo adicional de 720 mil 33 pesos más, de tal manera que la edificación de la Penitenciaría de la Ciudad de México, a la postre el Palacio Negro de Lecumberri, costó en total 3 millones, 117 mil 947 pesos con 84 centavos.

El nombre de Lecumberri se atribuye a que fue el acaudalado empresario español, Manuel Lecumberri, quien vendió el terreno al gobierno de Porfirio Díaz donde finalmente quedó enclavado el presidio.

SISTEMA CARCELARIO

Para implantar el sistema penitenciario realizaron un minucioso examen de cinco modelos: el de Comunicación Continua o Prisión Común; el de Auburn: Comunicación Durante el Día e Incomunicación en la Noche; el de Incomunicación Absoluta y Aislamiento Total y el de Separación Constante de los Presos entre sí y comunicación solamente con los empleados de la penitenciaría, los sacerdotes del culto que profesaran y personas que pudieran “moralizarlos”.

Finalmente, el sistema irlandés “Lofton”, cuya base era el paso sucesivo de los reos por los grados en que se dividía la pena, fue el elegido para aplicársele a los reclusos en cuatro periodos.

En el primero había que tratar al reo con severidad y rigidez, que iba desapareciendo paulatinamente si se observaba buena conducta en el preso. Se trataba de premios a la buena conducta o enmiendas y castigos ejemplares a los rebeldes y reincidentes.

Durante los primeros cuatro meses del primer periodo, cuya duración era de nueve, de acuerdo con cómo se comportará el reo, no se le daba carne ni se le designaba para algún trabajo atractivo, simplemente se le veía como un animal de carga o sirviente, en el mejor de los casos.

“El objeto de este rigor, es hacer entrar al reo en sí mismo y causar en su espíritu una impresión profunda para hacerle entender la ventaja de portarse bien y los males que él mismo se ocasionaría si no se corregía”, decía el segundo director del penal, Francisco Martínez Baca.

Como premio, se les daba boletas de buena conducta con las que podía llegar hasta los nueve puntos por mes: tres por trabajo en taller, tres por aplicación en la escuela y los otros tres por buen comportamiento.

Para pasar al segundo periodo era necesario acumular 18 puntos, para el siguiente, el triple, 54 y para llegar al cuarto periodo se requerían 180 puntos, lo que significaba una estadía mínima de 20 meses.

Pero el llegar ahí no los libraba de regresar al camino andado, pues si el reo cometía un error se le hacía descender a la clase inferior y en el caso de los incorregibles, se les recluía además en celdas de castigo, se les encadenaba y sólo se les daba de comer lo necesario para que no murieran.

Lógicamente nadie era capaz de llegar al cuarto periodo, preludio de la libertad, pues con el simple dicho del jefe de talleres, del profesor o el director de la prisión, encargados de otorgar los premios, movían a su antojo a los presos de un nivel a otro.

Por otra parte, el director del penal era autónomo, pues el Código Penitenciario establecía: “La Dirección de la Penitenciaría, tanto en lo administrativo como en lo penal, debe ser confiada exclusivamente al director, sin someterlo a más autoridad que el Gobierno del Distrito y, aun así, tan sólo en los asuntos de suma importancia y dejándole siempre facultades amplias”.

Tales disposiciones convertían al director en turno, en señor de horca y cuchillo, dueño de vidas y bienes de reos y de la penitenciaría.

SUELDOS

El primer director fue el licenciado Miguel S. Macedo, a quien se le asignó el sueldo de 244 pesos con 58 centavos al mes, mientras que un celador de segunda categoría ganaba 41 pesos con 40 centavos.

En el mes de febrero de 1901, los salarios del director, el jefe de celadores, 23 vigilantes, ocho de primera y 15 de segunda, administrador, tenedor de libros (contador), médico, tres practicantes, un profesor, cocinero, galopines y demás empleados, cuyo número total era de 64, sumaban en total, 2 mil 283 pesos y 77 centavos.

LOS TRES PRIMEROS REOS

Tras la ceremonia de inauguración, al siguiente día comenzó el traslado de presos de la cárcel de Belén a la flamante y reluciente Penitenciaría de la Ciudad de México y fueron 137 reos los que integraron la primera remesa que llegó al penal, entonces ejemplo de modernidad.

Los primeros tres reos en trasponer lo que más tarde se convertiría en la “mansión del delito”, fueron: Manuel Zúñiga, acusado de abigeato; Antonio Andino, salteador de caminos y Cenobio Godoy, señalado como violador.

RECIBIMIENTO

Al ingresar el reo a prisión se le recogían las ropas que vestía, se le rapaba, se le bañaba con agua fría a manguerazos y se le rociaba con insecticida, “sólo así se les podía asear correctamente y se les podían matar todos los bichos que pudiera llevar”, decían las autoridades carcelarias.

Sus pertenencias también se les recogían con la promesa de regresárselas cuando recobraran su libertad, sin embargo, eso nunca ocurría pues cuando alguien lograba salir con vida de ese infierno, lo único que quería era alejarse rápidamente sin reclamar nada.

Al formar parte de la población penal, se le dotaba de dos juegos de camisa y pantalón de manta a rayas. A las mujeres camisa y en aguas blancas, cofia y zapatos, así como dos camisas de lana para el invierno.

“La dulzura de nuestro clima y las ocupaciones prescritas para los reos, no hacen necesarias otras prendas para abrigarse”, rezaba uno de los artículos del reglamento interno, que fue derogado a los dos años de haberse implantado.

El nuevo reglamento que se impuso y que estuvo en vigor hasta el 26 de agosto de 1976, fecha del cierre definitivo de la prisión, también adolecía de lapsus e incongruencias, entre los que figuraban artículos contradictorios y hasta chuscos.

Artículo 23.- A cada reo se le entregará un vaso de metal, una cuchara de madera, una escoba para asear su celda, así como una gorra de género con el número y color que le corresponda.

Artículo 26.- Los reos podrán usar en su cama (loseta de cemento), colchón, almohadas, sábanas y cobertores, proveyéndose de dichas prendas a su costa. A los que no tuvieran colchón, se les proveerá, por cuenta de la Penitenciaría, de un petate que se renovará cuando sea necesario, pero nunca de cuatro meses.

Artículo 32.- El desaseo en su celda, así como el deterioro de esta, serán considerados como faltas a la disciplina y obliga al reo, bajo su costa, a reparar el daño.

Artículo 34.- Todos los reos serán alimentados por cuenta de la Penitenciaría, administrándoles diariamente: primer alimento, atole y pan; segundo alimento, arroz, carne, frijoles o alguna otra semilla y tercero, frijoles y pan.

La ración alimenticia será fijada por la misma Dirección y en el segundo periodo, ésta determinará que sea más abundante, lo mismo que en el tercero y en el cuarto.

Artículo 54.- “Se prohíbe toda violencia física para hacer trabajar a los reos renuentes”.

EL TEMIBLE APANDO

Desde los inicios del Palacio Negro de Lecumberri, se instauraron celdas de castigo, verdaderas mazmorras llenas de suciedad, bichos y alimañas; estos calabozos serían conocidos al paso del tiempo como el temible “Apando”.

A dicho sitio eran llevados, supuestamente, sólo los reos incorregibles, los rebeldes, aunque en realidad era punto de castigo para “recomendados”, o morosos para pagar “protección” a las autoridades carcelarias precisamente para no ir a parar al terrible “Apando”.

El famoso escritor y activista José Maximiliano Revueltas Sánchez, que permaneció dos años recluido en dicho penal, sufrió en carne propia los rigores de esa celda y describió fielmente los horrores, vejaciones y torturas comunes en su libro “El Apando”, que sería llevado a la pantalla grande años más tarde.

El término de “Mayor”, era el nombre dado a los sujetos que coludidos con las autoridades del penal mandaban y disponían en las crujías, cometiendo toda clase de vejaciones, incluidos los asesinatos y el nombre se remonta a los tiempos de la Revolución.

Según algunos de los presos con más años, en el Palacio Negro hubo un militar de apellidos Encinas Crespo que se decía mayor del Ejército y que había sido confinado por homicidio.

Este sujeto, corpulento y de aspecto fiero, imponía por la fuerza su voluntad y llegaba hasta el crimen contra los que se atrevían a oponérsele. Implantaba la ley del más fuerte, de ahí que a los reos más crueles y temibles que se apoderaban del mando en la crujía. Se les empezó a conocer como “mayores” y a sus segundos, que debían ser iguales o más sanguinarios que su jefe, como “comandos”.

Esta práctica de extorsión, como muchas otras más, sería heredada a las posteriores prisiones, ahora reclusorios, solo qué con cambio de nombre, ya no sería “mayor”, sino “padrino” o “la mamá”, pero con los mismos vicios.

MADERO Y PINO SUÁREZ SACRIFICADOS

La Penitenciaría de Lecumberri, modelo de prisiones en el mundo, según el régimen de la época porfiriana sirvió también como escenario de dos arteros crímenes políticos, en contra de los ilustres personajes revolucionarios Francisco Ignacio Madero González y José María Pino Suárez, cuya ejecución, ordenada por el usurpador José Victoriano Huerta Márquez se llevó a cabo en al campo deportivo del Palacio Negro de Lecumberri.

Con esos hechos, curiosamente no registrados en los anales de la historia oficial de la Penitenciaría de Lecumberri, el pueblo supo de firme que el nuevo penal no solo serviría para castigar a los malhechores, sino también para eliminar enemigos políticos, postura que se reconfirmaría 55 años después con el encarcelamiento o aniquilación de líderes del movimiento de 1968.

LA LEY FUGA

La pena de muerte fue implantada en nuestro país en 1913, lo que originó una notoria disminución de hechos delictivos, aunque en realidad el número oficial de ejecutados fue mínimo.

Fue otra pena de muerte no especificada en el Código Penal, la famosa “Ley Fuga”, la que cobró gran número de víctimas a manos de celadores y vigilantes, quienes tras darle confianza al reo lo convencían de que huyera y que le ayudarían en su escapatoria, aunque finalmente terminaba por ser cazado, ya que le disparaban cuando este estaba a punto de lograr su cometido.

El argumento para justificar los balazos por la espalda era que había sido descubierto cuando escapaba y a pesar de que le habían marcado el alto no obedeció y por lo mismo tuvieron que abrir fuego.

Esa modalidad de aplicar la pena de muerte provocó que constantemente se repitieran hechos similares, qué en 1933, el entonces presidente Emilio Portes Gil dispuso la derogación de la pena máxima, ordenamiento que concluyó el posterior mandatario de la Nación, Pascual Ortiz Rubio.

La última ejecución por fusilamiento fue la de José León Toral, en 1928, quien asesinara a Álvaro Obregón Salido, “El Manco de Celaya”, a su vez vencedor de José Doroteo Arango Arámbula, mejor conocido como Francisco Villa, “El Centauro del Norte”.

La sentencia fue cumplida en la muralla norte del Palacio Negro. Al caer abatido León Toral por la descarga de los fusiles el capitán Juan Arévalo al frente del pelotón, al tiempo que reía de manera siniestra, se encaminó hacia el caído y le dio el tiro de gracia.

DISTRIBUCIÓN DE PRESOS

La crujía de turno era la “H”, donde permanecían los inculpados por espacio de 72 horas, al término de las cuales bien los liberaban por falta de pruebas, cosa que casi nunca ocurría, o se les dictaba el auto de formal prisión y se le destinaba a la crujía que les correspondía, de acuerdo con el delito cometido.

Sin embargo, no todos los presuntos responsables a los que se les había dictado la formal prisión llegaban “hasta abajo”, como decían los reos más viejos, sino que muchos alcanzaban a salir con fianza o bajo caución y así se libraban de trasponer las “puertas del infierno”, como calificaban los presos al enorme zaguán metálico de la penitenciaría.

Pero para los que se quedaban, la distribución era la siguiente: Si se trataba de un ladrón común y corriente, le correspondía la crujía “E”; pero si era un hecho de sangre lo mandaban a la crujía “D”.

En el caso de tráfico de drogas, en cualquiera de sus modalidades, si se trataba solamente de un “pez chico” le tocaba la “F”, pero sí en cambio el sujeto en cuestión era considerado como alguien poderoso y con recursos, se le destinaba la “I”, donde también eran confinados prominentes banqueros, acaudalados comerciantes y empresarios y hasta políticos.

