CAYÓ EN 1985, PESE A SU REMODELACIÓN

*Se dijo que un equipo de sismólogos de la UNAM creía posible predecir un temblor mediante algún precursor, como son las deformaciones de la superficie del terreno, variaciones en la sismicidad local promedio, cambios en las propiedades físicas de las rocas, en la composición química del agua de los pozos y manantiales, comportamiento anormal de los animales

Redacción | La Opinión de México | Sol Quintana Roo | Sol Yucatán | Sol Campeche

(Sexta y última parte)

Ciudad de México.- Volvamos al Tlatelolco moderno, cuyo edificio Nuevo León fue desnivelado por su construcción en terreno arcilloso, “recimentado” por dizque experto que colocaron pilotes y amarres exteriores y que se derrumbó como castillo de naipes en 1985.

Se dijo que un equipo de sismólogos de la UNAM creía posible predecir un temblor mediante algún precursor, como son las deformaciones de la superficie del terreno, variaciones en la sismicidad local promedio, cambios en las propiedades físicas de las rocas, en la composición química del agua de los pozos y manantiales, comportamiento anormal de los animales.

El método aparentemente sólo exigía la disponibilidad de una densa red de sensores que monitoreara constantemente los diferentes parámetros y una cierta experiencia con temblores pasados.

El 4 de febrero de 1975, un temblor en Haicheng, China, fue pronosticado exitosamente cuatro horas antes de su ocurrencia, los sismólogos chinos se basaron en observaciones instrumentales y en el comportamiento anormal de los animales. Pero un año después otro temblor en China no pudo ser pronosticado y dejó una estela de desolación con 655,000 víctimas.

El equipo de sismólogos universitarios seguramente olvidó su teoría en 1985, de monitorear la composición química del agua en pozos y manantiales, pues en junio de 1985, en la laguna Joya, en Yuriria, Guanajuato, el agua “hirvió”, se volvió roja, peces murieron y desaparecieron las nubes de moscos con que se alimentaban las aves locales…

¿Y eso qué?, se preguntará el lector.

Pues que en las lagunas de Yuriria, la llamada Joya, era conocida hacía mucho tiempo—cuando los chichimecas—como Laguna de Sangre y, en 1941, sus aguas de color verde esmeralda, comenzaron a enrojecer y a despedir olor nauseabundo.

Esa ocasión tembló en el Distrito Federal, Jalisco, Estado de México, Colima, Michoacán, Guerrero y Oaxaca.

Ciudad de México.- En el año 1957, las aguas de La Joya enrojecieron y un sismo provocó luto y dolor en la ciudad de México, perdió edificios y vio desplomarse el Ángel de la Independencia.

En el mes de mayo de 1984, La Joya volvió a “advertir” de una tragedia y hubo sismos en amplia zona de California, Estados Unidos y Costa Rica.

En junio de 1985, los lugareños vieron enrojecer las aguas de La Joya, comentaron que se avecinaba un gran sismo, pero ningún elemento del equipo de sismólogos de la UNAM se dio por enterado.

En cambio, un pequeñito, cuya progenitora jamás ha sido entrevistada por científicos de la UNAM, supo horas antes del primer sismo de septiembre negro, que “algo muy malo iba a pasar”.

¿Quién puede negar que si nuestros mejores sismólogos y sicólogos hubieran examinado con respeto, a Gilbertito y a su madre, quizá hubieran podido advertir a la sociedad que “algo muy malo iba a pasar”?

Obviamente, amigo lector, no esperamos que creas en algo que parece de ciencia ficción. Sin embargo, es cierto, aunque tú no lo aceptes, como diría Ripley.

La historia de Gilbertito, como la relató su progenitora hace más de 30 años, comienza cuando el niño se comunicaba con ella de una manera que puede calificarse como telepática.

Al principio, la señora se negaba a creer lo que entendía, porque no parecía ser posible: su hijo le daba a comprender, de un modo misterioso, que tendría problemas al nacer.

Los médicos que atendían a la desconcertada progenitora, (madre de otros menores), no sabían de momento lo que sucedía…hasta que se decidió a confiarles su secreto.

Al escuchar el relato, los médicos sonrieron con escepticismo y al parecer le “demostraron”, mediante el ultrasonido, que no tenía por qué preocuparse, pues su varoncito “venía bien, tal como evidenciaban las imágenes”.

Sin embargo, por alguna razón que no explicó hace poco más de treinta años, la madre de Gilbertito confiaba en “la comunicación” del niño y pidió que se tomaran las precauciones posibles.

Los doctores le prometieron discreción aunque no compartían su inquietud. Ellos procuraban tranquilizarla a base de medicamentos y comentarios, pero, al nacer Gilbertito, dejaron de sonreir con escepticismo: el niño tenía problemas en sus extremidades inferiores y fue necesario dotarlo de una prótesis metálica.

Lo que la afligida madre había entendido a base quizá de telepatía, (no encontramos otra manera de explicarlo), resultó ser tan cierto como otra prueba de los mensajes: el niño sabía a qué hora iba a enfermarse.

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