Caso Kennedy: las versiones sobre el atentado

*Es difícil creer que la única versión comprobable sigue siendo la ofrecida por la Comisión Warren

Corresponsalías Nacionales/Grupo Sol Corporativo

(Primera de seis partes)

Ciudad de México. – Son tantas las versiones sobre el atentado del Presidente de los Estados Unidos de América, John F. Kennedy, perpetrado hace casi 55 años, que es difícil creer que la única versión comprobable sigue siendo la ofrecida por la Comisión Warren: el magnicida fue Lee Harvey Oswald, cuya progenitora fue advertida oportunamente que “el niño problema representaba un gran peligro para su familia y la sociedad y que era urgente la atención siquiátrica para intentar la recuperación”.

La señora nunca atendió la recomendación profesional. Su vástago se perdió en ideas extrañas y hostiles. Fue expulsado de muchas escuelas, se casó posteriormente con bella rusa, compró por correo un fusil con mira telescópica y un revólver, practicó tiro al blanco durante meses y disparó en abril de 1963, con el rifle, contra un general —Edwin A. Walker— a quien comparaba con Hitler, pero la mira estaba desajustada y el militar se salvó.

Obsesionado en desquitarse de la vida, Lee ajustó la mira y el 22 de noviembre, a poco más de nueve meses de la gratuita y fallida agresión contra Walker, abatió a tiros a John F. Kennedy desde el sexto piso de un depósito de libros en Dallas, Texas.

A partir de ese día negro se desataron las versiones, en su mayoría prendidas con alfileres sobre datos endebles, pero considerados “lógicos”, como las numerosas teorías sobre conspiraciones, involucramiento de gobiernos extranjeros en el asesinato, complicidades, intereses turbios.

Son demasiados los autores de comentarios, reportajes, crónicas, libros, películas, documentales, etcétera, pero ninguno ha logrado derruir la versión oficial de la Comisión Warren, basada en el detenido examen de la información entregada por el FBI, (cinco volúmenes), y otros organismos de investigación federal y estatal, así como el testimonio oral o escrito de 552 individuos. El informe se entregó el 24 de septiembre de 1964.

La editorial Novaro encargó a Javier Ortiz Monasterio traducir y condensar el Informe de la Comisión Warren (888 páginas), “libro apasionante, de una precisión extraordinaria y de una objetividad a toda prueba. Para millones de personas interesadas en conocer el resultado exacto de las investigaciones sobre el asesinato del popularísimo presidente Kennedy, fue destinado el Informe Warren, como contribución a difundir en el mundo la verdad sobre las circunstancias de uno de los hechos que más sacudieron a la opinión mundial”, expresó oportunamente el traductor.

Y comentó en el libro en español que “Robert Oswald —hermano de Lee— afirmó ante la Comisión, el 21 de febrero de 1964, que en enero del mismo año, Marina (esposa rusa de Lee) le había contado que su esposo había estado a punto de matar al antiguo Vicepresidente de los Estados Unidos, Richard M. Nixon”. Marina no había hablado de ello a la Comisión cuando dio testimonio en febrero.

Ella afirmó que poco antes de partir de Dallas a Nueva Orleans, Oswald terminó un día de leer el periódico de la mañana, se vistió bien y tomó una pistola. Marina le preguntó a dónde iba. Él respondió que Nixon iba a llegar y que quería verlo. Marina le recordó que después del atentado contra Walker, le había prometido no recomenzar nunca. “Lo llamé al baño y cerré la puerta y quería yo impedirle salir y entonces comencé a llorar. Y le dije que no lo hiciera y que me lo había prometido. Recuerdo que lo detuve. Forcejeamos unos minutos, y al fin, él se tranquilizó”… Agregó.

La Comisión preguntó a Marina si creía que podía haberse equivocado acerca de la persona a la que su esposo había amenazado; ella respondió que estaba segura de que era Nixon. Más tarde, Marina se mostró vacilante en su testimonio y dijo que su esposo solo había mencionado una vez el nombre de Nixon. Era posible que Marina Oswald se hubiera equivocado y que Lee se refiriera al vicepresidente Johnson. Y dado que no había otras pruebas de que Oswald hubiera tenido la intención de matar a alguien en esa ocasión, la Comisión no tomó en cuenta ese testimonio de Marina en su dictamen sobre el asesinato del Presidente Kennedy.