Los grandes delincuentes, entre defraudadores, estafadores, evasores o narcotraficantes de primer nivel eran recluidos en la crujía “L”, de la que se fugó el cubano Alberto Sicilia Falcón, a quien se le relacionó con la artista chiapaneca Irma Consuelo Cielo Serrano Castro, mejor conocida como “La Tigresa” Irma Serrano, cuya historia merece un capítulo aparte del que nos ocuparemos más tarde.

Las crujías “B” y “G” albergaban a los que cometían delitos de índole sexual y, paradójicamente, la “J” era habitada por homosexuales llamados en aquel tiempo por la población penal como “Jotos”.

Poco después de la década de los setenta, las crujías “M” y “O” fueron destinadas para los reos incorregibles o los presos políticos.

Ya para entonces El Palacio Negro de Lecumberri era toda una industria sin chimeneas y eran los “mayores” y “comandos” los que se encargaban desde el principio, de “autorizar” y distribuir drogas en todo el penal y de toda clase de abusos, vejaciones y demás para vender “protección” y obtener grandes sumas de dinero del grueso de la población carcelaria.

Disponían de los bienes materiales y de la vida de los reos sin que nadie lo impidiera y ellos mismos otorgaban canonjías a quienes podían cubrir las millonarias extorsiones y se ensañaban con los más miserables, precisamente para demostrar a los demás qué les podía pasar si no pagaban.

Nunca se imaginó el gobernador Rafael Rebollar, vestido elegantemente de levita y sombrero de copa, que su discurso inaugural resultaría contradictorio y absurdo al paso del tiempo, pues ya en la década de los setenta se cotizaba una celda en la crujía “L”, en 100 mil pesos mensuales.

En ese lugar se podía disponer de cualquier lujo, equiparable solamente a los que se podían obtener en hoteles de cinco estrellas, además de toda clase de droga, desde mariguana hasta heroína y cocaína, aunque, desde luego, a precios muchísimo más elevados.

El reverso de la medalla eran los “erizos”, también llamados “hios de Francia”, es decir aquellos presos que no podían pagar ni siquiera tres mil pesos a la semana para poder compartir una celda de cinco por siete metros cuadrados en compañía solamente de media docena de compañeros de reclusión.

Entonces los enviaban a la crujía “E”, donde tenían que compartir el reducido sitio hasta con 30 reos. El hacinamiento era tal que ni siquiera podían dormir tirados en el suelo, sino amarrados a los barrotes de la celda para ocupar menos espacio. Esa situación se observa aún en la actualidad en los reclusorios capitalinos que siempre están sobre poblados y aunque no sea así, amontonan a todos los “erizos” para poder contar con espacios que vender a los reclusos pudientes.

MINIHUERTOS DE MARIGUANA EN CAMPOS DEPORTIVOS

Por otra parte, siempre se ha dicho que el deporte es lo mejor que puede haber para alejar a los jóvenes de la droga y muchos presos de los de aquel entonces así lo entendieron, pero un tanto cuanto tergiversado.

Se volvieron adictos a todo tipo de disciplinas deportivas, lo mismo fútbol soccer, que basquetbol, voleibol y fútbol americano y se encargaron de acondicionar los campos para las prácticas.

Y, efectivamente, los campos lucían arreglados, limpios, en excelentes condiciones y además adornados con sembradíos verdes en derredor de estos, lo que les daba un aspecto mucho más deportivo.

Pero, nunca falta él, pero, hubo unos celadores metiches que descubrieron que las matas alrededor de los campos eran de mariguana (por cierto, ahora permitida para uso “recreativo”) y acabaron con las inclinaciones de los improvisados agricultores que ya habían cultivado sus “aptitudes” en pequeñas macetas que llevaban a sus celdas.

Ello dio pie a repentinos y sorpresivos cateos donde lo mismo se requisaban macetas que “puntas”, charrascas y otras armas blancas improvisadas, así como botellas de licor y demás objetos prohibidos y no prohibidos, pues esos dispositivos lo aprovechaban los celadores para llevarse cuanto pudieran y después volverlos a venderlo al mejor postor.

Lo curioso de los decomisos era que los celadores arrasaban con todo lo que encontraban, legal o ilegal. La vigilancia se estrechaba por algunos días hasta que la situación se relajaba y entonces los mismos vigilantes revendían lo asegurado a los presos, solo que a un precio mucho más elevado.

PULQUE CASERO

Como el licor era demasiado caro en el presidio, pese a que se podía conseguir fácilmente con los mismos celadores por tan solo un 500 por ciento más del precio original, los reos, principalmente de las crujías “E” y “J”, de los “erizos” y homosexuales, respectivamente, elaboraban ellos mismos su vinillo generoso para hacer más llevadera su reclusión y al mismo tiempo, para hacer negocio.

El llamado “pulque casero”, era producido en garrafas de 18 litros las que llenaban a la mitad con alcohol del 96, agregándole una “pasta” a base de plátanos sin cáscara, papas crudas, azúcar y pasas, dejándolo “añejar” por unos 15 días.

El litro de dicha bebida “de moderación”, costaba solamente 20 pesillos en 1970.

Ahora bien, había del “blanco” y del “curado”, este último era aderezado con una mezcla especial de medio kilo de mariguana, molida, y mucho más alcohol. Esta auténtica bomba causaba verdaderos estragos entre los presos y hasta en los celadores que gustaban de departir con los reos. No había un solo presidiario ni vigilante que aguantara de pie un litro del poderoso brebaje.

Un nuevo preso dio mayor celebridad al ya de por sí temible Palacio Negro; se trató de José Doroteo Arango Arámbula, mejor conocido como el temido revolucionario “Pancho Villa”, quien por órdenes del dictador José Victoriano Huerta Márquez fue detenido y confinado por varias horas en la crujía “L”.

Antes de mediodía fue trasladado a la cárcel de Santiago Tlatelolco y todo apuntaba a qué, por órdenes del general Parque, se le formaría Consejo de Guerra y se le fusilaría.

Sin embargo, de nueva cuenta solo duró unas horas en dicha cárcel, pues se dice que ayudado por algunos de sus seguidores que también estaban en prisión, escapó sin que nadie supiera la manera como lo hizo.

Al respecto, nadie hizo escándalo por la fuga e incluso los detalles de dicha evasión son y tan vagos y que ni siquiera figura en la historia de Lecumberri ni de Tlatelolco.

CARGO HASTA CON EL PERICO

El adagio popular de “cargó hasta con el perico”, fue una deformación de hechos verídicos protagonizados por Luis Romero Carrasco, quien en venganza porque su tío Tito Basurto, dueño de la pulquería “Las Glorias de Gaona”, localizada en el barrio de La lagunilla, lo despidiera de su cargo de jicarero por borracho y abusivo, ya que en varias ocasiones se apropió del dinero de la cuenta.

Furioso, Luis Romero quien juró vengarse, abandonó el local y le advirtió a su tío que regresaría a matarlo, por la humillación que había sufrido frente a sus amigos.

Así de simple, había decidido matarlo y robarlo.

Durante varios días vigiló la casa, ubicada a espaldas del negocio y cuando creyó que su tío estaba solo se metió dispuesto a todo. Al señor Basurto lo sorprendió en su recámara y, prácticamente, lo coció a puñaladas, pero ante los gritos de auxilio corrieron presurosas dos de sus tías y dos sirvientas.

Pero su presencia solo sirvió para enfurecer aún más a Luis, quien arremetió a cuchilladas contra las mujeres y convirtió aquello en una carnicería.

Ya sin testigos, se tomó el tiempo necesario para buscar en toda la casa apoderándose de todo lo de valor, incluso de una caja fuerte que contenía millón y medio de pesos, una fortuna incalculable en aquellos tiempos.

Cuando salía con el botín, dejando atrás una estela de sangre y muerte, escuchó que lo llamaban por su nombre. Regresó para acabar con el intruso y fue cuando se dio cuenta de que se trataba del perico de su tío, aun así, ante el temor de que fuera descubierto por el parlanchín loro, también lo mató a cuchilladas.

Se hicieron las investigaciones y su captura resultó sencilla, toda vez que Luis se dedicó a derrochar el dinero a manos llenas, por lo que fue ubicado y detenido.

El terrible crimen se conoció públicamente y el pueblo, cada vez que alguien se excedía en sus crímenes o robos o cualquier delito, aplicaban al dicho de: “Cargó hasta con el perico”.

Luis fue llevado inicialmente a la Penitenciaría de Lecumberri y posteriormente trasladado a las Islas Marías, donde a los pocos días fue acribillado a tiros por los guardianes que lo descubrieron cuando pretendía darse a la fuga.

PROSTITUCIÓN A DOMICILIO

Por muchos años, el “Palacio Negro de Lecumberri” representó un filón para algunos empleados y funcionarios, así como para buen número de damas de la vida galante que los fines de semana vestían sus mejores galas y se esmeraban en su arreglo personal, pero no para trabajar en las zonas de tolerancia de aquellos tiempos, como Rayón, Callejón de los Pajaritos, Órgano, Peñón y otros puntos del Centro Histórico.

El punto de reunión de las mujeres era la penitenciaría, a la que llegaban puntualmente todos los sábados y domingos para, mediante una cuota de 50 pesos (estratosférica cantidad en 1950), ingresar a la prisión sin ninguna dificultad.

Así, las celdas se convertían en escenarios de verdaderas bacanales y orgías, lo mismo con reclusos que con celadores y hasta funcionarios de alto nivel que también exigían su “cuota” en especie para hacerse disimulados.

Las suripantas obtenían pingües ganancias y fácilmente reponían con creces lo invertido, ya que no solo vendían amor, sino también licor, drogas y hasta armas.

CHILES RELLENOS CON MARIGUANA

Referente a las drogas, el hampa siempre se ha caracterizado por emplear las más insólitas artimañas para meterlas a la cárcel, contando en una gran mayoría con la complicidad de los guardianes.

Los días de vista era común observar cómo llegaban los familiares de los reos con una extensa variedad de exquisitos platillos, para hacerlos olvidar el tradicional “rancho” del penal que tenían que comer los presos durante su reclusión.

De esa manera, figuraban deliciosos guisos, principalmente los chiles rellenos, huatzontles, peneques, albóndigas, pescados asados y otros suculentos platillos, pero siempre aderezados con algún relleno.

Y ahí era precisamente en los huecos, habilidosamente escondían la mariguana, droga de mayor consumo en aquel tiempo, o bien cocaína o heroína, estupefacientes solo para reos de elevado poder económico.

Los que se convertían en verdaderos gourmets (expertos catadores de platillos), era los celadores qué con el pretexto de revisar la comida, se daban opíparos banquetes, pues tenían que comprobar personalmente que los platillos no llevaran escondida ninguna droga.

HERMOSAS “BURRITAS”

En otras ocasiones, el sistema empleado para introducir era diferente, merced a la manera como se llevaban a cabo las revisiones en principio.

La inspección corporal la realizaba personal masculino, por lo que una mujer no podía ser revisada estrechamente, lo que era aprovechado por las visitantes que introducían la droga escondida en sus partes íntimas.

Como no daban con la solución para evitar el tráfico de drogas, los directivos del penal intensificaron la vigilancia, cambiaron de táctica y descubrieron la manera como era metida la droga a la cárcel.

Se formó un grupo especial de inspección y revisión, formado única y exclusivamente por mujeres celadoras a las que encargaron llevar a cabo las revisiones más a fondo.

De esa manera, detectaron decenas de casos en los que descubrieron que las visitantes llevaban escondida la droga en pequeños tubos metálicos que se metían en la vagina e incluso en el recto.

Aparentemente, se había dado con la clave para evitar ese tipo de tráfico, pero de todos modos siguió entrando gran cantidad de enervantes al penal, incluso al paso de los años cambió el nombre de “burras” o “mulas” por el de “camión de aguacates.

Los presos escuchaban que había llegado el “camión con los aguacates”, que no era más que el mismo sistema, a diferencia de que la droga era oculta en pequeños envoltorios, del tamaño de un aguacate, que también escondían en sus partes íntimas.

HUÉSPEDES DISTINGUIDOS

Entre los presos “célebres” estuvo el narcotraficante norteamericano John Grossman, apodado “El Mil Caras”, quien se hizo la cirugía plástica en más de 20 ocasiones para eludir a la justicia.

