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lunes, octubre 12, 2026

El narco también tiene app

Por Claudia Romandía

Hay algo particularmente inquietante en el reportaje que publicamos este jueves en EMEEQUIS sobre el llamado narcodelivery: no solamente que la droga pueda recorrer la Ciudad de México escondida dentro de una playera, una caja, un teclado o cualquier paquete aparentemente inocuo, sino la extraordinaria capacidad que tiene el crimen para apropiarse de aquello que inventamos para facilitarnos la vida y convertirlo en una herramienta más de su negocio.

La investigación de Isaac Albarrán y Miguel Ángel Teposteco documenta testimonios de repartidores de plataformas como Uber y DiDi que han recibido paquetes con marihuana, cocaína e incluso medicamentos controlados; algunos descubrieron lo que transportaban cuando ya estaban en camino, otros comenzaron a sospechar por el olor o por la forma del paquete y alguno estuvo a punto de terminar detenido después de que la policía encontrara cerca de un kilo de marihuana en un envío que había recogido detrás del Centro Médico Nacional Siglo XXI.

El asunto parecería anecdótico si fueran dos o tres historias desperdigadas por una ciudad de nueve millones de habitantes, pero nuestros reporteros encontraron algo distinto: repartidores que conocen el fenómeno, compañeros que han vivido situaciones semejantes y trabajadores que incluso han decidido desactivar la entrega de paquetería y limitarse a transportar comida porque entendieron que detrás de una caja perfectamente sellada puede venir algo bastante más comprometedor que unos zapatos.

Y ahí aparece quizá la parte más perturbadora del fenómeno: el narcotráfico no necesita crear una infraestructura cuando puede parasitar la que ya existe.

Durante décadas imaginamos la logística criminal mediante avionetas, tráileres, túneles, bodegas y hombres armados; ahora una parte del último tramo de distribución puede viajar sobre una motocicleta conducida por alguien que solamente intenta completar suficientes pedidos para terminar el día. David Saucedo explica en nuestro reportaje que los grupos criminales ya utilizaban taxis para mover droga dentro de las ciudades y que las aplicaciones simplemente hicieron más sencillo ese mecanismo; Mike Vigil, exjefe de Operaciones Internacionales de la DEA, advierte además que no necesariamente estamos hablando de grandes operadores de los cárteles, sino de distribuidores pequeños que pueden aprovechar estos servicios para llegar hasta el consumidor.

La tecnología cambió, pero la lógica criminal permanece intacta: utilizar al más vulnerable como fusible.

Porque cuando algo sale mal no es el vendedor quien aparece con una mochila llena de droga frente a un policía, sino el repartidor; tampoco es el dueño del negocio ilícito quien tiene que explicar por qué lleva un paquete cuyo contenido desconoce, mientras las plataformas sostienen que prohíben expresamente el envío de drogas y otros artículos ilegales y que cuentan con mecanismos para reportarlos. Uber y DiDi respondieron a EMEEQUIS que disponen de protocolos y colaboración con autoridades, pero los testimonios muestran que el problema continúa ocurriendo en las calles.

Hay además otro dato revelador: cuando EMEEQUIS buscó conocer mediante transparencia la dimensión del fenómeno, distintas autoridades entregaron poca información o la negaron; para este reportaje también fueron consultadas la Secretaría de Seguridad Ciudadana capitalina y la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana federal, sin que hubiera una declaración institucional.

Me preocupa pensar si nos hemos acostumbrado a pensar al crimen organizado por sus episodios más estruendosos —una balacera, un capo detenido, una carretera bloqueada— mientras una parte mucho más silenciosa de su expansión ocurre mediante la colonización de actividades perfectamente ordinarias.

El narco mexicano siempre ha tenido una enorme capacidad de adaptación; cambia rutas, mercancías, empresas fachada y métodos de lavado según cambian los controles del Estado. Era cuestión de tiempo para que también comprendiera la economía de las plataformas.

Pedimos comida, medicinas, documentos o las llaves que olvidamos en casa y seguimos puntualmente en una pantalla el recorrido de una motocicleta hasta nuestra puerta. Esa extraordinaria infraestructura logística también puede ser utilizada para entregar droga.

El problema es que, en esa versión perversa de la economía digital, alguien hace el pedido, alguien vende la mercancía y alguien cobra el negocio; pero quien puede terminar frente a la policía, extorsionado, amenazado o incluso muerto es el muchacho de la motocicleta que creyó que solamente estaba haciendo otro viaje de 115 pesos.

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