CONCATENACIONES

Tropiezos con el mismo virus

Fernando Irala/Sol Quintana Roo

Corría el otoño pasado, a punto de cumplirse dos años de los inicios de la epidemia del Covid, cuando la noticia de una nueva cepa empezó a difundirse por el mundo.

Muy pronto se sabría que la nueva variante, bautizada como ómicron, es de una transmisibilidad inusitada, a grado tal que se le considera el virus más contagioso del que se tenga memoria en el planeta.

En todo el mundo han vuelto a tomarse providencias contra la nueva etapa de la pandemia, desde renovados confinamientos y restricciones de entrada y salida en muchos países, hasta la exigencia de vacunación, certificados y exámenes en diversas actividades, como transportarse, asistir a oficinas y centros de trabajo, y hasta para entrar a restaurantes y otros lugares de reunión.

En todo el planeta, menos en México. En esta bendita tierra de libertad, donde todo el mundo hace lo que quiere, empezando por quienes nos gobiernan, la vida continúa como si la amenaza epidémica no existiera.

Sin ninguna visión de futuro, sin hacer caso ya no digamos a especialistas sino al más elemental sentido común, la llegada a puertos y aeropuertos mexicanos se lleva a cabo sin restricción ni control algunos, e incluso hay presión desde la Federación para el regreso presencial a clases, a lo cual ya se rebelaron la mitad de los estados.

Por lo pronto los contagios se han disparado ya por diez respecto de los días prenavideños, y hospitalizaciones y fallecimientos van también en aumento, aunque en una proporción mucho menor. Lo cierto es que se trata de tragedias familiares y muertes que podrían evitarse en su mayor parte, si se diseñara una estrategia oportuna y cautelosa ante el covid y no se anduvieran organizando fiestas y verbenas desde las oficinas de gobierno.

“Al fin que no pasa nada”, nos dicen en todos los tonos.

Mientras tanto, nos hemos convertido en el país donde el virus observa la más alta letalidad en el mundo y hemos rebasado ya las 300 mil muertes acumuladas a lo largo de veintidós meses.

“Somos un ejemplo para el mundo”, nos han dicho. Ni la burla perdonan.

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