El truco si le funcionó en muchas ocasiones, pero siempre lo perdió su debilidad por los cabarés lujosos, el buen vino, la ropa fina y las mujeres bellas, ya que los agentes, sabedores de las aficiones del “Mil Caras”, enfocaban sus baterías a identificar a los clientes más distinguidos de los tugurios de moda y así, fácilmente terminaban por localizar a John y lo regresaban a chirona.

LEÓN TROTSKY

El 22 de agosto de 1940 fue asesinado con un piolet el organizador del Ejército Rojo, León Trotsky. ¿Su asesino? Un sujeto de origen moscovita, miembro de la KGV (Policía Secreta de la Unión de Repúblicas Socialistas -URSS-), quien aseguró ser de nacionalidad francesa.

Durante el juicio, el asesino dijo llamarse Jacques Monard, Frank Jackson y Ramón Mercader, como el crimen tuvo un cariz político, el autor fue confinado inicialmente en una celda especial de una cárcel en Coyoacán, jurisdicción donde se cometió el asesinato, ya que se temía que fuera víctima de un atentado si lo llevaban al Palacio Negro de Lecumberri.

No obstante, luego de varios meses fue transferido a la citada penitenciaría, donde permaneció recluido durante más de 20 años hasta que finalmente fue puesto en libertad luego de compurgar su pena.

Al quedar libre, emigró a Europa donde se le perdió la pista por varios años, para luego ubicarlo en España donde se hacía pasar como el empresario Jacques Monard. Posteriormente, se fue a Cuba, en dicho país murió en 1978, a la edad de 65 años.

DAVID ALFARO SIQUEIROS

Uno de los principales pintores muralistas de México, José de Jesús Alfaro Siqueiros, mejor conocido como David Alfaro Siqueiros, recalcitrante luchador socialista-comunista, se vio implicado con antelación al crimen cometido por Ramón Mercader, en dos atentados en contra del “León Rojo”, León Trotsky.

Por dichos sucesos fue encarcelado a principios de 1940, en el temible Palacio Negro, donde plasmó en increíbles murales tanto los ideales de su lucha política como los horrores y atrocidades que vivían los reos en dicha prisión.

En la actualidad esas obras, plasmadas en los muros del Palacio Negro de Lecumberri, son consideradas como verdaderos tesoros de lo que al paso de los años se convertiría en el Archivo General de la Nación.

PANCHO VALENTINO

El luchador técnico “limpio”, José Valentín Vázquez Manrique, alias “Pancho Valentino”, campeón mundial de peso completo de lucha libre fue aquel asesino que mató al padre Juan Holand Tavernier, en 1957, en la capilla de la Virgen de Fátima, en la colonia Roma, cuyo crimen le valió el mote de “El Matacuras”.

Fue detenido y encarcelado como responsable de la muerte del sacerdote católico, por estrangulamiento.

Previamente se puso de acuerdo con varios cómplices, entre ellos otro luchador de nombre Pedro Linares Hernández, “El Chundo”, para asaltar la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima, situada en el número 107 de la calle Chiapas, en la colonia Roma.

Cuando se daban al saqueo del templo religioso fueron descubiertos por el Padre Holand, quien trató de salir corriendo para pedir ayuda.

El luchador, de más de 120 kilos, simplemente se limitó a interceptarlo y a aplicarle un “candado”, solo que el cura era extremadamente delgado y no soportó la presión al cuello y murió estrangulado.

Al ser capturado meses después del asesinato, aceptó haberlo matado, pero argumentó que no quería que muriera, solamente había tratado de impedir que saliera del templo a pedir auxilio.

Fue enviado a la penitenciaría donde permaneció varios años, hasta que fue llevado también a las Islas Marías donde también intentó asesinar al padre Juan Manuel Martínez, conocido como “El Padre Trampitas”, un sacerdote que voluntariamente quiso vivir en las Islas Marías para predicar el Evangelio.

Era un sacerdote católico alegre, dicharachero, que decía oficiar misas entre rezos y mentadas de madre, dada la especial feligresía que conformaban su grey.

Uno de sus lemas preferidos, cuando se veía en peligro ante los mismos presidiarios, era: “Nada te turbe, nada te espante, miéntales la madre y sigue adelante”.

Pancho Valentino, quien quiso asesinar al Padre Trampitas, al tiempo que lo amagaba con una punta y le gritaba que él era el “Matacuras”, finalmente cayó de rodillas y terminó por pedir perdón.

Años después moriría apuñalado en la Isla María Cleofás, con lo que se confirmaría una vez más que el que a hierro mata, a hierro muere.

Hablar de la historia del Palacio Negro de Lecumberri, es hablar de la historia de México. El legendario edificio, hoy convertido en el Archivo General de la Nación, fue presidio de famosos criminales, pero también de personajes famosos de diversos estratos sociales y, sobre todo, de hombres honestos y notables.

Así, a través de más de siete décadas, personajes de diferentes estratos sociales formaron parte de la galería criminal, entre ellos Alberto Aguilera Valadez, conocido mejor por su nombre artístico, Juan Gabriel, recientemente fallecido, y otros que si bien no llegaron a una celda, sí tuvieron que comparecer ante los juzgados de la penitenciaría, como Manolo Muñoz (QEPD), Alberto Vázquez y muchos otros cuyos líos no fueron legales, sino conyugales, producto de relaciones amorosas malentendidas.

Otros, en cambio, fueron sanguinarios, asesinos, redomados ladrones, hábiles estafadores y falsificadores; luchadores sociales, revolucionarios, próceres, hubo de todo, hasta uno de sus directores que pasó de máxima autoridad de la prisión, a huésped “distinguido” de la temible cárcel, al que nos referiremos posteriormente.

“EL TIGRE DE SANTA JULIA”

Por ahora ocupémonos de todo un personaje del mundo de la delincuencia, pero con tintes de buen ladrón, a la manera de “Chucho” El Roto, se trata de José de Jesús Negrete Molina.

Su nombre tal vez carezca de importancia para nuestros lectores, pero si le añadimos el alias: “El Tigre de Santa Julia”, un tipo de 1.85 metros, de complexión atlética y sumamente violento ante lo que considerara una injusticia.

Don Jesús, como lo llamaban sus allegados y la gente del pueblo a los que beneficiaba, originario de Cuerámaro, Guanajuato, no sólo se hizo famoso por repartir el producto de sus robos entre los pobres, sino porque siempre enfilaba sus hurtos hacia gente adinerada, hacendados, terratenientes.

Con una percepción muy personal acerca de la justicia, armado con descomunal puñal, siempre dejaba claras huellas de su autoría, como si fuera su firma. Su peligrosidad era tal que a pesar de que muchas veces estuvieron a punto de atraparlo, casi siempre salió avante gracias a su enorme cuchillo y a su indiscutible bravura, además de que contaba con la ayuda de la gente que siempre le avisaba cuando la policía le pisaba los talones.

Pero no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, reza el refrán y así ocurrió con Jesús Negrete, quien fue atrapado en circunstancias por demás peculiares, lo que dio origen al otro dicho popular: “Te agarraron como al Tigre de Santa Julia”.

Autor de números crímenes y decenas de asaltos, Jesús vivía a salto de mata, sin confiar en nada ni en nadie, pero como todo ser humano, tenía necesidad de realizar sus necesidades fisiológicas y resulta que cuando tuvo que ir a una de sus apremiantes necesidades, para lo cual se adentró en uno de los llanos del barrio de Santa Julia fue sorprendido por sus perseguidores que no le dieron oportunidad de escapar.

La incómoda posición en que lo agarraron no le dio oportunidad de movimiento alguno y, pese a su peligrosidad, el temible matón, con sus más de 100 kilos fue llevado al Palacio de Lecumberri. En ese sitio, siguió siendo respetado por la población penitenciaria y en poco tiempo alcanzó el cargo de “mayor de crujía”.

Una anécdota cuenta que un anciano de nombre Raymundo, confinado en otra crujía, no tuvo para pagarle la “protección” al mayor de ese lugar por lo que fue víctima de tremenda golpiza a manos del comando y de celadores.

Don Jesús se enteró y puñal en mano fue a retar al mayor de la otra crujía, de apellido García, pero como éste estaba enterado de cómo se las gastaba “El Tigre” de plano no aceptó el duelo a cuchilladas y trató de esconderse en la misma celda, hasta donde llegó Negrete y les dio tal golpiza al mayor y al comando que tuvieron que ser hospitalizados.

Ello le valió aún más respeto por los demás presidiarios y por casi un año todo transcurrió con normalidad, hasta que la noche del 22 de diciembre de 1910, fue sorprendido en su celda por un reo llamado Jacinto, quien a traición lo apuñaló cuando dormía.

Sin embargo, su crimen lo pagaría casi enseguida, pues los demás presos al ver lo que había ocurrido, prácticamente lo cosieron a puñaladas y después siguieron con el mayor García, ya que se supo qué en venganza por haberlo golpeado, había ordenado a Jacinto que lo matara.

El famoso grabador, escritor y caricaturista José Guadalupe Posada lo inmortalizó en uno de sus grabados al que tituló: “El Sensacionalismo Jurado del Tigre de Santa Julia”.

EL HOMBRE DEL CORBATÓN

Otro famoso personaje cuyo nombre se pierde en la historia, es el de José Menéndez, prestigiado abogado mejor conocido por simpatizantes y detractores como “El Hombre del Corbatón”, por su peculiar manera de vestir.

Vestía pantalón de talle, pinzas y embudo, camisa blanca con encajes en los puños y en el pecho, zapatos de tacón cubano, sombrero calañés de ala ancha y su inseparable corbatón, todo de color negro.

Este experimentado abogado y destacado penalista, se convirtió durante muchos años en todo un dolor de cabeza para jueces y magistrados.

Originario de España, emigró a México a la edad de los 16 años.

En calidad de migrante y en tierra extraña, sin amigos, tuvo muchos problemas para procurarse lo necesario y subsistir, lo mismo que para continuar con sus estudios. Desde muy pequeño le había quedado claro que quería ser abogado y lo conseguiría.

Carencias, penurias y demás obstáculos no importaron para que José Menéndez lograra inscribirse en la Universidad Nacional Autónoma de México, en la Facultad de Derecho. Su tenacidad y dedicación dieron frutos, pues desde un inicio comenzó a ser uno de los primeros alumnos hasta que se graduó con mención honorífica como licenciado en Derecho.

En cuanto tuvo su título y su cédula profesional en las manos comenzó a ejercer su profesión de manera brillante; sin embargo, su actuación distaba mucho de sus demás colegas, pues mientras que la mayoría explotaba sus conocimientos y se enriquecía cobrando elevados honorarios, don José elegía los casos más difíciles, por lo que casi nunca cobraba; sus clientes resultaban pobres y víctimas de la injusticia.

En principio no era conocido e incluso su atuendo movía a la hilaridad del personal de juzgados, pero poco a poco sus conocimientos fueron imponiéndose y su figura se fue haciendo sumamente conocida en los tribunales.

Su característica principal era su acrisolada honradez, a toda prueba, no había nada ni nadie que pudiera influir en sus asuntos en los que casi siempre terminaba como vencedor.

Incontables presos obtuvieron su libertad gracias al “Hombre del Corbatón”, al samaritano de la abogacía, como también le llamaban, quien al paso del tiempo remataba su pintoresca manera de vestir con una luenga barba lo mismo que con enormes mostachos que se confundían con la larga piocha.

Muchas veces en lugar de cobrar sus honorarios, terminaba poniendo de su bolsillo y aunque sí cobraba por sus servicios, lo hacía de manera simbólica y una vez que reunía alguna cantidad de dinero se iba de visita a Lecumberri y lo repartía entre los reos más necesitados o bien entre los familiares de éstos.

Su presencia era temida por jueces pillos, empleados corruptos y litigantes voraces, pues una vez que él tomaba un caso en sus manos, era casi seguro que su defendido terminara en libertad sin que fuera “exprimido” por algún otro abogado.

Luego de muchos años de brindar ayuda a los presos humildes, a los más necesitados y de convertirse en un auténtico paladín de la justicia, de pronto desapareció, dejó de asistir a los juzgados y dejó muchos casos pendientes.

Fue hasta 1959, cuando se volvió a saber de él, pero ya había muerto.