Tal vez se equivocó Marina en el nombre, pero no en el hecho de que Lee Harvey Oswald estaba obsesionado en dar muerte a alguien con un revólver, tampoco se retractó la señora de lo que ocurrió en el baño, del llanto y del forcejeo para evitar que el tipo saliera armado para agredir.

Marina no desmintió nunca la recomendación de un siquiatra, durante la infancia de Lee, quien recomendó oficialmente a la madre del muchacho que lo internara en una clínica para atención urgente, para intentar una recuperación que se adivinaba difícil. La mujer siempre se negó a reconocer la realidad y nunca llevó siquiera a Lee para una primera consulta ante otros profesionales de la siquiatría.

Por coincidencia, tras el magnicidio, el fiscal Jim Garrison se enteró de muchos detalles y se obsesionó de manera enfermiza con el asunto, al grado de creerse capaz de “descubrir el complot” en el asesinato de Kennedy. En aquellos tiempos pocos sabían que Garrison fue rechazado en el Ejército por otros problemas siquiátricos o sicológicos.

No se dio por enterado Garrison que desde sus años escolares, Lee demostró enorme aversión contra la autoridad, viniese de donde llegase, incluida su madre, a su padre no lo conoció. Lee tuvo varios hermanos, uno de los cuales dijo, mucho tiempo después del asesinato célebre, que “Lee y solo Lee había disparado contra el Presidente John F. Kennedy, simplemente para darse a conocer”.

Jim Garrison hacía caso omiso de que el francotirador saltaba muchas reglas de convivencia y no tuvo muchas amigas y menos novias, que apenas sí tenía relaciones sexuales con Marina, a quien conquistó en Rusia, en uno de tantos arranques extraños que tuvo Lee en su relativamente corta existencia. Y que supuestamente por motivos políticos, renunció el norteamericano a su nacionalidad y se fue al otro lado del mundo, luego de tener graves problemas en su pequeño entorno social. 

Obviamente, no le convenció del todo la existencia en Rusia y regresó con su mujer, hermosa rubia de ojos azules.

Los conflictos arreciaron: se declaraba “amigo de cubanos anticastristas” y posteriormente elogiaba a los “cubanos castristas”, lo que le trajo varias golpizas y consignaciones ante la policía. En una ocasión llegó a la Ciudad de México, para hacer trámites en las embajadas rusa y cubana, donde fracasó rotundamente y retornó a Estados Unidos, ya con la firme intención de, como dijo su hermano, “darse a conocer ante el mundo”.

Para ello elaboró un plan que implicaba la compra de armas, (un revólver corto y una carabina con mira telescópica), y tiempo de entrenamiento intensivo en un campo de tiro, a pesar de que durante un tiempo de “marine” había aprobado satisfactoriamente las pruebas de tiro al blanco. Un testigo declaró posteriormente que “nunca había visto disparar con tanta velocidad, a base de mira telescópica”.

Pocas personas recuerdan el episodio que pudo haber cambiado la historia mundial. Edwin A. Walker era un general sumergido en conflictos racistas, cuando en las Universidades no eran admitidos fácilmente estudiantes “de color”. En ese tiempo, Oswald no sabía ajustar miras telescópicas como la de su fusil Mannlicher Carcano y por eso falló el disparo que pudo cambiar el giro de los acontecimientos.

Previo al atentado que perpetraría contra Edwin A. Walker, Lee Harvey Oswald se hizo retratar con su fusil y su revólver y autografió varias fotografías, para obsequiarlas a otras tantas amistades que lo creían “un cazador de fascistas”.

(Como es sencillo de comprender, ningún conspirador profesional se comportaría en forma tan infantiloide, pues todos sus  planes serían descubiertos con facilidad durante las investigaciones posteriores).

Precisamente, una de las imágenes de Lee con el fusil y el revólver que utilizó el 22 de noviembre de 1963, (con el rifle mató a Kennedy, con el revólver al policía J. D. Tippit), cobró celebridad a través de su publicación en la primera plana de la revista Life.  Y precisamente Marina Oswald había escrito al reverso de una foto: “¿Cazador de fascistas?… ja ja ja”.

Bueno, el caso es que el 10 de abril de 1963, por la noche, el enfermo norteamericano envolvió en una manta el fusil italiano y acechó al general Walker, hasta tenerlo a tiro en lujosa residencia. El militar bajó la cabeza incidentalmente cuando Lee abrió fuego y la bala se estrelló contra la pared de un despacho donde trabajaba el general, quien se arrojó al suelo como lo aconsejaba su pasado adiestramiento.

