26 C
Chetumal
viernes, octubre 16, 2026

Desafío 

*De la Represión

*Debate que Crece

Por Rafael Loret de Mola

El presidente Gustavo Díaz Ordaz, presente en Mixtlán con todos los honores concebibles por los veneros del diablo, consideró que fue el año de 1968 el de su mayor orgullo porque, dijo, textualmente “me permitió salvar a México” luego de la masacre de Tlatelolco diez días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos, gracias a los cuales nuestro país se presentó ante el mundo como una nación en desarrollo y no bajo el estigma del rancherito dormido bajo su ancho sombrero. Pese a ello, en la Plaza de las Tres Culturas quedaron las huellas de la peor barbarie concebible.

Fueron aquellos días, los de 1968, un rosario de luto, ennegrecido por los humos de la pólvora y la villanía, que acaso castró a varias generaciones de jóvenes de entonces y las devolvió al ominoso sitio de la postración; luego vendrían los “halcones” de Echeverría y Martínez Domínguez para degollar el espíritu rebelde de los tiempos que, se suponía, serían de renovación por la senda trazada por las conciencias que clamaban libertad. El odio oficial contra cuanto ponía en riesgo la continuidad de un sistema y un modelo político anquilosados, se vertió con riachuelos de sangre sobre las planchas de cemento, las escaleras de los edificios e incluso, como en 1971, en los hospitales en donde se remataron a los heridos de decenas de persecuciones por toda la lacerada Ciudad de México. Este columnista andaba por allá.

Cincuenta y ocho años después aquel sacrificio, de efímera libertad, se muestra ahora a través de la intolerancia, el rencor y la soberbia de un nuevo régimen atroz, el de Claudia Sheinbaum, incapaz de reconocer que ha sumado a los horrores del pasado los propios tras las matanzas de seres humanos extendidas por toda la República durante el odioso mandato del impune AMLO. Cada día, el semáforo de la violencia sitúa en un promedio entre cuarenta y cincuenta ejecutados, oficialmente, por la delincuencia organizada a cuenta de la mancillada dignidad de los mexicanos mientras en el podio de las viejas mañaneras se insiste en las mentiras que tienden a provocar incendios, radicalizando actitudes desuniendo a los hijos del mismo cielo y la misma tierra roja empapada de sangre. No hay gran diferencia… salvo la hipocresía.

Durante dos años -2020 y 2021- la pandemia le vino “como anillo al dedo” al gobernante que no fue capaz de escuchar a sus contrarios, sumida la oposición en un letargo casi completo, por cuento dispone de los espacios del Zócalo, tantas veces repleto de acarreados y mercenarios de la industria maldita de la cooptación de la miseria, cuadriculando el escenario con un grotesca cinturón policíaco ante civiles desarmados que llevan en sus voces la más mortífera de las ametralladoras: la sublevación pacífica que no destruye un solo cristal, al contrario de como lo han hecho siempre los infiltrados de la oficialidad, pero hiere el ego, la vanidad superior, ahora de la mal llamada “jefa de las instituciones nacionales”.

Pretendieron reducir el clamor, enjaulando a los manifestantes, para no perturbar a quien habita la sede del Ejecutivo accediendo al trono de un país que rechazó a los imperios espurios y no tolera la autocracia… pero se somete por miedo al igual que otras naciones en donde las dictaduras florecieron a golpe cantado del terror.

¿Estamos mejor ahora? No lo creo, de verdad, cuando el libre tránsito está supeditado a la suerte, esto es al capricho de los cárteles dominantes en cada territorio, y la libertad de expresión está tan cerrada como los miles de negocios quebrados o a punto de venirse abajo como la economía que desciende puntos desde el oprobio del cero.

Como Díaz Ordaz, el “retirado” AMLO también tiene las manos manchadas con sangre, aunque se ría a carcajadas creyéndose por encima de los demás. Y no se diga su marioneta diabólica venida de Bulgaria.

Claudia Sheinbaum ya cayó en el mismo, tenebroso horror.

La Anécdota

Junto a la efeméride surge una polémica que aumenta de tono al calor de las manoseadas cifras sobre la realidad de la pandemia en repunte. Unos aseguran que es fruto de una conjura para debilitar a los gobernados sumando muertos de todos los malos al escuadrón de la muerte del COVID; otros, como este columnista, insisten porque se percibe de cerca que fueron más, mucho más, las víctimas de la epidemia que nos está derrotando con una nueva oleada de infecciones.

Habría que exponer, sencillamente, que cuando todos perciben cerca el final injusto de un familiar, de un amigo o de un conocido dentro de una población de 130 millones de personas, no puede minimizarse el porcentaje sino sumarse las evidencias contando con cuantos ni siquiera se pudieron entonces acercar a los hospitales –con camas disponibles pero sin médicos ni insumos-, y murieron cotidianamente en el abandono. Por cada fallecido registrado hay otros tres no reconocidos. De ser así, como dicen los científicos no plegados a los voceros de la 4T, estaríamos por encima de USA en cuanto al número de bajas a lo largo de la epidemia maldita.

Y con este peso encima, los supuestos guerreros contra la pandemia se ríen, minimizan los datos y dejan al garete a la población. De esto tendrán que responder. Hubiese sido una buena manera de iniciar el período de la primera mujer presidenta. Pero no: Claudia Carlota I prefirió andar por la ruta de la complicidad.

Relacionado

Html code here! Replace this with any non empty raw html code and that's it.