Murió a la edad de los 83 años, en un cuartucho enclavado en el viejo barrio universitario, solo y en la pobreza.

LA BANDA DEL AUTOMÓVIL GRIS

A través de la época revolucionaria, El Palacio Negro de Lecumberri cobró mayor fama tras el encarcelamiento de los integrantes de la entonces famosa “Banda del Automóvil Gris”, formada por el español Higinio Granda, su paisano Rafael Mercadante y los mexicanos Bernardo Quintero, Luis Lara, Trinidad García, Francisco Cedillo y Juan Oviedo.

Todos ellos habían sido detenidos con anterioridad por diferentes delitos y purgaban sus respectivas condenas en la Cárcel de Belén, lo que ahora es la escuela primaria “Revolución”, enclavada en la esquina de Balderas e Izazaga, a un costado de la estación del Metro del mismo nombre.

Durante la Decena Trágica, uno de los cañonazos destruyó parte de uno de los muros de la citada cárcel y de esa manera lograron escapar medio centenar de reos, entre los que figuraron los que llegarían a formar la temible banda del “Automóvil Gris”.

Higinio y Rafael, que ya habían trabado amistad con los que serían sus cómplices, al escapar se toparon con un “piquete” de soldados que se acercaron para ver qué había ocurrido. Sin amilanarse los sujetos abatieron a “puntazos” (afiladas varillas) a los militares y de inmediato los despojaron de sus uniformes, armas y demás implementos que los hicieron ver como militares.

Granda, con un dinero obtenido durante uno de sus tantos asaltos se compró un auto de color gris y de esa manera, vestidos como militares, llevaban a cabo sus cateos particulares.

Siempre utilizaban el mismo truco para meterse a residencias donde se apoderaban de todo para “confiscarlo en nombre de la Revolución”, siempre con la promesa de devolverlo todo cuando los inculpados demostraran su inocencia.

Vestidos como soldados y con la violencia que los caracterizaba, nadie ponía en duda que se trataba de efectivos militares y de operaciones legales y de esa manera arrasaban con todo lo que encontraban a su paso lo mismo en domicilios particulares que en grandes comercios y empresas.

Otra de sus características, era la de qué si encontraban mujeres a su paso, éstas eran violadas con lujo de violencia y después asesinadas.

Su medio de transporte siempre fue el automóvil gris que los volvió inconfundibles, además de que utilizaban documentación falsa que los acreditaba como militares.

En más de una ocasión fueron interceptados por verdaderos militares o policías, pero siempre se les escurrían de entre las manos gracias a la documentación apócrifa elaborada por Luis Lara.

Cuando elegían la residencia o el lugar que sería asaltado, Luis Lara imprimía los documentos falsos en los que los moradores eran señalados como “posibles enemigos de la causa” y de esa manera no había casi nadie que pudiera escapar a sus fechorías.

Uno de sus más espectaculares golpes, que fue un abierto asalto, fue el robo a la Tesorería de la Federación de donde se llevaron más de 10 millones de pesos, de aquella época, y más de 50 kilos en alhajas, relojes, piedras preciosas y barras de oro y plata.

A la famosa banda, se le relacionó en muchas ocasiones con la cupletista María Conesa, la famosa “Gatita Blanca” y se dijo entonces que las costosas joyas que lucía era resultado de la relación que sostenía con el general Juan Mérigo, de quien se dijo que era uno de los altos militares que daba protección a la Banda.

Su captura fue paulatina; el primero en caer fue Higinio Granda, en las inmediaciones del cine Politeama, pero en menos de 72 horas logró escapar disfrazado de civil y se refugió en Almoloya de Juárez, Estado de México, hasta donde fue perseguido y finalmente recapturado.

Los demás miembros de la banda fueron detenidos gradualmente, en diferentes ocasiones y todos terminaron encarcelados en el Palacio Negro de Lecumberri de donde ya no salieron.

Mercadante murió envenenado, Oviedo asesinado a puñaladas, Quintero aparentemente se suicidó, Granda fue muerto durante un motín, Cedillo en una riña entre reos y a Luis Lara le aplicaron la “Ley Fuga”, de esa manera todos murieron dentro de la penitenciaría y fue el fin de la temible “Banda del Automóvil Gris”.

“EL PELÓN SOBERA DE LA FLOR”

Para continuar con la gayola criminal, proseguiremos con Higinio Sobera de la Flor, apodado “El Pelón Sobera”, un sujeto agresivo, violento, multimillonario, cuya esquizofrenia lo llevó a cometer varios crímenes sin razón ni motivo, solamente porque lo “hicieron enojar”; el artero asesinato de un militar por un incidente de tránsito, llevó a su captura en menos de 72 horas y ya estando tras las rejas, aceptó cínicamente y con lujo de detalles narró cómo había victimado cuando menos a otras cuatro personas en diferentes ocasiones.

De acuerdo con investigaciones del Servicio Secreto, considerado en la década de los años cincuenta, como una de las mejores policías del mundo, Higinio nació en la ciudad de México y su domicilio se ubicaba en la calle Mérida, número cuatro, colonia Roma.

Sin embargo, en los archivos de la entonces Dirección de Tránsito aparecía como originario de Tabasco, de 24 años, sobrino del ex gobernador de dicho estado, Noé de la Flor Casanova, que en esa época fungía ya como magistrado del Tribunal Superior de Justicia.

Era hijo del acaudalado comerciante español José Sobera, de quien se dice que heredó una millonaria fortuna, el padecimiento de la esquizofrenia y un voraz y desmedido apetito sexual que lo llevaba a ser asiduo cliente de cabarés y prostíbulos, uno de ellos era el famoso Waikiki, en Paseo de la Reforma, donde gastaba a manos llenas el dinero en alcohol, drogas y mujeres.

Millonario y excéntrico al fin, vivió siempre al filo de la violencia y de la muerte, en situaciones que él mismo propiciaba. Cuentan que en enero de 1950 raptó a una joven “porque le gustó” y por la fuerza la subió a su coche, un Mercury último modelo, donde a punta de pistola abusó de la dama y después la arrojó del auto en marcha.

Los escándalos y fechorías del “Pelón Sobera” eran sobradamente conocidos en lupanares de la Ciudad de México, de Tamaulipas, Veracruz y Tabasco, pero gracias a su dinero y a que sólo permanecía poco tiempo en el mismo lugar, por mucho tiempo burló a las autoridades.

En otra ocasión, tras salir de uno de tantos tugurios, acompañado de varios amigos, entre ellos un piloto aviador retirado, a bordo de una Buick se dirigieron a la ciudad de Toluca, en el Estado de México.

Todos ellos iban bebiendo y drogándose, mientras que el piloto decía que no había otra cosa mejor que volar.
Higinio que conducía a gran velocidad el vehículo convertible, aceleró
aún más y preguntó al piloto:

-¿No te da miedo volar?

-Al contrario, en el aire es donde me siento mejor, respondió su amigo y entonces “El Pelón Sobera”, al llegar a una pronunciada curva, enfiló el auto hacia el despeñadero al mismo tiempo que gritaba enloquecido: “¡Pues vámonos a volar todos!”.

Todos resultaron heridos, aunque Higinio en menor grado, pues de alguna manera él si se preparó para el momento de la volcadura, en tanto que a sus acompañantes los tomó desprevenidos el percance y si tuvieron que ser internados.

Higinio quedó detenido por unas horas, pero por unos cuantos pesos fue puesto en libertad.

Pero la negra historia de “El Pelón Sobera” se hizo conocida el domingo 11 de mayo de 1952, cuando por un incidente de tránsito en la misma colonia Roma, donde vivía, mató a balazos a un militar.

El percance tuvo lugar en la esquina de Insurgentes y Yucatán, donde el capitán del Ejército, Armando Lepe Ruiz, tío de la bella actriz Ana Bertha Lepe, chocó levemente su vehículo contra el Buick que conducía Higinio Sobera. El daño no fue mayor, sin embargo “El Pelón” reclamó airadamente al militar y éste optó por ignorarlo y tratar de retirarse por lo que volvió a subir a su auto.

Sin decir nada, Higinio se dirigió al volante y le descargó la carga de su pistola al Capitán, ante la presencia de María Guadalupe Manzano, quien vio aterrada como era acribillado su novio. El cadáver quedó al volante, con siete impactos de bala en diferentes partes del cuerpo, mientras Higinio se daba a la fuga.

Correspondió al entonces agente 193 del Servicio Secreto, Jorge Udave González, hacerse cargo de las investigaciones y luego de las pesquisas correspondientes, estableció que se trataba de Sobera de la Flor, quien en ese tiempo se alojaba en el Hotel Montejo, en Florencia y Reforma.

Udave González, junto con otros agentes montaron guardia permanente en el referido hotel, donde permanecieron toda la noche del 12 de mayo. La orden era detener al asesino. Ya en la madrugada del día siguiente, llegó Higinio y pidió la llave de su habitación número 108. Lo dejaron que llegara hasta el cuarto, esperaron a que se confiara y se durmiera y después, sin disparar un solo tiro, lo detuvieron.

El entonces agente Udave, a la postre mayor y uno de los jefes del reconocido SS, se hizo pasar como mozo del hotel y se introdujo a la habitación con el pretexto de llevar toallas limpias.

Higinio estaba aún vestido y sobre el buró tenía su pistola 380 automática y una caja de cartuchos que no tuvo tiempo a usar.

Al momento de su detención, se le apreciaron manchas de sangre en la camisa, lo que llevó a los investigadores a interrogar al desequilibrado sujeto que terminó por confesar otro de sus crímenes.

Cínicamente, dijo que después de asesinar a Armando Lepe, dio muerte a la joven Hortensia López Gómez, en el interior de un auto de alquiler.

Al cuestionársele por qué la había matado, Higinio respondió:

-Eso fue por mera puntada que me alcancé.

Dijo que cuando vio a la joven le gustó mucho y no pensó en otra cosa que hacerla suya. La siguió y cuando se subía a un taxi, le abrió la portezuela y también se subió a la vez que, sin conocerla, le gritaba que no lo abandonara, como si mantuvieran alguna relación.

El chofer del taxi, Esteban Hernández, no acertaba qué hacer, mientras la joven era víctima de manoseos y jalones. Hubo un momento en que la joven le escupió la cara y entonces Higinio sacó su pistola y le disparó en varias ocasiones. Su muerte fue inmediata.

Después amenazó al chofer y lo obligó a continuar la marcha. En un sitio oscuro, a la altura del Bosque de Chapultepec, lo hizo que bajara y se puso al volante continuó su marcha hasta la posada Palo Alto, donde introdujo a la joven, ya muerta, a una de las habitaciones.

Al administrador le dijo que era su novia y se había puesto “borrachita”, después abusó sexualmente del cadáver (necrofilia) y durmió abrazando toda la noche. Al día siguiente condujo el taxi por el rumbo de Tacubaya y abandonó el cadáver frente al número 15 de la calle General León.

Después se conocería del macabro hallazgo del cuerpo de Hortensia, de 23 años, quien vivía en Parral 58, Colonia Chapultepec-Condesa y estaba próxima a contraer nupcias.

Al conocerse el perfil criminógeno de Sobera de la Flor, de acuerdo con el criterio del criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón y los peritos José Casado y Alfonso Millán, que dictaminaban una esquizofrenia aguda y saber de otros crímenes absurdos, sin razón ni causa justificada, se ahondaron las pesquisas y luego de profundos interrogatorios se conoció que Higinio había tenido responsabilidad en otros asesinatos con el mismo patrón.

Entre ellos se descubrieron los asesinatos del jovencito Pedro Arnoldo Galván Santoyo, de 17 años, en las calles de Madrid, en Coyoacán; el del estudiante Guillermo Solórzano, cuyo cadáver fue llevado por el mismo asesino a la Cruz Roja, de donde huyó sin que pudiera ser identificado.

La opinión pública se conmocionó y exigía que se reimplantara la pena de muerte para castigar al multi homicida o al menos se le enviara a las Islas Marías y se le condenara a cadena perpetua.

Sin embargo, nada de eso ocurrió. Fue consignado a un juzgado del Palacio Negro de Lecumberri y se la asignó una celda en la crujía “H”, donde permaneció varios años, lapso en el que productoras de películas y empresarios de teatro realizaron cortos y obras donde narraban los aberrantes e incomprensibles crímenes del “Pelón Sobera”.

