Desafío: El rey del montaje / Pandemia política

Por Rafael Loret de Mola

El juego favorito del clan lópezobradorista, la nueva mafia del poder, es señalar a los periodistas perseguidos por supuestamente falsear sus notas y más cuando estos se defienden y demuestran sus asertos con denuncias incuestionables, incluyendo escrituras, videos y grabaciones comprometedoras. A cambio de ello, el presidente de México no sólo pierde popularidad, aunque se diga lo contrario en sondeos fraudulentos como los comicios, sino se da el lujo de argüir tonterías para salirle al paso a los señalamientos de quienes conforman la “opinión pública” en ocasiones asombrada por los decires absurdos del mandatario; en este renglón, como en casi todos, va mucho peor que cualquiera de sus predecesores.

Por supuesto no habla de los montajes que establece para salirle al paso a las evidencias por las desviaciones de su conducta política que generan delitos tan graves como el de intervenir directamente para favorecer “la evasión de algún detenido, procesado o condenado” –como asevera el artículo 150 del Código Penal Federal- con sanciones previstas de hasta nueve años de prisión incrementándose la pena si se tratase de un funcionario público como ocurrió en la lamentable derrota militar y moral del 17 de octubre de 2019 cuando se “soltó” a Ovidio Guzmán, hijo de “El Chapo”, por órdenes directas de AMLO como él mismo reconoció.

El rey del montaje, López Obrador, ha mantenido a cada paso de su lamentable periodo presidencial el mismo modelo autoritario para proceder más allá de la ley y de su palabra que ya no vale un cacahuate. Su falso combate a la corrupción lo exhibe: han sido acusados, con pruebas incontrovertibles los siguientes miembros de su gabinete:

Bartlett, por propiedades escandalosas y distribuidas entre su pareja, Julia Abdala y sus descendientes; Zoé Robledo, director del IMSS, por prodigar contratos de la paraestatal a sus familiares; en el mismo caso se sitúa Irma Eréndira Sandoval, de la Función Pública, acusada de comprar propiedades a la vera de su consorte, Jack Ackerman; y dos altos miembros de su gabinete, la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero y quien fue de Seguridad Nacional, Alfonso Durazo, ahora gobernador electo de Sonora, son señalados por quintuplicar o triplicar sus haberes en menos de un año.

Sumamos además a las corcholatas Marcelo Ebrard y Claudia Sheinbaum –sendos exjefes de gobierno de la Ciudad de México y la segunda muy cercana a AMLO y a su vástago Andy-, por el desastre de la L12 del Metro capitalino. No sólo ellos: ¿Qué decir de Ignacio Ovalle, el del fraude de Segalmex por más de 15 mil millones de pesos, y de Francisco Garduño Yáñez, del Instituto de Migración, responsable final de la tragedia en el centro de esta institución en Ciudad Juárez con saldo de cuarenta inocentes calcinados, ahora acomodado en Gobernación?

¿Y qué hace el sujeto de la falsa “honestidad valiente”? ¿Acusarlos o cuando menos desprenderse de ellos? ¡Qué va! Simplemente, los protegió, defendió y consideró infundadas las pruebas relevantes persiguiendo, con ferocidad, a los medios o periodistas independientes que se atrevieron a publicar los HECHOS sucintos en medio de la batahola de la demagogia más feroz en más de cincuenta años. Habría que remontarse al periodo de Echeverría para encontrar algún símil, pero el extinto exmandatario se quedó muy corto.    

El mayor montaje, el más ridículo, ocurrió a lo largo del trazado del famoso tren “Maya”. Llegó hasta Quintana Roo por carretera –y un convoy con ocho camionetas Suburbans para sus guardias ocultos y sus médicos camuflados-, para airear una banderita verde –ritual que se repitió en varias estaciones carcomidas por los años-, y dar salida a una máquina de los años de la posguerra seguida por diez vagones-chatarras, impregnados con grafitis grotescos y sucios como los miembros de su “team” personal. Además, claro, de la rifa del avión que no se entregó a los ganadores y terminó, al fin y rematado, en Tayikistán, nación alineada con Rusia y exmiembro de la URSS.

Fue de carcajada como los números del doctor López-Gatell, el más fiel espejo de la simulación grotesca de la 4T. ¿Quién es, entonces, el rey del montaje?

       La Anécdota

En lo más alto del cerro de Tizatlán –de donde comenzó el uso de la tiza o gis-, se encuentra un Boeing 727 de la Fuerza Aérea Mexicana convertido en parque temático para niños y adultos tlaxcaltecas luego de ser desechado por los mandos militares. Por supuesto, aviones así deben estar en poder de la Fuerza Aérea en sustitución del que consideran inservible. No les cuento la odisea que fue llevar el aparato de marras a la cumbre aunque estuviera desarmado y sobre cinco tremendas plataformas.

El obsequio castrense revela el rostro aciago de AMLO quien ideó la manera de ganar cuanto se pueda con la rifa, la mantenida oferta y los ambiciosos compradores del “lujoso” avión José María Morelos. Y luego mintió al decir que había vendido el “Benito Juárez” con una oferta de 65 millones de pesos, malbaratándolo, cuando su precio era, cuando menos, cuatro veces más. Luego vinieron del este para salvarlo al mandante.

Y surge la duda: si la Fuerza Aérea cuenta con aparatos de toda índole, desde pequeños Lear Jets hasta Boeing 727 de alto rango, ¿por qué no dispuso de los mismos desde el inicio y no hasta fines del 2022 cuando el mandante dejó de volar en aviones privados en plena quiebra de Volaris, su favorita? Alegan que necesita cuidados médicos especiales para poder acceder a las aeronaves de la SEDENA. Además, tiene el AIFA a su entera disposición y muy pero muy despejado.

Nos tomó AMLO el pelo… hasta las elecciones pasadas.

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