Desafío: Ejército sin ley / Negocio de color

Por Rafael Loret de Mola

Hasta los legisladores consideran que la ley “de seguridad interior”, misma que faculta a las fuerzas armadas a realizar tareas policíacas y de espionaje bajo el falaz argumento de que sólo así podrá detenerse la oleada de violencia generada por la guerra de plazas atizada por los cárteles con enorme influencia, habida cuenta de que el descontrol actual y las perspectivas futuras facilitan las condiciones para una arribazón militar con el auxilio de la Casa Blanca –la de Washington-. Y, para colmo, el ejército de la pandemia baja la guardia no se retira y oscurece cualquier otra emergencia entre los mexicanos.

De esta manera, considerando que el mandatario federal no detenta el verdadero control sobre nuestras fuerzas armadas y, cada día, como sucedió en los sexenios de Calderón y Peña, parece más atrapado en su madriguera, discursando sandeces y reduciendo su propia agenda para evitar a las multitudes cada vez más irascibles -por eso le vino como “anillo al dedo” la pandemia-, la presencia de los mílites en los calles carece de sustento jurídico y moral; esto es, de existir un Estado de derecho en nuestro país estarían de vuelta en los cuarteles y no amenazando, con su presencia, a quienes ocupan los territorios en donde habrá de dirimirse a los zares “capos” –no capados-, en cada uno de los espacios en donde los crímenes no han disminuido ni con la pandemia lo que subraya el verdadero origen de los mismos. Y ya vienen, además, otras elecciones bajo el manto de la impudicia oficial.

Le llaman el “efecto AMLO” y este es contrario a las ilusiones de los morenistas tuertos, incapaces de tomar una sola radiografía a la realidad nacional; por el contrario, apuestan a los votos del miedo, como en 1994 tras el magnicidio perpetrado contra Luis Donaldo Colosio, con la soldadesca desbordada y exigiendo, cada vez más, los consiguientes botines de “guerra” humillando y robando a la población civil. De allí, igualmente, el sesgo de las matanzas nunca aclaradas, como la de Tlatlaya o Tanhuato, que van pasando del discurso infamante al archivo oscuro de los secretos de Estado. No podemos dejarlos allí porque vendrán otros más letales que el coronavirus. Ahora vuelven las candilejas del horror a Ciudad Juárez y la masacre de migrantes.

El caso es que, a medida que se violentan las normas superiores, el general Luis Cresencio Sandoval queda en una posición más comprometedora. Por una parte, se clama por su destitución al calor de los excesos propios y de sus tropas; por la otra, se le intenta proteger con el calado de las mafias dominantes de por medio y bajo el silencio atroz de su superior jerárquico quien le obsequió la ilegal libertad de su predecesor, Salvador Cienfuegos Zepeda. Un punto extremadamente molesto, e infecundo, con olor y sabor a chantaje. Pero no ha perdido el poder de fuego.

        La Anécdota

El “anaranjado” que fue dueño de la residencia oficial en la Avenida Pensilvania, rompió el Tratado de Libre Comercio de América del Norte al que jamás debió sumarse nuestro país, visto como el patio trasero de las potencias del norte.

Una y otra vez, los líderes latinoamericanos insistieron, ante los traidores Miguel de la Madrid y Carlos Salinas, en que el gobierno mexicano mirara hacia el sur para formar un bloque, y luego un club, para enfrentar al agio desmedido de los acreedores provenientes de Wall Street. No lo hicieron y su entreguismo patético nos arrebató el único oxígeno que podría aliviarnos. ¿El Mexuscan? Una bazofia escrita con los pies.  

Deja un comentario