Sus abogados consiguieron finalmente que se le declarara loco, pero no fue enviado al manicomio de La Castañeda, sino a su casa, en la colonia Roma, ya que los 15 años de reclusión habían causado estragos y de aquél energúmeno que mataba sólo por placer, sólo quedaba un inválido en silla de ruedas tras de permanecer inmóvil por algunos meses, en estado catatónico.

Sus últimos días los pasó en uno de los parques de la colonia Roma, a donde era llevado en una silla de ruedas, nadie imaginaba que aquel despojo humano era el despiadado “Pelón Sobera”, cuyos crímenes hicieron que por mucho tiempo ocupara las primeras planas de la nota roja.

LA MADRE CONCHITA TORAL Y EL PADRE PRO

Concepción Acevedo y de La Llata, miembro del convento de Las Madres Capuchinas Sacramentarias, conoció al padre Miguel Agustín Pro-Juárez, en 1927, época en que el conflicto entre la Iglesia y el Estado hundía en un baño de sangre al país y ensombrecía el panorama político.

Por las ideas activistas de la Madre Conchita, el convento fue clausurado y las autoridades le advirtieron que disolviera su agrupación, por lo que tuvo que refugiarse en una casona de las calles de Mesones, en pleno corazón de la Ciudad de México, donde conoció a otras personas con ideas afines a su activismo.

Fue el Padre Pro, quien le propone ofrecerse como “víctima a la justicia divina por la salvación de la fe en México” y junto con varios simpatizantes más planean el asesinato del general Álvaro Obregón Salido, para lo cual el 13 de noviembre de 1927 arrojan bombas con dinamita al vehículo donde viajaba el general.

El atentado de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa fracasa y como resultado caen preso los hermanos Miguel, Humberto y Roberto Pro y 10 días después, el 23 de noviembre, el general Roberto Cruz Díaz (“El Indio que mató al padre Pro”), en acatamiento a las órdenes del presidente Plutarco Elías Calles, fusiló al clérigo.

La Madre Conchita, en un acto de lealtad, acompañó el cuerpo del sacerdote católico hasta el Hospital Central Militar donde moja un pañuelo con la sangre del padre Pro y refrenda su compromiso de vengar su muerte.

A fines de 1928 se conocieron la Madre Conchita y José de León Toral, amigo de la infancia del padre Pro y juntos planearon de nueva cuenta el asesinato de Álvaro Obregón.

El martes 17 de julio de ese mismo año, Toral simuló ser un caricaturista y luego de hacer varios dibujos de los asistentes logró acercarse hasta el general, quien desayunaba con otros miembros de su gabinete en el lujoso restaurante “La Bombilla”.

El pretexto fue mostrarle la caricatura que le había hecho, sólo que al estar frente al llamado “Manco de Celaya”. Sacó su arma y le disparó en seis ocasiones. Su muerte fue instantánea.

Fue capturado y llevado a Lecumberri, donde siete meses después fue fusilado en la muralla norte de la prisión; el capitán Juan Arévalo fue quien le dio el tiro de gracia.

Mientras tanto, Concepción Acevedo de la Llata recorrió la cárcel de Belén, la de Mixcoac, la de San Ángel, el Palacio Negro de Lecumberri y las Islas Marías, condenada a 20 años de prisión.

Finalmente, dos días antes de que cumpliera 82 años y ya habiendo contraído nupcias, previo permiso de El Vaticano con Carlos Castro Balda, a quien conoció durante su estadía en las Islas Marías, falleció víctima de un paro cardíaco.

Su muerte ocurrió, irónicamente, en una vieja casona de la avenida Jalisco de la Ciudad de México, cuyo nombre ya había sido cambiado por el de ¡Álvaro Obregón!

El medio artístico también contribuyó con personajes que le dieron todavía más fama a la temible prisión, como fue el caso de José Lepe, padre de la que figurara como cuarto lugar en el concurso de belleza “Miss Universo”, en la década de los cincuenta: Ana Bertha Lepe Jiménez.

El progenitor de la ya entonces fulgurante estrella del espectáculo dio muerte a balazos a Agustín de Anda Serrano, hijo del también actor y productor Raúl de Anda, “El Charro Negro”.

La noche del 29 de mayo de 1960, Agustín de Anda llegó con su novia Ana Bertha Lepe al cabaré «La Fuente«, sito en Insurgentes Sur, donde la actriz presentaba su espectáculo.

La también bailarina se dirigió a su camerino y Agustín hacia una mesa en donde ya se hallaba Guillermo Lepe Ruiz, padre de Ana Bertha, tomaron unas copas y comenzaron a conversar, pero poco después se enfrascaron a gritos en una fuerte discusión.

Los ánimos subieron de tono y de pronto se salieron del cabaré y en las escaleras de la «La Fuente«, Lepe sacó una pistola y disparó contra Agustín, causándole una muerte instantánea.

El padre de la actriz fue detenido y fue confinado en la penitenciaría de Lecumberri. Tras el asesinato de Agustín, la carrera de Ana Bertha se vio severamente afectada, enfrentó un boicot encabezado por Raúl de Anda al que se unieron todos los productores cinematográficos y ya no se le volvió a dar trabajo.

PACO, “EL DINAMITERO”

El cantante de ópera, Francisco Sierra Cordero, conocido a la postre como Paco “El Dinamitero”, también formó parte de la famosa galería del Palacio Negro.

Su fama le fue creada por su esposa, la actriz María Esperanza Bonfil, cuyo nombre artístico era el de Esperanza Iris, la que le doblaba la edad, ya que el incipiente cantante de ópera tenía 20 años cuando contrajo nupcias con la también conocida como “La Reina de la Opereta”.

Tras el conveniente enlace, Paco se convirtió en tenor, elevó su nivel de vida y se le abrieron las puertas de los grandes escenarios a nivel nacional e internacional, como la Scala de Milán, Bellas Artes, el Metropolitan Opera House de Nueva York y el Teatro Municipal de Río de Janeiro.

Pero su desmedida ambición y el querer liberarse del matriarcado matrimonial, lo llevarían más lejos para lo que se asoció con Emilio Arellano en proyectos que nunca fructificaron y que lo llevaría hasta la cárcel.

En 1949, Emilio con conocimientos de química y experto en explosivos, le propuso un plan llamado “Post Mortem”, consistente en contratar gente para trabajar en Oaxaca, asegurarlos por elevadas cantidades de dinero, poner una bomba en el avión hacerla explotar y después cobrar los seguros de vida.

Mediante anuncios en los diarios, ofreció el trabajo y cuando reunió a cinco prospectos, Emilio incluyó a su tío Ramón Martínez Arellano, al que hizo venir de la ciudad de Chicago para que fuera la pieza clave en el plan ya que él llevaría la bomba, sin saberlo.

Paco puso el dinero y Emilio llevó a los escogidos a las compañías para asegurarlos por 200 mil y 300 mil pesos, un total de casi dos millones de pesos, cifra estratosférica en la década de los años cincuenta.

El viaje se planeó para el 22 de septiembre de 1952, pero como el tiempo era mala, se pospuso para el 24 de septiembre. La idea era que la bomba estallara en pleno vuelo, pero que se supusiera que el accidente había sido provocado por el mal tiempo.

El avión DC-3 de la CMA saldría a las 7 de la mañana del miércoles 24. Emilio aprovechó la confianza de su pariente para cambiarle las maletas.

El artefacto estaba programado para que estallara una hora después del vuelo, a la mitad del camino, pero con lo que no contaron los dinamiteros fue que la nave salió con 45 minutos de retraso y cuando apenas llevaba 15 minutos de vuelo, se produjo el estallido.

Los daños no fueron los calculados por Paco y Emilio y tras de maniobrar exitosamente el piloto, logró aterrizar con ciertas dificultades en la base aérea de Santa Lucía, en el Estado de México.

Se iniciaron las investigaciones y finalmente se comprobó la autoría intelectual y material de Francisco Sierra y Emilio Arellano, quienes fueron confinados en el Palacio Negro de Lecumberri.

Emilio fue condenado a 30 años y Paco, gracias a las influencias de Esperanza Iris, solamente a nueve, pero aun así interpuso el recurso de apelación, con lo que se temía que en saliera pronto de prisión, pero contrario a lo esperado le fue aumentada su pena a 29 años.

Emilio murió en prisión, mientras que Paco fue trasladado el 11 de noviembre de 1965 a la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla, de donde saldría en libertad el uno de junio de 1971, merced a las reformas legales durante el gobierno de Luis Echeverría, que contemplaban el trabajo en prisión, la buena conducta y labores en beneficio de la comunidad.

JOSÉ LUIS PAGANONI, VERDUGO DEL ACTOR RAMÓN GAY

Tras varios problemas conyugales con su esposo, el ingeniero José Luis Paganoni, la artista Evangelina Elizondo López, decidió separarse de él a principios de 1960.

Por varios meses la buscó para intentar que reanudaran sus relaciones, pero la famosa actriz y cantante no quiso por lo que terminó divorciándose.

La noche del 28 de mayo, el ingeniero Paganoni fue al cabaré Terraza Casino, donde estuvo ingiriendo licor por varias horas y después se dirigió a la casa de su exesposa, Evangelina, en las calles de Río Rhin, en el número 59, de la colonia Cuauhtémoc.

Horas antes, Evangelina había aceptado la invitación a cenar del actor Ramón Gay, al restaurante Paseo. Ramón fue a la casa de Evangelina y la llevó al restaurante, Horas después regresarían a la casa de la actriz.

La también cantante, declararía que cuando regresaron a su casa y aun estando a bordo del automóvil, vio como una sombra y después golpearon fuertemente el parabrisas. Cuando Ramón abrió la portezuela para descender y averiguar qué ocurría, una mano sujetó por los cabellos a Evangelina y a rastras la sacó del vehículo, a la vez que le propinaba una tremenda bofetada.

Ramón Gay intervino en defensa de la mujer y se trenzó a golpes con el individuo, que saca un arma y le disparó a quemarropa. El primero balazo rebotó en la banqueta, el segundo lo hirió en la muñeca y le atravesó el reloj, dos más se incrustaron en el muro del edificio y el último le atravesó el pecho.

El ingeniero Paganoni huyó durante un mes hasta que finalmente se presentó de manera voluntaria ante las autoridades y admitió su crimen, argumentando que sorprendió a su esposa en “actos inmorales” con el actor en el interior del automóvil.

Que como aún amaba a la que fuera su mujer, se ofuscó y le reclamó al actor y cuando éste lo agredió le disparó. Fue enviado a Lecumberri y condenado a 10 años de prisión, que compurgó completos hasta que en 1970 abandonó el penal y no se volvió a saber nada más de él.

EXPLOTACIÓN LABORAL DE REOS

Los sueldos de los reos que desempeñaban algún oficio en los talleres de la prisión, instalados en su totalidad hasta después de 50 años de haber sido inaugurado el Palacio Negro de Lecumberri, era de dos pesos diarios por jornadas de 12 horas de trabajo.

En la década de los setenta lo aumentaron a ocho pesos y ya en los ochenta. llegaría hasta los 40 pesos al día por el turno de 12 horas laborales.

Infinidad de artículos y diversos objetos eran producidos dentro de los talleres del penal, entre salas recámaras, escobas, uniformes, zapatos, bancas, prendas de vestir, joyería, bisutería, artesanías de distintos materiales, cobijas, juguetes de madera, llaveros, etcétera.

Todos los artículos que ahí se fabricaban, eran comercializados de manera monopólica por la empresa PRODINSA.

Ese organismo, dependiente en ese entonces de la Secretaría de Gobernación, era el que comercializaba y administraba la producción de los presos, con el fin, supuestamente de que fueran los mismos reos los que costearan su estadía en prisión, dejaran de ser una carga para el Estado e incluso hasta para resarcir el daño a la parte ofendida.

La intención era buena, pero desafortunadamente sólo sirvió para que funcionarios sin escrúpulos se volvieran millonarios de la noche a la mañana, ya que a los presos se les daba una miseria por su trabajo y ellos se quedaban con el 90 por ciento de las ganancias, por lo que tuvo que ser suprimida la concesión y el Estado volvió a cargar, como hasta la fecha, con la manutención de los reclusos.