Asustado, Lee Harvey Oswald escapó en automóvil, enterró el fusil Mannlicher Carcano y por la radio esperó noticias de la agresión. Era tanta su ansiedad que nunca recordó la carta manuscrita en ruso que le había dejado a Marina, con instrucciones precisas sobre su comportamiento “en caso necesario”.

El enloquecido sujeto pedía en ruso a Marina que “si lo arrestaban, lo herían o lo mataban, se fuera ella con las niñas a Rusia, no sin destruir ropa y documentos de Lee Harvey Oswald”.

Cuando el matrimonio creía que el atentado contra el general Edwin A. Walker pasaría inadvertido, la radiodifundió la noticia y Lee se preparó para huir con rumbo desconocido, pero en ese momento, “casualmente”, llegó el ex diplomático George De Mohrenschildt, (en tiempos pasados había huido de México, porque querían matarlo los guardaespaldas de influyente personaje mexicano, a cuya esposa había intentado enamorar), y supo que faltaba el fusil Mannlicher Carcano, por lo que inmediatamente señaló a Lee como el “tirador fallido”.

La perspicacia de George De Mohrenschildt sorprendió a Marina y Lee no pudo negar la agresión, pero jamás fue denunciado por el entonces recién llegado, quien supo desde abril de 1963  que el exmarine era un peligroso enfermo mental.

Por coincidencia, una de las fotos de Lee Harvey Oswald, con el fusil italiano y el revólver, había sido dedicada precisamente a De Mohrenschildt, a quien le había comentado Marina que la compra de armas era dinero desperdiciado.

El fusil fue desenterrado por Lee, le ajustó la mira telescópica y comenzó a practicar tiro al blanco en un campo comercial de Dallas, Texas. Cientos de casquillos fueron usados y recargados por el joven enfermo, obsesionado por darse a conocer “a como diera lugar”.

Los problemas conyugales se incrementaron al margen del entrenamiento y Marina se refugió con unos amigos, de los pocos que tenían. La psicosis de Lee hizo crisis y comenzó a preparar “algo que de verdad despertara la conciencia de todos”.

Estaba tan obsesionado que no le importó que sus armas estuvieran registradas bajo el seudónimo de “Alec Hidell”, pero firmadas con puño y letra de Lee Harvey Oswald.

Menos se dio cuenta de que Marina Oswald había guardado cuidadosamente la carta en ruso de abril de 1963 y menospreció la habilidad de los peritos del FBI, para analizar la originalidad de las fotografías donde Lee aparecía con el Mannlicher Carcano y el revólver de “Alec Hidell”.

El joven ya trabajaba en un almacén de libros en la Plaza Dealey, por donde pasaría la caravana presidencial que, en noviembre de 1963, visitaría la ciudad de Dallas, Texas.

Oculto como si se tratara de un cortinero, el fusil italiano fue llevado al depósito de libros. Lee Harvey se rodeó con cajas llenas de libros, de manera que le cubrieran la espalda en el momento en que abriera fuego contra el Presidente John F. Kennedy. El joven exmarine había comprado piezas de pollo frito y no se dio cuenta de que, por la grasa, sus huellas digitales quedaron impresas en el fusil y papel con que había envuelto el rifle.

El traductor Javier Ortiz Monasterio narró en el resumen en español del Informe de la Comisión Warren, que el viernes 22 de noviembre de 1963, a las 11.40 de la mañana, hora del Centro, el Presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy y su esposa, aterrizaban en Love Field, el aeropuerto de Dallas, Texas.

En la agenda del Presidente estaban inscritos para ese día un desfile en automóvil por las calles de Dallas, un discurso en el banquete que tendría lugar en el Trade Mart y un vuelo a Austin. El desfile tenía por objeto fomentar la popularidad del Presidente en una ciudad que no le había dado su apoyo en las elecciones.

En vista del buen tiempo, el Presidente había ordenado que quitaran el toldo de su automóvil. El Presidente viajaba en el asiento posterior, a la derecha. A su izquierda iba su esposa. En los asientos plegables de la limosina se hallaban el señor Connally, gobernador del estado de Texas, y su esposa. William R. Greer, agente del Servicio Secreto, conducía el automóvil.

A su derecha iba sentado otro agente del mismo servicio, Roy H. Kellerman.

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