Otra acción que iba en perjuicio de los reos era el escandaloso tráfico de víveres destinados para la elaboración del “rancho” (comida para los reos), que iban a parar a bodegas de cadenas comerciales o en lujosas cocinas de las mansiones de altos funcionarios gubernamentales.

Esa deleznable práctica, como muchas otras más, siguen imperando en las prisiones, sólo qué con cambio de nombre, por ejemplo, ahora se le llama “Barco”.

Es común que cuando llega la carga de provisiones a las cárceles, llamadas ahora rimbombantes “Centros de Prevención y Readaptación Social”, tanto los altos directivos como los celadores, ahora llamados custodios o técnicos penitenciarios, corran la voz de que “ya llegó el barco”.

Los altos funcionarios carceleros utilizarán sus autos o vehículos de la misma Subsecretaría del Sistema Penitenciario para sacar de la prisión lo mejor de los víveres y llevárselos a sus casas o bien para venderlos a algún comercio con el que previamente establecieron tratos.

Por su parte, los jefes de vigilancia también usarán vehículos para saquear las bodegas del reclusorio y hasta los más modestos custodios, saldrán con su mochila con “el barco” a cuestas, es decir, con carne, embutidos, queso, chorizo, frutas y todo lo que puedan llevarse hasta dejar vacía la alacena de los reos.

TAMBIÉN FUE CÁRCEL DE MUJERES

Fue cuando nacieron los famosos “Robachicos”. Antes de que se construyera la Cárcel de Mujeres en la carretera México-Toluca y el Tribunal para Menores en la colonia Narvarte, en la Ciudad de México, el Palacio Negro de Lecumberri también sirvió para albergar a mujeres y menores de edad, responsables de hechos delictivos.

En el rubro femenino, cabe destacar que el 95 por ciento de las encarceladas fue por delitos menores, solamente unas cuantas, por la trascendencia de su ilícito o por la manera de cometerlo recibieron condenas largas y sus casos fueron conocidos por la opinión pública.

A principios de la década de los años cincuenta, dos mujeres, Adela Lara y María Luisa Vázquez de Real se convirtieron en terribles secuestradoras de niños entre los cuatro y nueve años.

Nacía la banda de los “robachicos” que tanto temor causó entre los padres que utilizaban ese término para asustar a sus pequeños y que éstos obedecieran, “hay viene el robachicos y te va a llevar”.

Los niños eran vendidos en 10 pesos a una despiadada banda de maleantes sin entrañas que los mutilaban, les cortaban algún miembro o hasta le sacaban un ojo, les cercenaban la lengua o los dejaban inválidos a golpes para ponerlos a pedir limosna en sitios públicos, sobre todo a las afueras de las iglesias.

La ola de secuestros de menores se extendió a lo largo y ancho de la Ciudad de México, el escándalo creció paulatinamente hasta volverse un clamor y una exigencia de angustiados padres de familia que exigían fuera detenido el robo de infantes.

La captura de las mujeres no fue resultado de una ardua investigación, sino gracias a la escapatoria de un pequeño de siete años, llamado Ernesto, que había sido secuestrado un año antes y a quien le habían roto un brazo para dejarlo inválido y convertirlo en limosnero.

El niño logró evadirse de un cuartucho localizado en la zona de Nonoalco y por varias horas vagó por las calles, sin saber a dónde ni con quién acudir hasta que lo encontraron unos gendarmes quienes al verlo tan angustiado lo auxiliaron y el menor les contó su odisea.

Los policías dieron cuenta a sus superiores y de inmediato se montó un operativo y en cuestión de horas se logró detener a María Luisa y a Adela, quienes terminaron por confesar sus culpas y proporcionaron los datos necesarios para capturar a los sujetos que compraban a los menores para mutilarlos.

Las mujeres fueron ingresadas al Palacio Negro de Lecumberri, donde al enterarse el resto de la población del por qué habían sido encarceladas, trataron de lincharlas, por lo que fue necesario que las confinaran en celdas separadas y con vigilancia extrema.

Aun así, Adela fue muerta a golpes y a “puntazos” (puñaladas con varillas afiladas) dentro de la crujía, mientras que María Luisa sí logró sobrevivir dos años más hasta que murió en la misma prisión, víctima de tifoidea.

DE DIRECTOR GENERAL A “HUÉSPED DISTINGUIDO”

Entre las “celebridades” que estuvieron presos en el Palacio Negro de Lecumberri, como señalamos al principio, también figuró un directivo de la misma penitenciaría: El coronel Pedro Bonilla Vázquez, a quien se le comprobó haber recibido fuertes cantidades de dinero por permitir la fuga del traficante de drogas y defraudador, el uruguayo-argentino Alejandro Lezoni D’almagro.

Para presos, policías, jueces y litigantes fue todo un espectáculo, aunque deprimente, ver a todo un director del terrible Palacio Negro de Lecumberri con su traje a rayas y tras las rejas.

Más vergonzante aún, por tratarse de un militar que en los momentos de su captura gestionaba su ascenso para general de Brigada.

Otra personalidad que formó parte de la galería de presos famosos fue Juan Nepomuceno Izquierdo, quien fungía como titular del Juzgado Séptimo Penal.

Abrumado por las deudas y sin encontrar mejor solución a la mano, de la noche a la mañana desapareció del recinto judicial y como pasaron varias semanas sin que se supiera de él, el Tribunal Superior de Justicia ordenó al secretario de acuerdos asumiera el cargo, ante la ausencia del titular.

Uno de los casos que le tocó conocer el nuevo juzgador, originó que fuera abierta la caja fuerte y fue entonces cuando se notaron que había un faltante de 150 mil pesos del dinero de las fianzas y cauciones de los procesados.

El mismo tribunal solicitó a la Procuraduría de Justicia del Distrito y Territorios Federales se hicieran las investigaciones y días después el juez fue ubicado y detenido en Huatulco por agentes de la Policía Judicial Federal y llevado a la misma cárcel donde fungiera como máxima autoridad.

Cuando llevaba varios meses tras las rejas, a través de sus abogados devolvió el dinero, pero de todas maneras fue sentenciado a cinco años de prisión, de los cuales permaneció en prisión sólo tres, “por buena conducta”.

“LOLA LA CHATA”

Por no sólo criminales famosos traspusieron las puertas del infierno, como le llamaban a los portones metálicos, pintados de un verde olivo, colocados a la entrada de la siniestra prisión, sino también mujeres, aunque de reprobable notoriedad como fue el caso de Dolores Estévez Zuleta, mejor conocida como “Lola La Chata”, “La Emperatriz de las Drogas” o “La Abeja Reina”, por estar rodeada de zánganos que la exprimían con su dinero o con la misma droga que vendía.

Poco o nada agraciada por la naturaleza, de menos de metro y medio de estatura, morena, regordeta, de facciones toscas, desde antes de los 18 años se dedicó a la prostitución y a la venta de marihuana, que disfrazaba con un puesto donde vendía “pancita” en el callejón de Roldán, en La Merced.

Sin embargo, no dejaba de ser sólo una de tantas traficantes de poca monta, sin importancia y tal vez hubiera seguido así, de no atravesarse en su camino otra mujer de antecedentes criminales más negros: Petra Flores, “La Zacatera”; madre de Lázaro Mejía Flores, “El Barril Chico”, uno de los más importantes lenones y narcotraficantes de aquella época, quien la tomó como su discípula.

Pero la alumna superó a la maestra y en poco tiempo “Lola La Chata” ya había fundado todo un imperio de drogas y prostitución, teniendo bajo su mando a decenas de padrotes y prostitutas que le reportaban fuertes ganancias no sólo por el comercio carnal, sino por la venta de droga.

Para ello ya había tejido toda una red de protección de autoridades corruptas que la dejaban “trabajar” sin molestarla.

La misma historia de siempre, cuando se iba a realizar un movimiento en su contra, era avisada con anticipación, de tal manera que, al llevarse a cabo el operativo, “Lola La Chata” ya estaba a salvo y por lo mismo evadía una y otra vez a la justicia.

Así, de la noche a la mañana, Dolores Estévez desplazó a “La Zacatera” y se convirtió en la “Reina de la Droga” y, según se dice, en las décadas de los cincuenta llegó a amasar una fortuna de más de 50 millones de pesos.

Uno de sus puntos débiles era su afición por los hombres jóvenes, bien parecidos, era común verla en compañía de tal o cual cinturita que le cobraba los favores sexuales lo mismo en dinero que en droga, de ahí el mote de “La Abeja Reina” por estar rodeada de zánganos a los que mandaba eliminar cuando los sorprendía con otra mujer, situación que se repetía frecuentemente.

Sin embargo, no todas las autoridades estaban compradas por Dolores, entre ellos el comandante de la Policía Judicial Federal, Armando Valderrain Aldama, quien terminó por aprehenderla.

Al verse perdida, delató a sus cómplices, uno de ellos era el jefe de narcóticos de la citada Judicial Federal, Humberto Mariel Lazo, al que daba una cuota semanal de 50 mil pesos por “protección”, una verdadera fortuna en aquella época.

Fue enviada a Lecumberri y sentenciada a 15 años de prisión, condena que no cumplió pues a los pocos meses se le trasladó del Palacio Negro a las Islas Marías, donde murió víctima de una severa infección renal provocada por el exceso de consumo de droga.

“¡AY…! MIS HIJOS”

La reencarnación del personaje de leyenda de la época colonial, “La Llorona”, fue protagonizado por una mujer de nombre María de la Luz Martínez Sánchez, quien estranguló a sus tres hijos no sin antes torturarlos con quemaduras de cigarros y con la plancha caliente, para finalmente arrojar los cuerpos al Gran Canal.

Sin embargo, fue descubierta por uno de sus vecinos de la colonia Juan González Romero o la colonia de “El Sapo”, quien avisó a la policía y horas después la capturaron.

En sus declaraciones ante el juez que le instruyó la causa penal, la mujer dijo que había matado a sus hijos “para que no sufrieran”, ya que estaba tan pobre que no tenía siquiera para darle de comer, aunque jamás explicó porque los cuerpos presentaban huellas de tortura.

Fue encarcelada y según testimonio de compañeras de reclusión se la oía gritar y llorar por las noches, llamando a sus hijos para que la perdonaran.

A sólo dos semanas de estar en prisión, la descubrieron colgada de los barrotes de su celda. La explicación que dieron las autoridades fue que no había soportado los remordimientos y terminó por suicidarse; sin embargo, se rumoraba que las mismas reclusas habían dado muerte a la mujer al saber el motivo por el que la habían encarcelado.

“LOS MATA-MUERTOS”

Dentro de presidio, nació una singular banda de delincuentes llamada “Los Mata-muertos”. Su sistema de operar era echarse la culpa por algún crimen o bien matar a tal o cual presidiario por encargo a cambio de dinero.

Los que conformaron esa gavilla de asesinos llegaron a formar un verdadero sindicato del crimen. Eran reos que acumulaban condenas no menores a los 100 años por diversos delitos, es decir que estaban ciertos que no saldrían con vida de prisión, así que les daba lo mismo estar sentenciados a 100 que a 500 años.

Por lo mismo, no les importaba sumar otra condena a su historial, de tal manera que siempre estaban alertas del grito, “quiero un mata-muertos”, proferido por algún reo que quería asesinar alguien o bien acaba de matar a otro recluso.

En el primero de los casos, se organizaba toda una cacería para dar muerte al señalado, mientras que en el segundo la acción se limitaba solamente a tomar el arma homicida, bien el puñal, la punta (un pedazo de varilla afilado), mancharse de sangre y echarse la culpa del asesinato.

Lógicamente, se les iniciaba otro proceso y seguramente les condenarían a otros 20 años de prisión, pero si ya estaban muertos en vida, conscientes de que jamás saldrían vivos de la cárcel qué podría importarles otra sentencia más.

Esa práctica sigue dándose en los reclusorios actuales, pero ya no se les llama “Mata-muertos”, sino ahora “Pagadores”, en referencia a que van a pagar las culpas de otro.

Desde la creación de las prisiones se han puesto precio a la vida de los reos, de acuerdo con su importancia, bien por su poderío físico, económico o político. En los años veinte la vida de un preso dentro del penal de Lecumberri costaba solamente unos cuantos cientos de pesos.

Ya en los años cincuenta “la tarifa” aumento a miles de pesos, después a cientos de miles y luego se hablaba de millones de pesos, aunque cabe aclarar que la cifra siempre variará de acuerdo con la importancia del escogido.

Aun en la actualidad, hay quien “ofrece” sus servicios dentro de las cárceles por unos cuantos miles de pesos, si se trata de un reo común y corriente, porque si se trata de un hampón conocido, un banquero, algún empresario o un millonario defraudador, lógicamente la cantidad aumenta.

OTROS “DISTINGUIDOS” PRESIDIARIOS

Desde entonces ya había “huachicoleros”. El coronel Manuel Martínez de Castro, apodado “El Conde Gasolinas” o “El Coronel Hueco”, fue otro de los destacados “clientes” de Lecumberri.

A lo largo de más de cinco años, Martínez de Castro, quien ocupaba un alto cargo dentro de Petróleos Mexicanos robó diariamente miles de litros de gasolina, a través de pipas de gasolina con doble fondo.

Por su delito fue condenado a 12 años de prisión, pero estuvo menos de la mitad ya que a la mitad de su condena se le dejó libre por “buena conducta”.

Otro de los huéspedes distinguidos, fue Robert Marich, “King Kong”, de dos metros 10 centímetros de estatura, ex combatiente de Vietnam. Fue preso por asesinar a la hija de una exdiplomática mexicana y condenado a 21 años de cárcel, pero solamente estuvo 10 meses y medio en prisión.

Repentinamente, sufrió un ataque de apendicitis aguda por lo que tuvo que ser intervenido de emergencia, para lo cual se le llevó al Hospital Juárez. Se le operó y cuando aún estaba en terapia intensiva, en proceso de recuperación, el enorme gringo sometió a médicos, enfermeras, guardias y empleados y huyó del nosocomio. Nunca más se volvió a saber de él.

David Joel Kaplan y Carlos Contreras Castro, quienes protagonizaron espectacular fuga de la penitenciaría de Santa Martha Acatitla, huyendo en un helicóptero, antes pasaron por Lecumberri donde permanecieron sólo unos cuantos meses y después trasladados a la nueva penitenciaría por su peligrosidad.

Los líderes ferrocarrileros Demetrio Vallejo Martínez y Valentín Campa Salazar, piezas claves en el movimiento de 1959, acusados de disolución social y daños a la Nación, también formaron parte de la galería de presos célebres.

Se cuenta que uno de los celadores de nombre “Nicho”, recibió las órdenes de “ablandar” a como diera lugar, a Demetrio Vallejo, a fin de que proporcionara los nombres de más luchadores sociales.

El citado “Nicho”, con el apoyo de un piquete de celadores se dirigió a la celda de Vallejo y Campa para “interrogar” a Vallejo, pero este terminó por propinarle tan brutal golpiza al celador que lo mandó varias semanas al hospital. Ello le costó también varias semanas de “Apando” al activista, pero ya no volvieron a molestarlo.

EN CHIRONA EL PRIMER MEDALLISTA OLÍMPICO

El general Humberto Mariles Cortés, primer mexicano que obtuvo una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1948, en Inglaterra, como caballista, fue otra de las figuras cautivas en el Palacio Negro.

Por un incidente de tránsito, el general Mariles asesinó arteramente a un humilde albañil que se le cerró accidentalmente con su vehículo. El alarife bajó de su auto y ofreció disculpas al arrogante militar que, pistola en mano, lo insultó una y otra vez para provocarlo.

El trabajador no hizo caso a las provocaciones y dándole la espalda se dirigió a su auto, pero entonces el general le disparó por la espalda con su escuadra calibre 45 y lo mató.

Fue detenido y sentenciado a ocho años de cárcel, por homicidio simple intencional, pero quería que le rebajaran aún más la condena y apeló.

Un mes después fue notificado por el Tribunal Superior de Justicia que el delito había sido reclasificado a homicidio en primer grado, es decir con las agravantes de premeditación, alevosía y ventaja por lo que pena aumentó a 20 años; sin embargo, sólo permaneció poco más de cinco años en Lecumberri, pues fue preliberado por “buena conducta”.

Al salir, renegó de la justicia de su país y viajó a Francia. Cuando se disponía a salir del aeropuerto, fue sorprendido por los guardias quienes le encontraron en su equipaje tres kilos de cocaína.

De nueva cuenta fue aprehendido, pero en conferencia de prensa, advirtió que daría a conocer nombres de políticos, militares, empresarios y funcionarios que estaban vinculados al narcotráfico.

Fue llevado a una de las cárceles de París y cuando la opinión pública se mantenía expectante por las declaraciones que haría, Mariles murió en su celda. La versión oficial señaló que había muerto a consecuencia de un edema pulmonar, la extraoficial, que había sido envenenado para que no hablara.

TAMBIÉN LITERATOS

El escritor José Maximiliano Revueltas Sánchez, conocido mejor como José Revueltas y por su activismo político, fue detenido por su ideología política y confinado en Lecumberri.

Por insolente e incorregible, fue llevado varias veces al “Apando”, experiencia que lo llevaría escribir su libro del mismo nombre que sería llevado a la pantalla cinematográfica.

El autor describió que se trataba de una celda de castigo, de metro y medio de superficie. Se le situaba en los sitios más alejados y solitarios, hechos de tal manera que no permitían se filtrara el más débil rayo de luz, ni ruidos.

Fueron pensados para que albergaran a un sólo reo y se tenía programado sacarlos diariamente para realizar sus necesidades fisiológicas, porque carecía de retrete, y para que tuvieran movimiento al menos por una hora.

Pero ante el aumento de la población y, sobre todo, por los innumerables presos castigados, se llegaban a introducir en el reducido espacio hasta 15 personas por espacio de un mes; otras por varios meses e incluso a los incorregibles o insolventes para pagar sus “cuotas”, se les dejaba en forma indefinida, hasta que murieran.

A la hora del “rancho” (comida), pésimo y raquítico de por sí, los presos tenían que poner su bote o cualquier otro recipiente para recibirlo y aquellos que no tenía “platos”, tenían que hacer un hueco con las manos juntas y ahí recibían su alimento, lo que provocaba feroces riñas entre los mismos reos.

La mayor parte de la putrefacta comida caía en una gruesa y pantanosa capa de excremento, orines, escupitajos y demás desechos orgánicos de los mismos presos, que jamás eran sacados durante su confinamiento.

Por lo reducido del espacio, tenían que dormir de pie o, en el mejor de los casos, o en cuclillas, pues era imposible que pudieran tenderse en el suelo por el número de reos.

Ese trato infrahumano, provocaba que frecuentemente fueran sacados números reos con severas infecciones en los ojos y oídos o ya sin vida de los “Apandos”. Solamente los más fuertes lograban salir vivos y podían reintegrarse a la población penal.

LÍDERES, GOBERNADORES, GUERRILLEROS, ACTIVISTAS

Demetrio Onofre, Demóstenes Valdovinos y Mario Renato Menéndez Rodríguez, director del semanario “Por Qué”, publicaron su versión de lo ocurrido el 2 de octubre del 68 y el 10 de junio del 71, lo que les valió ser llevados a Lecumberri.

Su libertad se obtuvo tras el canje del rector de la Universidad de Guerrero, Jaime Castrejón Díaz, a quien secuestraron y por el que exigieron la libertad de los presos políticos. El mediador fue el obispo Sergio Méndez Arceo.

Los gobernadores Carlos Armando Biebrich, Israel Nogueda Otero, Alfredo Ríos Camarena y Félix Barra García, también fueron “inquilinos” de Lecumberri, así como los “porros” Carlos Aquilino Pereyra, Francisco de la Cruz Velasco, Miguel Castro Bustos y Mario Falcón.

EL SECUESTRADOR MÁS SANGUINARIO

Primero plagiaba, luego mataba y después cobraba. Uno de los secuestradores más sanguinarios y crueles fue el licenciado en administración de empresas, Jorge de San Nicolás Arjona, quién como gerente de una cadena hotelera a nivel nacional, en la década de los setenta, ganaba un sueldo mensual de varios cientos de miles de pesos.

Pero, ambicioso al fin, esa cantidad no le satisfacía y al conocer a empresarios acaudalados y gente de dinero en los mismos hoteles que administraba, decidió formar su banda de secuestradores y asesinos, pues a diferencia de otros plagiarios que secuestraban y exigían el rescate a cambio de devolver a la víctima con vida, éste, una vez consumado el plagio, ordenaba matar al secuestrado y después cobrar.

Se habla de una serie de plagios que dejaron muchos millones de pesos a Arjona y su banda y seguramente hubiera continuado su carrera criminal impune, de no haber escogido como sus víctimas a dos de los juniors más importantes de aquella época.

El primer plagiado fue Gabino Gómez Roch, primogénito del director del Banco de México y a Rubén Enciso Arellano, hijo de un prestigiado odontólogo cuya fama era a nivel internacional.

El “modus operandi” fue igual: Los secuestró, los mató y después cobró. Sus cuerpos fueron descubiertos en parajes desolados de Michoacán y Guerrero.

Ante la notoriedad de sus últimas víctimas, el escándalo se hizo mayúsculo y las exigencias por aclarar los secuestros crecieron, de tal suerte que en poco tiempo fue detenido Jorge de San Nicolás y dos de sus cómplices: Enrique Rosete y Miguel Ángel Camín.

Durante su presentación ya como detenido, Jorge de San Nicolás se mostró altivo, desafiante y cuando Miguel Ángel, quien apenas había rebasado la mayoría de edad, dijo que “iba a decir toda la verdad”, Jorge, en plena conferencia de prensa, se zafó de los agentes que lo custodiaban y de una bofetada derribó a su compinche, a la vez que dijo: “no le hagan caso, es muy joven y está nervioso”.

Fue consignado y a los tres días fue encontrado sin vida en uno de los baños de Lecumberri.

Se suicidó, fue el informe oficial.

El individuo medía cerca de 1.90 metros y cuando fue descubierto, tenía metidos los dos pies en la taza del baño. Pendía de un tubo de una altura de no más de 1.50 metros.

Presentaba golpes en todo el cuerpo, quemaduras de cigarrillos, astillas encajadas en las uñas de manos y pies, había sido emasculado (castrado) y la autopsia señaló que no presentaba ninguna vértebra cervical rota, lesión obligada cuando alguien se ahorca, ya que al caer el cuerpo se produce ese tipo de lesión.

LOS ROBOS A CASAS DE PRESIDENTES Y ARTISTAS

El caso de Efraín Alcaraz Montes de Oca, “El Carrizos”, merece una mención aparte, ya que no se trató de un delincuente común y corriente, sino de “El Rey de los Zorreros”, ladrón de residencias, cuya fama trascendió a tal grado que su historia criminal fue llevada al cine, por el director Everardo González con la cinta “Los Ladrones Viejos”.

Efraín siempre se sintió ofendido cuando le llamaban ratero, aclaraba que él era ladrón y tenía su ética, pues nunca lastimó a nadie durante sus asaltos y cuando descubría que había alguien en la casa que había escogido para robar, desistía del acto y si era sorprendido jamás se enfrentaba a los ocupantes, prefería huir para no lastimar a nadie o
ser capturado.

Efraín “El Carrizos”, apodado así por su flexibilidad y Jorge Téllez Girón, alias “El Drácula”, por su parecido con el legendario vampiro, crecieron juntos y ambos eran ladrones, sólo que el primero se declaró pillo desde un principio y el segundo, con el que encompadró, se volvió policía, es decir, también pillo, pero camuflado.

“El Carrizos” se volvió todo un dolor de cabeza para la policía, pues robó en las residencias del regente Ernesto P. Uruchurtu, de los ex presidentes Luis Echeverría y José López Portillo; de los artistas Olga Breeskin, de los futbolistas Hugo Sánchez y Miguel Negrete y de otras personalidades.

El aseguraba en sus detenciones haber “robado medio México, pero siempre a la gente rica, a la gente que tenía, nunca a los pobres”.

Curiosamente fue su compadre Téllez Girón el que lo “detuvo” y gracias a esa captura fue elevado al grado de comandante del entonces Servicio Secreto.

Enterado del robo a la residencia del presidente Luis Echeverría, en San Jerónimo, y sabedor de los alcances de su compadre, lo contactó y le dijo que “tenía que regresar la copa, (devolver lo robado), porque el señor presidente está muy molesto”.

Le dijo que ya estaba todo arreglado, pero que tenía que devolver todo el botín: joyas y valores que había logrado sustraer esa misma noche de otras dos residencias. Al día siguiente, acompañado de su compadre, se presentó en la residencia de Echeverría, custodiada por civiles, policías y militares a los que burló no sólo para entrar, sino para
escapar con el botín.

En un salón privado depositó el botín en una mesa, ante la presencia de María Esther Zuno de Echeverría, quien sólo lo vio de reojo y agarró las joyas, para enseguida ordenar que se lo llevaran.

“El Drácula” fue ascendido a comandante, pero de ese asalto no se supo nada en su momento, porque “El Carrizos” no fue consignado, sería detenido tiempo después al descubrirse otros robos similares a personajes famosos.

Por sus delitos pasó varios años en Lecumberri, hasta que fue liberado a inicios de 2007, pero atrapado nuevamente en 2008 por intento de robo.

Esa acusación indignó al “Carrizos”, pues dijo que él no fallaba y además qué iba a robar de un taller en la colonia Pradera, en la Delegación Gustavo A. Madero, “¿unas llaves de tuercas?”.

Por su parte, Jorge Téllez Girón, también pasaría a ser huésped de Lecumberri, al ser denunciado por varios delincuentes que eran extorsionados por el jefe policíaco, quien incluso escogía las residencias que tenían que robar, los llevaba y cometido el harto después debían entregarle la mayor parte del botín.

TEMIBLE DIVISIÓN DE INVESTIGACIONES

Eulalio Rubí Cedillo, Elías Isse Núñez, José Salomón Tanús, Jorge Téllez Girón, “El Drácula” y Jorge Obregón Lima, “La Chita”, jefe máximo por un tiempo de la temible División de Investigaciones para La prevención de la Delincuencia (DIPD), fueron algunos de los altos jefes policíacos que estuvieron a punto de ocupar “su suite” en las crujías de Lecumberri, pero gracias a sus abogados, solamente llegaron al área de juzgados, dejando con un palmo de narices a decenas de reos que ya los esperaban ansiosos para darles su “bienvenida”.

Muchos otros personajes, gracias a la varita mágica del amparo, sólo llegaron al umbral del Palacio Negro, pero estuvieron a punto de trasponer las puertas del infierno y formar parte de la población penitenciaria.

La lista es larga y el espacio corto, por lo que solamente nos referiremos a unos cuantos: Gustavo “Halcón” Peña, del equipo Guadalajara, acusado de bigamia por la hija del torero Silverio Pérez; Rubén “Púas” Olivares, acusado de violación tumultuaria y lesiones; su compadre, el promotor de box Rubén Maldonado, por homicidio; José Ángel “Mantequilla” Nápoles (QEPD), lesiones; Alberto Vázquez Gurrola, por bigamia; su colega Manuel Muñoz Velasco (también finado), cuyo nombre artístico era Manolo Muñoz, por delitos contra la salud; Alfredo “El Güero” Gil, del trio Los Panchos, por homicidio y muchos
otros más.

En la mayoría de los casos, había los elementos necesarios para ejercer acción penal en contra de los inculpados, pero misteriosamente, durante el transcurso de los procesos, las pruebas se desvanecían, las balas desaparecían, los testigos se retractaban, los delitos se reclasificaban, los peritajes se cambiaban y finalmente se resolvían a favor de los indiciados.

MILES DE MUERTOS E INCONTABLES FUGAS

Si se intentara contabilizar el número de muertes en el Palacio Negro durante sus casi 76 años de existencia, entre “suicidios”, asesinatos y hasta desapariciones, sería punto menos que imposible, conservadoramente se calcula que cuatro veces su población inicial (mil 400 presos, entre hombres, mujeres y menores de edad), es decir más de 5 mil 600 personas, perecieron dentro de dicha prisión.

Otro tanto ocurrió con el número de fugas, pues de la misma manera que se ocultaban las muertes también se tendía un velo de misterio respecto a las evasiones, por lo que sería imposible cuantificar cuántas fugas hubo.

Unas de las pocas conocidas, fueron las de Santiago Reyes Quesada, conocido en el hampa como “El Capitán Fantasma”, con un récord de siete fugas de distintas prisiones.

“El Capitán Fantasma” logró escapar de muchas y muy variadas formas de la cárcel: escondido en un ropero, como “Pepe el Toro” en la película, disfrazado de militar, escalando los muros, en un carro de bomberos y hasta en el auto de un ex gobernador, a cuyo guardaespaldas embaucó.

En la fuga de Lecumberri, Reyes Quesada logró evadirse disfrazado de mujer, para lo cual contó con la complicidad del personal de vigilancia. Fue recapturado y enviado a un penal en el estado de Puebla, donde trató de escapar en dos ocasiones, pero no lo consiguió hasta que finalmente murió en prisión.

Cuatro meses antes de que el Palacio Negro de Lecumberri cerrara sus puertas definitivamente, el cubano Alberto Sicilia Falcón y sus cómplices Luis Antonio Zúccoli, Alberto Hernández Rubí y José Egozzi Béjar, se evadieron espectacularmente, a través de un túnel, obra maestra de ingeniería y arquitectura, con una longitud de más de 700
metros.

La mañana del 26 de abril de 1976, el Palacio Negro de Lecumberri se convirtió en un manicomio, al descubrir en la crujía “L” del narcotraficante cubano, ex espía de la CIA y amante de Irma Serrano, “La Tigresa”, la boca de un túnel de 80 centímetros, aproximadamente.

Por dicho pasadizo se habían escapado Sicilia Falcón, Antonio Zúccoli, Hernández Rubí y Egozzi Béjar. El subterráneo iba desde el interior de la penitenciaría hasta una casa en aparente construcción en las calles de San Antonio Tomatlán.

El pasadizo medía más de 700 metros y su costo, estimado por las autoridades, había sobrepasado los tres millones de pesos, además de otros cuantos repartidos entre directivos del penal por no “darse cuenta” de la construcción del pasadizo subterráneo.

Tras la fuga y la revisión del túnel, las autoridades quedaron boquiabiertas ya que se toparon con una obra maestra de ingeniería donde encontraron herramienta costosa y sofisticada: Carretillas, guantes, marros, seguetas, potentes taladros con silenciador, picos, palas, barretas, cinceles, mascarillas, sierras para cortar concreto y metales, tanques de acetileno, colchones neumáticos, planos de la penitenciaría, lámparas sordas y de gasolina, además de muchos y variados implementos de manufactura extranjera.

A lo largo del túnel colocaron placas de acero, tanto en el techo como a los lados, para evitar posibles derrumbes.

Sobrevino el escándalo y el triunfo de la recaptura se lo adjudicó la División de Investigaciones Para la Prevención de la Delincuencia (DIPD), de Arturo Durazo Moreno, “El Negro” y Francisco Sahagún Baca, aunque en realidad los captores habían sido modestos patrulleros que solamente iban a infraccionar al conductor de un automóvil que
circulaba a exceso de velocidad.

La libertad de Sicilia y compinches había resultado efímera, pues tan sólo seis días después, el 2 de mayo de ese mismo año, luego de unas cuantas copas, unas amigas y un vehículo, los prófugos seguían celebrando su peliculesca escapatoria.

Los cuatro fugitivos circulaban velozmente a bordo de un automóvil Buick, convertible, cometiendo toda clase de infracciones al Reglamento de Tránsito, por calles de la colonia Condesa.

Fueron avistados por unos patrulleros que les ordenaron a través del altoparlante, que se detuvieran para infraccionarlos.

Obviamente, no se detuvieron pues temían ser reconocidos y empezó la persecución, al tiempo que los uniformados pidieron refuerzos ya que les resultó extraño que por una falta de tránsito los sujetos se dieran a la fuga.

Junto con la persecución se entabló la balacera a la que se sumaron más elementos de la entonces Dirección General de Policía y Tránsito del DF.

Así, se prolongó hasta un edificio de la colonia Narvarte. Hasta ese momento ninguno de los perseguidores se imaginaba siquiera que se trataba de los evadidos del Palacio Negro de Lecumberri, aunque ya suponían que se trata de “peces gordos”, dada la resistencia a su captura.

Finalmente, los patrulleros tomaron a sangre y fuego el edificio de departamentos y aprehendieron a los fugitivos. Fue hasta entonces que se dieron cuenta de quienes se trataba. Las investigaciones revelaron que el jefe de vigilancia, el coronel Edilberto Gil Cárdenas, había sido el principal protector de la fuga y éste a su vez dio a conocer que también estaban involucrados el subdirector, Jesús Ferrer Gamboa y varios celadores que también terminaron en prisión.

A través de sus casi 76 años de vida, el Palacio Negro de Lecumberri tuvo 48 directores, aunque el listado oficial señala que solamente fueron 47, ya que no figura oficialmente el coronel Bonilla Vázquez; el primero fue el licenciado Miguel S. Macedo y el último fue el doctor Sergio García Ramírez.

Para nadie es un secreto que ninguno de los directores del Palacio Negro de Lecumberri, entre militares, abogados, doctores en derecho, fue capaz de frenar la corrupción y los vicios enquistados a través de las más de siete décadas de su existencia.

Incluso se dice que muchos de los que asumieron la dirección general del presidio, de la noche a la mañana se convirtieron en multimillonarios.

LLEGÓ A SU FIN EL PALACIO NEGRO DE LECUMBERRI

Finalmente, la mañana del 26 de agosto de 1976 se escuchó por última vez en ese sitio, el clásico y tradicional grito de: “A la reja con todo y chivas”, que anunciaba la liberación de algún preso.

“Ese Melesio Hernández, a la reja con todo y chivas”, gritó uno de los celadores, pero el último reo de Lecumberri no salía para quedar libre, sino para ser llevado al Reclusorio Norte, recién inaugurado por el presidente Luis Echeverría Álvarez.

Tras el último preso se cerró el zaguán de grandes portones metálicos de la bella, pero siniestra construcción. Atrás quedaron casi siete décadas de horror e indignación y entre sus muros, secretos que ya nadie podría revelar.

Crujías, celdas mazmorras, calabozos, Apandos, cámaras de tortura, alimañas, bichos, sabandijas y ratas, finalmente quedaban solas, sin tener más a su merced a miles de presos para seguir sangrándolos como sanguijuelas.

Tras su clausura oficial, permaneció casi seis años cerrado al público. En ese lapso se manejaron varias hipótesis respecto a su destino; qué si iba a ser demolido, que se convertiría en museo, que un excéntrico millonario lo había comprado para montar un hotel a todo lujo, de cinco estrellas.

Su restauración llegó a su fin a medidos de 1982, es decir que tardaron casi seis años para dejarlo igual que cuando fue inaugurado en 1900.

A fines de 1982, el entonces presidente José López Portillo y Pacheco, reinauguró el Palacio Negro de Lecumberri, pero ya no como prisión, sino como el Archivo General de la Nación.

Seguía estando en el mismo lugar, pero ya no eran los llanos de San Lázaro, sino la avenida Eduardo Molina y las calles de Albañiles, San Antonio Tomatlán y, desde luego, Lecumberri.

El aspecto actual de la vetusta construcción, rodeada de jardines y fuentes, con sus enormes zaguanes, puertas y ventanales estilo gótico, sus murallas y altísimos torreones, la torre principal desde donde se observaba cualquier punto de la prisión, el aristocrático y costoso reloj inglés, sus patios adoquinados, su interior recamado con mármol y maderas preciosas, obligan a rememorar a aquellos castillos del medioevo, inexpugnables fortalezas donde los soberanos eran dueños de vidas y haciendas, igual que los carceleros cuando era el Palacio Negro de Lecumberri.

Su soberbia fachada se yergue majestuosa y continúa incólume al paso del tiempo, conserva el estilo original de las edificaciones del siglo XIX, pero ya no alberga en sus entrañas a seres humanos, víctimas de la explotación del hombre por el hombre.

Ahora es el acervo de nuestro país, donde se resguardan celosamente toda clase de documentos históricos.

Al menos en ese sitio ya no se repetirán aquellas historias de horror, pero esas sólo se trasladaron a los “modernos” reclusorios llamados pomposamente, “Centros de Prevención y Readaptación Social”, de tal suerte que una frase resume la situación actual: “¡La corrupción se descentralizó”, aún en la publicitada Cuarta Transformación!

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